REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Cómo descubrir al Gran Poder con los cinco sentidos

Vista, oído, olfato, gusto, tacto. Juan de Mesa puso los cinco sentidos en el Dios de la ciudad

Por  1:05 h.

Ha creado su mirada, pero no puede soportarla. Le ha hecho mirar al suelo para alcanzar los cielos. Ha tallado unas pupilas que miran en corto y llegan al infinito. Para eso es Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas, aunque el hacedor en la Tierra no logre entender casi nada o casi todo de esta mirada recién creada que no es capaz de soportar.

Siempre ha pensado que para esculpir hay que saber mirar, de la mirada al carboncillo, del carboncillo al barro, del barro a la madera, de la madera al mundo. Por una mirada un mundo. Reflexiona el hacedor que podría ser buen lema para una cofradía que tiene al Traspaso como título. Hija de Sion, a ti una mirada te atravesará el corazón, llega a pensar, olvidando el sentido de la profecía bíblica. No he venido a traer paz sino espadas, ha leído en alguna ocasión en una vieja Biblia que desprende virutas que son escamas de un Dios cansado. Mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que has de morir, mira que no sabes cuándo. Recuerda aquella sentencia y sentencia que la nueva mirada de cedro puede ser algún día el centro del mundo. Como la ciudad que ya lo es y lo será. Sus ojos se cruzarán con reyes de imperios ultramarinos en constante disputa y con reinas de calles de mala muerte en eterna competencia. Memoriales de grandeza y memoria de putas tristes de la Alameda. Para todos mantendrá la misma dirección de la mirada, siempre de frente, siempre mansa, siempre eterna. Mirará y será mirado, por barrocos y por ilustrados, por gentes de la mar y gentes de la ciudad, por santos y por pecadores, por poderosos y por humildes, por juanes, donjuanes y hasta juanillos, no será ninguno nadie para descalzarle ni la hebilla de la sandalia que ya no tiene, pero Él lo será todo para mirar en la misma dirección con aquellos que, siglo tras siglo, intenten mantener la mirada. Es madera que mira.

El Gran Poder de besamanos / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Ha creado sus oídos y cree poder susurrarle una oración a esos lóbulos de madera que soportan el peso de una corona de espinas. Llega a pedirle perdón por clavarle una de esas espinas como firma para la posteridad. Un mínimo rasgo de vanidad que aprendió de su maestro, el Montañés, una muesca para pasar a una gloria que está a punto de no existir. Misericordia, Señor, le susurra. Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. Siente la respuesta acercando su oído al cedro horadado por la espina, cree escuchar una respuesta porque oye con el oído del corazón. No sabe que la misma sensación se mantendrá durante siglos.

El Gran Poder, en la plaza de San Lorenzo / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Este Dios cansado por el paso del tiempo oirá peticiones de perdón y peticiones de salud, ruegos y lamentos junto a agradecimientos y confesiones, susurros y hasta algún grito; rezos de silencios conventuales y saetas que le partirán el alma de madera, monólogos y hasta diálogos, peticiones escuetas y letanías monótonas, tambores lejanos y elocuentes silencios cercanos, sinfonías de multitudes y solos en la penumbra de las capillas por las que pase. Valle, san Acacio, san Lorenzo, san Bernardo, Nervión, Catedral, plaza, rincón, Sevilla… Oirá y escuchará el latir de una ciudad que le pone el corazón a sus pies. Y que el Señor marque los tiempos, sístole y diástole. Oirá cómo le dicen Señor. Y Padre. E Hijo. Y Rey. Y papá. Justos títulos para el que es rey de reyes, hijo del Padre y padre de hijos. Sus oídos de madera traspasadas por espinas serán el micrófono que recibirá la plegaria de una ciudad a través de los tiempos. El escultor no lo sabe. Pero lo puede intuir cuando le susurra el perdón a una vanidad que tendrá la penitencia en siglos de anonimato. Es madera que respira

El Gran Poder de besamanos / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Ha creado su olfato y cree alcanzar a entender a qué puede oler la divinidad. En el taller aprendió muy joven una sentencia de por vida: el que huele cedro del Líbano no lo olvida nunca. Y no lo olvida. Ni podrá olvidarlo. El Señor huele al Oriente que señaló una estrella, al incienso de un mago, a la mirra de una mujer a la que una espada atravesó el corazón en cualquier rincón de los cinco continentes. Todo pasa, pero el olor permanece.

Que se lo digan a una ciudad que permanece en el tiempo oliendo a azahares, a la sal que remonta el río, a las maderas de los canceles que llevan a otros mundos, a los blancos de sábanas almidonadas de la gente modesta, a los inciensos que hacen oriental a la urbe más occidental. La ciudad huele a vida y a muerte, a epidemias que duran siglos, a obreros cansados de vivir, a soledades, a miserias incomprendidas, a pobrezas y a grandezas, a abuelas perfumadas y a viejos abandonados en los asilos del tiempo, a ayer y a mañana, a hombres y mujeres, pero también a niños, sudorosos o endomingados, que más da, los únicos que alcanzan a oler la grandeza del poder de Dios. Es madera que huele.

Las pies del Gran Poder / CESAR LÓPEZ HALDÓN

Ha creado su boca y siente hablar a Dios a través de ella. No alecciona. No diserta. No imparte doctrina. No lleva cuentas del mal. No presume de su poder. No se irrita. No se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Y la Verdad es Él. Marcará el camino a todos los que den todo lo que tienen, a los que porten el peso de las cruces cotidianas. Camino, verdad y vida de unos vecinos que le hablarán de tú a tú, con el mayor de los respetos y con la mayor de las cercanías. Dios es cercanía, los dioses paganos eran tronos inalcanzables, este dios de madera es un trono que se hará calle, rincón, capilla, casa, morada…

Rostro del Gran Poder / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Mira su boca y sabe que nunca hablará más que a los sentimientos, que su palabra fue el principio de todas las cosas, palabra y verbo, y que será el fin que superará a la muerte. El escultor no lo sabe, pero vendrán siglos de palabras entrecortadas junto al Señor, de alientos que saldrán de su corazón de madera para confortar a los pobres y a los ricos, a los humildes y a los poderosos, a los vivos y hasta a los muertos en vida. Porque su palabra, la no pronunciada en el cansancio del que porta una cruz siempre a punto de hundirlo, da vida, vida eterna, la muerte queda a la espalda y la vida está en su palabra. Zanqueará por los rincones de calles oscuras de madrugadas imposibles, pero no desfallecerá. Pasará y permanecerá. Vivirá y quedará. A través de su palabra. Es madera que habla.

El Gran Poder, en la Madrugada / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Ha tallado la dignidad de sus manos y siente que las suyas ya son indignas de tocar el mundo cuando han alcanzado los cielos. Se las coloca por última vez antes de que se conviertan en las manos de Quien todo lo puede. Las ajusta con lentitud, recorre la rigidez de sus falanges, la infinitud de sus dedos, la grandeza de unas palmas de comenzarán a tener sentido cada domingo de Palmas. En sus manos el poder y el Imperio. Abrazarán la cruz y recibirán el beso de la ciudad. En cada labio sentirán el paso del tiempo que las descarnará, que Dios es cualquier cosa menos superficialidad.

La corona de espinas con forma de serpiente, del Gran Poder / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

En cada beso sentirá el pulso de una ciudad que se hace anónima y se desviste de todo poder para transferirlo al que todo lo puede. En cada beso sentirá que el ser humano se desviste de las glorias del mundo, emperador Heraclio, para poder acceder a la Jerusalén Celeste. Manos que sentirán el frío de la noche y el beso del sol del amanecer, la emoción de humedad de la lluvia y las babas de los humildes que perdieron el control, pero no la esperanza; la tizne de los carboneros y el maquillaje de las que venden su cuerpo, pero no su alma, la pasión de los que empiezan a vivir y la esperanza de los que empezaron a morir. Manos de madera que sienten. Manos que son el tacto amable de una ciudad que las toca y venera: porque ha visto ha creído. Manos de la fe. Manos que sienten. Manos que dan sentido a la ciudad. Por los siglos de los siglos.

Las manos del Gran Poder / CESAR LÓPEZ HALDÓN

El Gran Poder de besamanos / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

 

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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