Rafa Serna en el recuerdo

Sevilla se llenó de ausencias en el inicio del camino hacia la existencia

El pregonero estuvo pero no estuvo, porque el Salvador pareció vacío entre multitudes y su música le devolvió a la vida en el Rocío

Por  0:17 h.

Así es el Rocío. Ontología de la pura contradicción metafísica. Es la fiesta de los que son y de los que están. Es la plasmación de la teoría de la existencia, que significa «lo que está ahí». Y ayer, entre la multitud del Salvador, no eran todos los que están ni estaban todos los que son. Nunca estuvo más vacío el jueves de romería y nunca hubo tanta gente. El pregonero que le puso música a Sevilla no fue pero sí estuvo. Su voz se hizo más presente que nunca en el compás de los romeros y resonó para siempre en el recuerdo aquello que escribió semanas antes de su muerte y que es, precisamente, la contradicción más coherente que existe en la vida: «Sin ti no sé quién soy. Para verme la cara, me miro al espejo, para verme el alma te miro a ti».

Ayer faltó Serna pero su hermandad se puso el sombrero, se colgó la medalla y salió de Sevilla para meterse en las arenas. Allí estaba su hijo Rafael, que dio una media verónica al toro del dolor por una ausencia incomparable. Allí estaba el coro de los querubines, a los que tanto cantó en un sueño de primavera, interpretando sus letras.

No se cabía en el segundo templo de la ciudad cuando al concluir la misa de romeros retumbó la salve y entronizaban a la Virgen en la carreta, con la Transfiguración del Divino Salvador como telón de fondo, en el retablo barroco de Cayetano de Acosta. Cristo se manifestó en plenitud para que todos los pueblos tuvieran vida en Él. Otra paradoja de la existencia. El sol bajaba la Cuesta del Rosario, esa Costanilla en la que que vivió y pervivirá para siempre el pregonero, iluminando el camino al Simpecado. Un nuevo amanecer, una nueva vida.

Avanzaba la caballería Entrecárceles y la carreta llegaba a la Plaza Nueva. El alcalde entregaba un ramo de flores, como las que le echaron al Simpecado antes de llegar por Hernando Colón a la puerta del Perdón. Allí, este cronista recibió un mensaje del que siempre fue su cicerone el jueves de romería y que lleva el alba por apellido: «Ahora eres tú quien me la acerca, ya son varios rocíos lejos y empieza a pesar bastante». No estuvo pero sí fue.

Del ausente, al que estuvo presente por primera vez y que será bautizado hoy cuando el Simpecado cruce el río sagrado de los rocieros. Un nuevo alumbramiento de la Virgen. Por nombre llevará «El Niño de la Pila»… por la del Pato, fuente de vida en la que se crió y tiene su hogar.

Se despedía Sevilla de la ciudad de la que toma el nombre al pasar por la Giralda, torre que es bandera de esta tierra -como cantó Serna- y que corona la carreta de plata. «Que nadie me la compare». En la Virgen de los Reyes, trece carretas multicolor rodeaban la otra fuente en una imagen sacada de un pincel de Sorolla.

Una foto: la de la puerta del Patio de Banderas, con la torre inmaculada más que nunca. Y el monumento. Y el Simpecado. Más paradojas en el inicio de este camino de la existencia, en el año de las ausencias.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla