El palio de los Negritos junto al monumento de la Inmaculada / JUAN FLORES

CRÓNICA

El triunfo de los angelitos negros

Aunque la Virgen sea blanca, tiene tumbao y dos gardenias para toda una vida. Madrecita del alma querida, coronada por los negritos buenos

Por  0:31 h.

Cuando Machín llegó a Sevilla en la posguerra, se enamoró de dos mujeres. Las dos se llamaban María de los Ángeles. Con una se casó para toda una vida. A la otra la llevó siempre en su pecho con una flor. Madrecita del alma querida, a la que ayer Sevilla coronó. Las dos eran blancas. Él era un angelito negro, que también se fue al cielo, como todos los negritos buenos. Se enterró en Sevilla, y en su tumba cada año acuden a rociarle ron cubano y a cantarle sus boleros. Así se recuerda la historia. Por eso ayer la ciudad le puso una corona de oro y turquesa a María de los Ángeles. Por eso ayer la hermandad se fue al Triunfo, a los pies de la Inmaculada, a recordar a esos dos angelitos negros que están grabados a fuego en la piedra blanca del pedestal. Uno se llamaba Moreno; el otro, Molina. No importaba la forma, ni cómo… ni cuándo, pero junto a ellos.

La Virgen de los Negritos rodeó la Catedral para homenajear a esos hombres que vendieron su libertad para que la hermandad sobreviviera. Por eso sonó la música de Machín al llegar. Iba lenta, como el bolero guajiro. Y por eso el palio ha olvidado por fin ese compás insulso. Los Gallego también tienen tumbao. Ese paso ayer se movía más que las maracas de Machín. «De lao a lao», «pa’lante y pa’trás». Ese es su son, no el tres por cuatro de las sevillanas que ayer le cantaron desde un balcón malagueño en plena Cuesta del Rosario, llamando al paso con campanas y tirándole aleluyas en forma de estampas de papel.

Cuando el cardenal Gonzalo de Mena -cuya tumba visitó ayer la Virgen de los Ángeles- creó el hospital de negros que dio origen a la hermandad, quedaban aún cien años para que Colón -por cuyo sepulcro pasó la dolorosa- descubriera América. Esta corporación más de seis veces centenaria va estrechamente ligada a la historia de Sevilla. Por eso no tiene que venir nadie a inventar nada nuevo ni a adueñarse de un estilo que nada tiene que ver con las cofradías de la capital.

La gran exaltación de amor por la Virgen de los Ángeles estaba ayer en los pequeños detalles de la gente con sensibilidad de verdad. Como las dos gardenias con las que el florista quiso decir: «Te quiero, te adoro, mi vida». La antigüedad es un grado. Y ese artista del jardín supo combinar la dama de noche que brota en el patio costumbrista de la hermandad en estos días con otras flores azul turquesa, el color de la corona de la Virgen.

Dos gardenias también en forma de música. Una, la de Machín y Morales: «Virgen de los Negritos»; otra, la de Marvizón y Padilla: «Virgen de los Ángeles». Porque la nana final de la marcha de la coronación la compuso al compás de la voz de la pregonera, cuando recitaba aquello de «Sevilla es una cara morena a la que mi madre rezó».

Rodeaba la Catedral y la hermandad depositaba flores y Avemarías a la Inmaculada y a San Juan Pablo II, que ayer cumplió 99 años. Cercano a esa edad está el hermano más antiguo de la hermandad más antigua de la ciudad. Es el cuarto en la lista tras el arzobispo, Moreno y Molina. Se llama Ángel, cómo no, y ayer vio coronada a su devoción. Él tiene la piel blanca y el luto por dentro por su mujer y por tantos amigos que dejó en el camino. «Toda una vida…»: Machín, Gualberto… ha conocido alcaldes, arzobispos, oficiales y hermanos de a pie. Todos son ya angelitos de la corona.

El alcalde, «no el de la hermandad, sino el de Sevilla entera» tocó el llamador en el Ayuntamiento, sobre una alfombra de sal y bajo una lluvia de pétalos lanzada desde el cielo. Sonó «Coronación» con su zambra, una danza que vino de África, como los primeros negritos hace 625 años.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla