Crónica

El Gran Poder abre la puerta a la esperanza por su cuarto centenario

El Señor vence a la pandemia y se hace presente en la plaza de San Lorenzo para una eucaristía de acción de gracias sin predecentes en la historia

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Entre la basílica y la parroquia hay dos minutos. Es el tiempo que va desde que suena la campana en la casa del Señor y tañe la torre de San Lorenzo. No es un descuadre. Todo está medido. Es justo lo que tarda «ese hombre que camina» -como reza la copla con la que la ciudad comulgó ayer- en recorrer ese itinerario. Es exactamente lo que dura un crepúsculo en Sevilla: el instante en el que el sol termina de dorar las nubes del poniente y brillar la luna llena de un Parasceve atemporal por el levante. El Señor quiso reconstruir las hojas del calendario arrebatadas por la pandemia y traer la primavera al otoño. El Gran Poder abrió ayer la puerta a la esperanza para ponerlo todo en su sitio justo el día que cumplía 400 años.

Fue un aldabonazo, como el sonido del martillo y el venga de frente en la voz del capataz que estremeció a una plaza en silencio. Ese Dios que quiebra albores de Madrugada y es la lumbre en el ocaso simbolizó lo que dejó escrito el profeta Isaías: «Él fue su salvador en el peligro: no fue un mensajero ni un enviado, él en persona los salvó, con su amor y benevolencia los rescató, los liberó y los llevó siempre en los tiempos antiguos». Ayer el Gran Poder venció a la pandemia.

Y lo hizo gracias a una organización ejemplar, respetando las medidas sanitarias y demostrando que, pese a los tiempos que corren, estos actos son posibles y necesarios. A la fuerte presencia policial desde dos horas antes en el entorno de San Lorenzo se le unió el comportamiento de los hermanos e invitados a la misa de acción de gracias. Todos estuvieron en su puesto, con las casi 350 sillas. Desde el hermano más antiguo al presidente de la Junta. Desde el devoto humilde de los viernes al alcalde de Sevilla. Porque el Gran Poder es el Dios al que rezaron los reyes y al que imploran los pobres. Por eso, ese hombre que camina nació y creció en la miseria y, asimismo, manifiesta en su nombre la epifanía: «En sus manos está el poder y el imperio».

Cuatro siglos y dos minutos. Ese es el tiempo de la gloria, que ayer proclamó el cardenal sevillano que trata de tender puentes entre dos mundos enfrentados. Pasarelas de la Europa, como las que tuvieron que cruzar los hermanos del Traspaso para llegar al taller de Juan de Mesa el 1 de octubre de 1620 y recoger al Nazareno. El día que nació el Señor de Sevilla. Ayer, en el cuarto centenario de su hechura, el hombre que esculpió a Dios fue el testigo principal de la acción de gracias, desde su estatua en bronce con el rostro del Señor saliendo del tronco de cedro.

Los más de 300 asistentes guardaron la preceptiva distancia de seguridad / J. M. SERRANO

Minutos antes del comienzo del acto, en el interior de la basílica juraron las reglas el cardenal Miguel Ángel Ayuso, el arzobispo Juan José Asenjo y el alcalde Juan Espadas. Durante la homilía, el primero recordó las palabras de otro cardenal, hoy beato, Marcelo Spínola, párroco que fue de San Lorenzo y hermano mayor perpetuo del Gran Poder. Como el día que recibió el capelo de manos del Papa Francisco, Ayuso citó al arzobispo de los pobres: «Es imposible no conmoverse mirando con mirada de fe la imagen de Jesús del Gran Poder, cuyo semblante expresa, junto al dolor que sufre, la soberanía del rey de la eternidad».

El cardenal que presidió ayer la misa resaltó que la imagen de Juan de Mesa «es Palabra de Dios esculpida» e, inspirándose en el salmo responsorial cantado en la eucaristía, recordó que «cada vez que hemos gustado o visto el espíritu de amor y fraternidad durante estos cuatro siglos, hemos dado gloria a Dios».

El cardenal Ayuso presidió la eucaristía por el cuarto centenario del Gran Poder / JUAN FLORES

El purpurado terminó una solemnísima misa leyendo un mensaje ex profeso del Santo Padre en el que saludaba al arzobispo Asenjo, al hermano mayor y a los miembros de la hermandad del Gran Poder con ocasión del cuarto centenario de la hechura del Señor, que concluyó con un aplauso. Fue el único momento en el que se rompió el silencio de una plaza en la que ayer no había vencejos, y sí el vuelo de palomas que anidan en San Lorenzo.

Si el llamador y la voz de Villanueva hicieron enmudecer al personal, la orquesta y la coral de Arturo Artigas fueron el acompañamiento perfecto a una ceremonia sin precedentes en la historia, con la interpretación de «La Pasión según San Mateo» de Bach al posarse las andas del Señor en el escenario ante la puerta de San Lorenzo, el «Kyrie» y las coplas al Gran Poder.

Terminaba la misa y volvía ese hombre que camina a su casa. Bajaba el Señor la rampa y la consejera de Cultura se derrumbaba ante la mirada del Cisquero, majestuoso con la túnica de los devotos. La voz del capataz mandaba «la derecha alante y la izquierda atrás» para saludar al pueblo de Sevilla, como cada mañana de Viernes Santo. Dos horas y dos minutos. Ese fue el tiempo en el que la ciudad vio de nuevo a Cristo caminar entre sus calles. Fue una salida testimonial, pero con la carga más honda que ninguna otra procesión o vía crucis en la historia contemporánea de esta tierra acostumbrada en exceso a los cultos externos. El Señor trajo la Buena Nueva a Sevilla: el Gran Poder siempre abre la puerta a la Esperanza.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla