La Custodia avanza por Avenida de la Constitución / VANESSA GOMEZ

El esplendor y la desmesura en el Corpus Christi de Sevilla 2018

Mucho público en la calle y muchos acompañantes en un cortejo que sigue sin encontrar la medida. La procesión se hace interminable para quien la ve desde los carráncanos hasta la Custodia

Por  4:45 h.

En el principio siempre es la luz. La ciudad está condenada y encadenada a esa claridad que ayer estalló con la plenitud del azul. Cielos inmaculados para recordar a Murillo. Patena celeste recortada por las azoteas deslumbrantes de Sierpes, Cerrajería, Cuna, Francos… Luz de Corpus que da a luz el cuerpo de la ciudad antigua. Como si Sevilla fuera una niña recién nacida. Como si todo volviera a nacer en ese frescor de la primera mañana. Procesión temprana como las que deslumbraba al niño que vio la luz en el patio de una casa escondida en la calle Acetres y que se llamaba Luis Cernuda.

Luz de lámparas que alumbran a los enfermos que cuidan las monjas que siguen el ejemplo de Santa Ángela. Luz de cruz en el hábito, en la talla de Navarro Arteaga, en el ascetismo de estera y aljofifa, de ladrillos que nunca olerán a juncia y romero como las calles por dónde pasa el cortejo. Luz de Giralda y en la belleza serena de las santas trianeras. Justa y Rutina sostienen esa luminosidad de quien no se conforma con la penumbra de lo cotidiano que desemboca irremisiblemente en la muerte. Luz de Estrella en el bacalao que precede la plata de San Isidoro, el patrón de Internet que lleva el libro siempre abierto. Luz de su hermano Leandro, que cierra la primera parte de una procesión desmedida y descompensada.

Hay que arrojar luz y taquígrafos sobre este Corpus que nada tiene que ver con la fiesta que languidecía hace medio siglo. Los años 70 fueron terribles. Y fueron las cofradías las que lo salvaron. Las mismas cofradías que sacan nutridos tramos de hermanos con cirio y medalla donde antes solo aparecía una representación de estandarte y varas. Saludos con el inevitable movimiento de cabeza. Sonrisas leves. Gestos cincelados en los rostros de la costumbre. Aguantar a pie firme, o incluso sentado en una silla, este discurrir de nazarenos sin antifaz convierte la espera en un espacio temporal apto para la tertulia. La procesión pierde intensidad y se queda en un fondo que discurre a su son. Es un tiempo vacío, y eso se nota.

Esta desmesura casa mal con el tópico de la ciudad que le rinde culto a la medida. Falso. El Corpus que nos recuerda el esplendor del XVI está fuera de los cánones. Y de la armonía. Le falta compás, como nos recuerda el largo tramo de Los Gitanos que cierra ese bacalao que huele a canela y clavo. No es momento de elucubraciones ni de disquisiciones. Hay que beberse está luz postrera de mayo que enciende el candil de la historia. Todo empezó en la ciudad con Fernando III el Montesino. Y la parte más significativa del Corpus no podía ser menos.

El Rey Santo cambió el rumbo geográfico, histórico y espiritual de la ciudad que conquistó, aunque más bien fuera al revés: Sevilla lo atrajo hasta el punto de que se quedó a morir en ella. Esa historia honda se hace presente cuando la efigie roldanesca de Fernando III pasa ante el altar que la Hermandad de Valme ha montado en la fachada del Círculo Mercantil. Dentro, una documentada exposición dedicada a la Virgen fernandina nos reconcilia con lo mejor de nuestro pasado. Ahí está la Sevilla que no quieren o saben ver los que se quedan con la superficie de las novelerías. Cantemos al amor de los amores. Suena Triunfal, de Cebrián. La Banda Municipal es un lujo. El armiño, la espada, la bola del mundo… Sevilla universal en Sierpes.

A partir de ahí desaparecen los capillitas, los cofrades comprometidos y los inevitables figurones. Señor, Sevilla pasa. Colegios profesionales, diplomáticos, consejeros de San Gregorio, maestrantes, militares, autoridades… La procesión se descompone y se convierte en guadianesca. Lo que faltaba. Como no es suficientemente larga, cortes y parones. No es cuestión de ponerse tiquismiquis, pero a uno le duele que este sueño de plata y espigas, de uvas en agraz y claveles blancos para la Inmaculada y rojo sangre para la sangrante Espina, no sea tan perfecta como la imaginamos en la memoria.

Lo más importante sucede cuando la Custodia se detiene ante nosotros. Antes, el Niño Jesús montañesino en la delicadeza argéntea de su templete. Infancia barroca. Belleza de la inocencia. Dios hecho Niño. El cronista siente ese repeluco que provoca el misterio, lo inexplicable. Ante la Custodia, esa mezcla del asombro y la belleza, de la certeza que se apoya en el instante místico que cierto poeta llamaría el acorde. Comunión espiritual en plena calle. Dios alzado sobre la monumental obra de Arfe. La juncia se mezcla con el incienso, el romero con la emoción. Dios a cuerpo se echa en los brazos del aire.

Mientras España se juega su futuro y su presente en el Congreso de los Diputados, la ciudad milenaria se entrega al rito que va más allá de la costumbre. Pasarán los del No pasarán, se irán los que tanta prisa tienen por llegar, las noticias de hoy serán papel amarillento dentro de unos meses o de unos años. Cuando eso suceda, unos niños carráncanos volverán a darle la vuelta al ruedo del tiempo. Regresará el campo a la ciudad en forma de olores ancestrales. La procesión continuará con su desmesura o se recortará para que entre en el molde de la armonía perdida. Ese es el secreto de esta fiesta que viene del Siglo de Oro y que camina hacia un futuro que no es tan luminoso como la mañana que ayer nos regaló el Supremo Hacedor de la luz.

Francisco Robles

Francisco Robles

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