El Señor de la Salud y Buen Viaje de San Esteban, por la calle Entre Cárceles
El Señor de la Salud y Buen Viaje de San Esteban, por la calle Entre Cárceles

Sevilla y Amén

Cristo entre cárceles

El Martes Santo volvió a la libertad porque recuperó el orden establecido, desde la Campana a la Catedral

Por  3:04 h.

El Señor de la Ventana, eccehomo sentado y pensativo que ve caer sobre sus rodillas las lágrimas de cristal de su rostro, no tiene celda en ninguna cárcel. Ayer pasó por el hueco de libertad que hay entre las viejas prisiones de la ciudad, condenado ya a muerte, y la arena se quedó detenida en el vaso de arriba, en la cintura del tiempo. El Señor de la Salud y Buen Viaje de San Esteban abrió la mañana de un Martes nuevo cogiendo por los callejones más viejos. Se quedó parado ante el ventanuco en el que estuvo preso Martínez Montañés, cautivo de una época en la que Sevilla encerraba y maltrataba incluso a los autores de Jesús en carnes vivas. A unos metros de allí está el Señor de Pasión con el pie en vuelo tratando de avanzar hasta el presidio en el que encerraron a su creador. Por eso es inevitable pensar, al ver esta imagen, que el rey vejado de San Esteban que tiene un cetro de caña esté abajando la mirada para no cruzarse con todos esos antepasados que penaron entre los barrotes de la indolencia sevillana. Cuando ayer el Señor pasó por ahí, atravesando los palcos y los recuerdos, dio la impresión de que su rostro fue el que inspiró a Cervantes hace cuatro siglos para dar a luz a Alonso Quijano desde las penumbras de ese cenagal de las sierpes en el que estuvo recluido por afanar haciendas ajenas. El Quijote intenta ser un epígono de Cristo porque el escritor tuvo que ver pasar por ese callejón algún tesoro de la imaginería de cuyo nombre no quiso acordarse. Imaginar es así de bello. A veces los sueños son más reales que la vida. Y esa carita de sumisión del Señor a deshoras remite a la leyenda. «Qué raro se me hace ver tan temprano a San Esteban», comentó un chaval que se había asomado de extranjis a los palcos, aún vacíos, para ponerse a la altura de los ojos de la Virgen en la estrechez del cruce. El Martes es una cárcel en la que ha pagado su pena Sevilla. Llegó a ser un sinsentido, un cielo del revés. Y la ciudad ha tenido que darle la vuelta al reloj de arena para que el tiempo caiga por la fuerza de la gravedad, no al contrario. ¿O acaso pueden pasar las horas de abajo a arriba? El nuevo Señor de la Humildad del Cerro lo sabe. A la altura del Matadero iba rodeado de globos y de repente se soltaron varios del hato del vendedor ambulante. Y no cayeron al suelo. Volaron. Porque no podían hacer lo contrario de lo que su naturaleza les dicta. Los globos al cielo y la cruz de guía del arrabal a la Catedral pasando por la Campana. Cumpliendo la ley de Sevilla. El nazareno de Miñarro hizo su primer camino como Dios manda. Sin someterse a los antojos de los jueces terrenos.
Es verdad que por las calles había muchos desnortados tirando de programa para adaptarse al nuevo ordenamiento. Y que las vallas en las Puerta de Jerez alejaban al Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes de los rezos. Y que San Benito tuvo que traer la palangana de Pilato en tembliques para cumplir el horario. Y que Malco recibió un sol más violento en la palma de su mano antes de dar la Bofetá. Y que en Los Javieres imperó la oscuridad. Y que el Cristo de las Misericordias de Santa Cruz asciende en el Postigo. Y que la Candelaria por los Jardines será siempre una constelación en un firmamento a la altura de los árboles. Pero nada es más cierto que el fracaso del quijotismo en Sevilla. Ayer pasó lo que tenía que pasar. Se le dio la vuelta al cuadro en la pared para que se viera otra vez el lienzo, no su envés. Y cuando el Señor de San Esteban pasó en su trono de rey humillado nos dio a todos una lección de humildad del Cerro del Águila que no tienen parangón. A su derecha dejó la Cárcel Real. A izquierda, la Audiencia. Y en medio abrió un camino primitivo y nuevo a la vez para que pase la libertad. Para que todo esté en orden.

Alberto García Reyes

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