El Señor de la Salud de San Bernardo
Salud de San Bernardo / ANTONIO SÁNCHEZ CARRASCO

Sevilla y Amén

Grisuras del Miércoles Santo

El miedo se olvidó de la lluvia y se centró en la noticia del terrorista detenido

Por  10:20 h.

Cuando el cielo se pone el manto gris para procesionar por Sevilla, la tristeza es la primera advocación de la ciudad. El algodón mullido y grisáceo del horizonte oscureció ayer las calles para amortiguar el miedo. La noticia enmudeció los bares. El terror aleteaba los balcones. Del fuego fortuito de Notre Dame, a las llamas del infierno de los yihadistas. San Bernardo estaba todavía por su barrio cuando la noticia bajó la temperatura de los cristales. Y ante el Cristo pálido del arrabal, un coágulo de sangre hecho clavel vació las venas del miedo. Allí recordé una antigua reflexión mientras trataba de huir de las murmuraciones. Porque ahora que nos asuela la amenaza de quienes tratan de imponer sus creencias a la fuerza, hemos de aferrarnos más que nunca a la nuestra. Y practicar su mensaje. La tolerancia. La libertad. El amor al prójimo. El perdón. Si existe otro dios, seguro que es hermano de Dios. Seguro que Dios lo protege. Y seguro que ese alumbramiento por el que los radicales matan condenará a esos ignorantes a padecer el amor de nuestro Señor. Ninguna pena es tan dura para quien odia que la de ser amado. Ninguna virtud supera a la de amar a quien nos odia. Yo miré al Cristo que lleva la Piedad del Baratillo en sus brazos y sólo vi un Hombre muerto de amor sin distinciones. Amor absoluto. Amor a quienes le siguen y a quienes le persiguen. Porque el amor no selecciona. El amor es la única receta que puede curar a esos bárbaros con la cabeza llena de demonios por los que hay que pedir cada día para que Dios los proteja y los condene a padecer su amor infinito. Nuestro recurso frente a la barbarie es la Esperanza. Esa es nuestra gracia. La Esperanza. Que no es una suerte de espera, sino una certeza a la que sabemos que llegaremos a través de la paciencia. Por eso Cristo siempre perdona nuestros pecados y nos consuela la muerte con la suya a la intemperie en estos días de grisuras morales. El Señor da la cara por nosotros. Nos protege con su Sed de nuestra sed, con su Buen Fin de nuestras malas terminaciones. Ayer el Carmen Doloroso trató de protegerse de la lluvia quedándose en la Catedral mientras los demás intentaban protegerse del miedo haciendo sus estaciones de penitencia. A veces miramos al cielo para buscar falsos enemigos. El peligro nunca viene de arriba, viene de abajo. Está entre nosotros. Judas estaba junto a Jesús cuando lo traicionó bajo el olivo de los Panaderos. Longinos está con su Lanzada en la plaza de San Martín. Cristo nos avisó en una de sus Siete Palabras por San Vicente: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Este sinsentido del terror no merece la crónica del Miércoles. Dios nos ha librado del mal y nos ha protegido con el miedo. Por eso el Cristo de Burgos hizo como muchos sevillanos cautelosos: quedarse en casa para evitar el riesgo. Y la tenue llovizna de la noche apagó las piras del odio para que Sevilla pudiese concentrarse en lo que de verdad importa. El Amor. Cristo enclavado. Ese es nuestro verdadero Refugio, el mensaje que nos salva de la locura de quienes ven el cielo en la muerte ajena. El Cristo de la Salud de San Bernardo cruzó el puente hasta Sevilla con esa oscuridad en sus entrañas. «Está un poco verdoso», le dijo una chiquilla a su madre. La tarde sombría sacaba con más fuerzas los colores de la sangre muerta. Y tal vez la niña tenía razón. El Señor llevaba una pátina verde en sus carnes. Verde esperanza. Esta próxima madrugada va a morir de verdad por nosotros en el Calvario de la Magdalena. Y va a salvar el mundo de quienes quieren destruirlo en nombre de no sé qué dios. Esta noche Jesucristo se va a dejar la vida en Sevilla, bajo un cielo plomizo que, después de todas estas fatigas, volverá a ponerse azul en unos días. Seguro. Porque el futuro no es contra Él, sino con Él, que es la luz absoluta.

Alberto García Reyes

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