La obra de Alfonso Grosso sobre el Santo Entierro, expuesta en el Consejo / JAVIER COMAS

EXPOSICIÓN

El Consejo expone la visión de Alfonso Grosso sobre el Santo Entierro

La entidad de San Gregorio ha inaugurado la segunda edición de la muestra «La obra invitada»

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En esta segunda edición de «La Obra Invitada», el Consejo General de Hermandades y Cofradías ha contado con la colaboración de la hermandad del Santo Entierro, propietaria del lienzo ‘Cristo Yacente’, que protagoniza esta muestra expositiva. La pintura fue realizada hacia 1945 por el laureado pintor Alfonso Grosso Sánchez (1893-1983), uno de los más ilustres y populares representantes de la escuela pictórica sevillana del pasado siglo XX, quien se mantuvo siempre fiel a la tradición figurativa, ajena a las vanguardias artísticas europeas.

En esta obra se representa al Cristo Yacente, titular del Santo Entierro, donde la imagen aparece expuesta a la veneración de los fieles en un besapiés dispuesto en el interior de la iglesia del Santo Sepulcro y San Gregorio Magno. Por su parte, a la obra la acompañan textos del doctor en Historia del Arte, Álvaro Cabezas García.

La exposición tendrá lugar del 14 de enero al 7 de febrero en la sede del Consejo General de Hermandades y Cofradías (c/ San Gregorio, 26), y podrá visitarse de lunes a viernes en horario de 10.30 a 13.00 y de 17.30 a 20.00 horas.

Presentación de «La Obra invitada» en el Consejo / JAVIER COMAS

La obra, por Álvaro Cabezas

Alfonso Grosso. Cristo Yacente. c.1945. Sevilla, colección particular. 70 x 125 cm. Óleo sobre lienzo.

Grosso admitió más de una vez la dificultad que conllevaba pintar episodios de la Semana Santa, sobre todo por la fugacidad y movimiento de aquello que se vive, tan distinto y, por tanto, de lo estático del lienzo. Quizá por ello trabajó con mayor frecuencia en la representación de imágenes de devoción tratadas como “trampantojos a lo divino”, en acertada expresión de Pérez Sánchez. Serían aquellas representaciones de imágenes religiosas encuadradas en su ámbito de culto y acompañadas por sus atributos característicos. Este es uno de los que realizó con este sentido, ya que representa a la imagen con los aparatos de un culto interno, quizá un besapiés: en este caso entre cuatro cirios rojos encendidos y con la ofrenda floral de un ramo de lirios morados. Con largas y sueltas pinceladas, Grosso hace surgir el interior de la iglesia de San Gregorio, diáfana y a media luz. Colocada en uno de las naves laterales, la imagen de Juan de Mesa parece mostrar una encarnadura nacarada. Por las diferencias que presenta esta obra con respecto a otras de Grosso –no es su estilo mostrar las imágenes en primer plano para que sean objeto de devoción, sino encuadradas en un contexto popular muy determinado–, es posible que en vez de para venderse en una exposición fuese realizada como encargo particular.

Además de con esta pintura, Grosso aportó un servicio a la Hermandad de El Santo Entierro que queda intacto en la actualidad. Por los mismos años en que la alcaldía de Sevilla descansaba sobre su amigo Hernández Díaz (1963-1966), el pintor promovió la eliminación de las representaciones alegóricas que figuraban en el cortejo procesional, que se habían incluido desde el primer tercio del siglo XVIII significando la contribución del mundo pagano al anuncio de la llegada del Mesías. Tras algunos años de polémica, en 1965 las sibilas, los profetas y otras representaciones alegóricas –que seguían una estética más “histórica” desde la reforma de la cofradía auspiciada en 1948 por Luis Ortiz Muñoz, y que se apoyaban en los diseños de Antonio Cobos Soto–, se suprimieron de la comitiva del Sábado Santo por razones de decoro, ya que, parte del público se reía y hacía bromas sobre ellas, algo intolerable para el gusto de Alfonso Grosso, para entonces un referente estético indiscutible en la ciudad.

Es cierto que la representación de la Semana Santa, de sus imágenes y cofradías no fue la ocupación artística principal de Alfonso Grosso Sánchez (Sevilla, 1893-1983). De sus más de mil trescientos cuadros, tan solo dedicó a este asunto una veintena de obras. Sin embargo, algunas de ellas alcanzaron una enorme trascendencia a la hora de conformar la imagen colectiva que el público sevillano percibe de estas cofradías al relacionarlas, por ejemplo, con un momento y espacio concreto de su recorrido procesional. Quizá con esto Grosso consiguió su más alto objetivo: empeñado en preservar una imagen codificada de Sevilla y próxima a desaparecer, plasmó sobre todo aquellos momentos de mayor implicación popular en su pintura para que, pasadas varias décadas, se siga asistiendo a la salida de El Silencio o al paso de la Macarena por la calle Parras con los ojos de ánimo e inocencia con que Grosso las veía, incluso haciendo posible algo muy importante: soslayar la cercanía de elementos que, como el propio Grosso denunciaba en sus conferencias y disertaciones, no eran propios de la fiesta y la minusvaloraban, como algunas edificaciones o estructuras urbanas. Esta posición ha encontrado enorme reflejo en los carteles de la Semana Santa o en las fotografías de los cientos de aficionados que buscan la imagen escogida, o incluso en las glosas literarias que se hacen del tiempo que cada año sorprende a los propios del lugar con su llegada. Además de ese tipo de pintura, Grosso es “el pintor del silencio”, y perfora sus lienzos con él siempre que se le presenta la ocasión: en lo oculto, en el interior conventual o en la placidez de la tarde de un patio intramuros. También en estos “trampantojos a lo divino”, como los llamaría Pérez Sánchez, en los que figura a las sagradas imágenes de las cofradías sevillanas en medio de la oración de sus devotos, se percibe ese silencio de penitencia que parece advertirse en este Cristo Yacente de la Hermandad de El Santo Entierro mientras, estando de besapiés, recibe la cercanía de sus hermanos. Además de como pintor, Grosso se ocupó además de las necesidades estéticas de la Semana Santa como asesor considerado de varias hermandades como El Silencio, La Amargura, Pasión o la Macarena, por citar aquellas en las que estuvo más involucrado. Impuso, respaldado o acompañado por los más conspicuos elementos dinamizadores del pensamiento de su época –Hernández Díaz y Sebastián y Bandarán–, el gusto neobarroco en las acciones de conservación o sustitución del patrimonio de las que hubo de ocuparse.

La junta de gobierno del Santo Entierro con la obra expuesta en Consejo / JAVIER COMAS

El autor, por Álvaro Cabezas

Alfonso José Grosso Sánchez disfrutó de una carrera de más de sesenta años como pintor y de una considerable producción de más de mil trescientas obras, de las que solo una veintena fueron dedicadas a asuntos cofradieros. Pero, además de ello, ocupó la secretaría del Ateneo (1923-1924) a la vez que formaba parte, con Santiago Martínez, del equipo de ilustradores de la revista Bética, encargándose, en simultáneo, de una tenencia en el Ayuntamiento de Sevilla. En 1934, aprovechó la vacante dejada por Joaquín Bilbao en la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría y en 1938 fue nombrado por el cardenal Segura miembro de la Comisión Diocesana de Arte Religioso. Formado con José García Ramos y Gonzalo Bilbao en la Real Escuela de Bellas Artes de Sevilla según una cierta estética impresionista aplicada al paisaje, trabajó en sus años iniciales en diversos proyectos surgidos en torno a la celebración de la Exposición Iberoamericana y, posteriormente, viajó becado por España y expuso en el extranjero. Tras la Guerra Civil, hubo de adaptarse a las nuevas situaciones y, gracias a su amistad con el profesor Hernández Díaz, fue nombrado primero profesor de la Escuela Superior de Bellas Artes (1940-1942) y luego director del Museo de Bellas Artes de Sevilla, cargo que ocupó entre 1942 y 1969, cuando fue sustituido por Antonio Bonet Correa. En el ínterin fue nombrado académico correspondiente de la de Bellas Artes de San Fernando de Madrid (1954).

Desde el punto de vista estético ha sido calificado como “barroco” (sic), y deudor del siglo XIX por Valdivieso; e impresionista, costumbrista o “encuadrado en un conservadurismo estético”, por Fernández López. Era contrario a toda abstracción y vanguardia, especialmente al cubismo y al surrealismo, pero también a determinados géneros como la pintura de Historia y de “casacones”. Más allá de su agradable lectura, innegable reminiscencia tradicional y notable aprecio por lo popular, Sevilla fue siempre su frontera y brújula. En una ocasión, el propio Grosso explicó sus intenciones en una acertada y adeudada comparación con Velázquez: si el pintor del seiscientos perforaba sus cuadros con el aire, Grosso pretendía hacer lo mismo con el silencio, refiriéndose, por ejemplo, al que preside las escenas que representa con frecuencia: la quietud de la reserva eucarística, el bisbiseo del confesionario, la elaboración de dulces o la tarde dedicaba por las monjas de clausura a coser, limpiar o remedar sus indumentarias.

Lienzo del Cristo Yacente de Alfonso Grosso.

Lienzo del Cristo Yacente de Alfonso Grosso.