antiguo Cristo de la Sangre de Triana, ahora en Sanlúcar la Mayor / DAVID MOLINA

HISTORIA

Descubren el paradero actual del antiguo Cristo de la Sangre de Triana perdido durante siglo y medio

El historiador del arte Francisco Amores ha hallado la documentación que certifica que la imagen de la primitiva hermandad germen de San Benito se encuentra en un convento de Sanlúcar la Mayor

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La hermandad de San Benito ha descubierto la situación actual de su antiguo Cristo de la Sangre: el convento de las Carmelitas descalzas de la localidad sevillana de Sanlúcar la Mayor. El hallazgo ha sido posible gracias al estudio del historiador del arte Francisco Amores Martínez quien ha hallado la documentación oportuna para certificar este descubrimiento que fue publicado en el número especial de la Semana Santa 2019 del mes de abril editado por el Boletín de las Cofradías.

La imagen de Cristo primitiva de la antigua hermandad de la Encarnación de Triana, germen de la actual corporación que reside en el barrio de la «Calzá», fue trasladada hasta el pueblo Aljarafeño en 1876, cuando esta cofradía trianera cesó su actividad y perdió su templo tras ser derribado en 1874: el convento de los mínimos de Nuestra Señora de la Victoria. Tras ello, se convirtió en el titular de la hermandad de la Santa Vera Cruz de este municipio sevillano tras ser cedido por el arzobispado en 1876. Fue en 1925 cuando la imagen se quedó huérfana de culto, siendo sustituido por la imagen titular actual de la cofradía de la provincia y que se atribuye a la gubia del valenciano Pio Mollar. A raíz de este cambio el antiguo crucificado fue puesto en deposito en su actual sede: el convento de San José, de la orden de las Carmelitas descalzas de Sanlúcar la Mayor.

Un aparatoso accidente en mitad de la calle que permitió descubrir su autoría

Sudario del antiguo Cristo de la Sangre, ahora en Sanlúcar la Mayor / DAVID MOLINA

Con el derribo de 1874, la imagen fue trasladada a San Jacinto, como la mayoría de los efectos del templo: retablos, cuadros y esculturas. Amores asegura que «allí pudo verla dos años más tarde Tomás Coronil y Domínguez, quien suponemos era entonces cura párroco de la de Santa María de Sanlúcar la Mayor, y que además por aquellas fechas detentaba el cargo de hermano mayor de la Hermandad de la Santa Vera Cruz, establecida en su capilla propia situada desde el siglo XVI muy cerca del primer templo sanluqueño. Pues bien, con fecha 28 de marzo de 1876, el sacerdote se dirigió al gobernador eclesiástico de la diócesis hispalense en los términos siguientes: ‘Sr Gobernador Ecco. de este Arzobispado D. Tomás Coronil Pro. Hermano Mayor de la Hermandad de la Vera Cruz establecida en su Capilla propia en Sanlúcar la Mayor a V. S. con el debido respeto hace presente: que careciendo la expresada de efigie del Sr. Crucificado, viéndose en la necesidad cuando celebra sus ejercicios, funciones y procesiones, de llebar una de las Iglesias de la misma; y habiendo llegado a entender existe un Sr. Crucificado en el depósito de los efectos de templos suprimidos, el que habla por sí y la Hermandad, desearía le fuere entregado; y de este modo sería compuesto y serviría para darle el culto correspondiente, evitando así el tener que trasladarlo de otro templo para aquel objeto; por tanto Suplica a V. S. que en vista de lo expuesto se digne mandar a quien corresponda, le sea entregada la expresada efigie de Jesús Crucificado para su restauración y exponerlo al culto público, entendiéndose de quedar obligado a su devolución, caso que le fuera reclamado’.

A raíz de esta petición «el gobernador eclesiástico se sirvió pedir información sobre el asunto a Francisco Flores, que era el presbítero encargado de custodiar los objetos procedentes de las iglesias suprimidas, el cual tres días más tarde expresaba lo que sigue: ‘He leído la presente exposición, y enterado de su contenido, dando cumplimiento al decreto precedente, debo manifestar a V. S. que es cierto que en el depósito de San Jacinto se encuentra un Sto. Cristo Crucificado de pasta y tamaño natural, procedente de la Iglesia de la Encarnación de Triana, cuya imagen no tiene hoy aplicación; por lo tanto no encuentro inconveniente en que se conceda al suplicante, en calidad de depósito, para que le tribute el culto debido, de que hoy carece’. Este testimonio certifica la procedencia de la imagen, «lo que junto a otros datos como el material de que estaba hecha y su tamaño, permiten identificarla sin duda alguna con la que había sido titular de la desaparecida cofradía de la Sangre, sobre todo si lo ponemos en relación con las noticias contemporáneas proporcionadas por José Bermejo. Lo cierto es que el deseo del cura de Sanlúcar y de su hermandad pudo verse cumplido con bastante rapidez, pues con fecha 3 de abril de aquel mismo año 1876, el canciller secretario del arzobispado Francisco Cabero expedía el siguiente decreto: ‘Concedemos al exponente en la forma ordinaria la sagrada efigie de que se habla en el anterior informe. Líbrese oficio al Pbro. D. Francisco Flores para que haga entrega de ella en calidad de depósito y mediante recibo. Lo acordó y firmó el Sr. Gobernador por S. Eminencia el Cardenal Arzobispo mi Sr. de que certifico’», señala Francisco Amores en su artículo en el Boletín de las Cofradías.

Situación del antiguo Convento de la Victoria de Triana

Según los documentos originales, Francisco de Vega es el autor y Pedro Jiménez el policromador de este crucificado que fue realizado en pasta de madera en 1553 para esta hermandad trianera. Hasta el  momento se desconocía su ubicación actual que, como comenta la hermandad en su último boletín, «con este importante hallazgo se cierra una de las incógnitas que durante muchos años ha sido motivo de debate de historiadores e investigadores». Pero esta es una imagen que guarda muchas otras historias tras ella. La más llamativa se encuentra en el descubrimiento de su autoría. Y es que se trata de una de las imágenes de hermandades extinguidas de Sevilla «mejor documentada, gracias curiosamente a los tristes sucesos ocurridos en la Semana Santa de 1808, según se recoge en los libros de actas de la antigua hermandad de la Encarnación que pudo estudiar Bermejo, y que aún se conservan en el Archivo General del Arzobispado», señala Amores.

Era 16 de abril de 1808. Según recoge Bermejo, aquel Viernes Santo, la imagen sufrió un accidente a la altura de la Plaza del Altozano, cayendo del paso fracturándose «en pedazos». Su restauración corrió a cargo del escultor Diego Jiménez que pudo hallar su autoría definitiva registrada en un documento en el interior de la talla. Así, Amores apunta que podría tratarse de «José Jiménez (o de algún miembro de su familia), carpintero y ensamblador que trabajó en esta ciudad en la última década del siglo XVIII y las primeras del XIX, llegando a ser nombrado maestro mayor tallista del Arzobispado en 1825».  Según describió este historiador del siglo XIX, el accidente se produjo así: «El Viernes Santo 15 de abril de 1808, sucedió que yendo la cofradía por la plaza del Altozano se cayó del paso la imagen de pasta del Señor Crucificado, haciéndose pedazos. Al caer la efigie hubo un gran alboroto, y sacando de la procesión el paso en que iba la imagen continuó la hermandad su estación con el de la Virgen. Al componerse el Señor se encontró dentro de un brazo un papel en que daba razón de su antigüedad y de sus autores, pues decía así: “En el año del nacimiento de nuestro Redentor de 1553 años, en el mes de Marzo, se acabó la hechura de este Santo Crucifijo, e ficieron la hechura de talla Francisco de Vega, entallador, y Pedro Jiménez, pintor, la pintura”. Dicho papel con otro en que se refería el suceso de la rotura se volvió a colocar al Señor en el mismo sitio quedando copia de todo en los libros de la hermandad. Compuesta la expresada imagen se puso en su altar con una solemne función el 25 de marzo de 1809». A esto añade David Molina, hermano e historiador de la hermandad de San Benito, basándose en la misma fuente documental, lo que podía leerse en el otro papel que con motivo de la restauración de aquel último año de 1809 se introdujo en la talla, en el cual se escribió que el artífice que se hizo cargo de la intervención fue un tal Diego Jiménez, del que se dice ser «descendiente del que consta en la cédula que se le encontró al Señor en un brazo, y dice haverlo pintado». Se especifica además los nombres de los señores que integraban en aquel momento la junta de gobierno de la Hermandad de la Sangre y de la Encarnación: el cura párroco de Santa Ana Rafael de Quiles y Leiva, quien figuraba como alcalde primero, el alcalde segundo Manuel Espinar, el prioste José Antonio Amigo y el secretario Manuel de Giles y Carpio. Datos añadidos en el reportaje de investigación de Francisco Amores.

antiguo Cristo de la Sangre de Triana, ahora en Sanlúcar la Mayor / DAVID MOLINA

Tras esto, Amores confirma que «el antiguo Cristo de la Sangre de Triana salió en procesión en la tarde del Jueves Santo como titular de la Vera Cruz sanluqueña al menos durante tres décadas, hasta que bien entrado el siglo XX fue sustituido por otra talla, en este caso de madera policromada, que adquirió la hermandad en Sevilla, obra anónima que presenta el estilo de los imagineros de la llamada escuela valenciana, de las que existen algunos otros ejemplos contemporáneos en la capital hispalense. A raíz de este cambio, el primitivo crucificado que procedía de la extinta corporación trianera fue depositado definitivamente en el convento de San José de la misma ciudad de Sanlúcar la Mayor, de carmelitas descalzas, donde aún se guarda en nuestros días».

La imagen. Encarnación restaurada

La Virgen de la Encarnación de San Benito, conocida popularmente como la «Palomita de Triana» por su origen en el viejo arrabal

La hermandad de la Sangre y la Encarnación de Triana

Como muchas otras hermandades de la ciudad, su esplendor gestado en el Siglo de Oro con unos claros orígenes en el siglo XVI cayeron en el olvidó tras la revolución de 1868. Este hecho afecto a otras tantas corporaciones que cayeron en el olvido, otras que se extinguieron definitivamente y algunas que consiguieron resurgir décadas después de sus cenizas en lugares totalmente distantes de su origen. Como asegura el historiador Francisco Amores en el reportaje publicado en el Boletín de las Cofradías, «el año 1868 fue el triste colofón a un siglo verdaderamente desastroso para las hermandades y cofradías de Sevilla, que dio la puntilla a algunas corporaciones que a duras penas habían sobrevivido a los estragos de la invasión francesa y de las desamortizaciones eclesiásticas de la primera mitad de aquella centuria». Una de ellas fue la esta del Cristo de la Sangre y la Virgen de la Encarnación, «establecida en una suntuosa capilla en la cava vieja de Triana desde mediados del siglo XVI, desde la cual efectuaba anualmente su estación de penitencia hasta la iglesia parroquial de Santa Ana en la tarde del Viernes Santo, llegando a cruzar el puente para dirigirse a la catedral de Sevilla en tres ocasiones a partir del año 1845. La mencionada revolución de 1868 provocó la clausura de este templo, que cinco años más tarde fue derribado, subastándose su solar».

Este hecho dio la puntilla a una hermandad que se extinguió definitivamente pero que pudo salvar sus imágenes, siendo trasladadas, primero, a otros tiempos de Triana. Por otro lado, sus enseres de culto acabaron en el Arzobispado y estos cedidos a la localidad de Los Palacios. Amores comenta que «la imagen gloriosa de la Encarnación se llevó a San Jacinto, y el crucificado de la Sangre pasó a ser, según nos informa José Bermejo, ‘titular de la cofradía de un pueblo, cuyo nombre desconocemos’, mientras que la efigie dolorosa de la Encarnación sería cedida oficialmente el día 3 de marzo del año siguiente al párroco de San Benito de la Calzada de Sevilla». Con esta imagen como referente de su pasado, en 1921 nació la nueva hermandad de la Sagrada Presentación de Jesús al Pueblo, «que por este motivo se precia de considerar como su antecedente histórico a aquella desaparecida cofradía trianera de la Sangre», señala Amores en su estudio.

 

Javier Comas

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