El Señor de Salamé en Honduras, obra de Andrés de Ocampo

ARTE

El hermano gemelo del Cristo de la Fundación de Los Negritos en Honduras

La historia paralela entre el crucificado que Ocampo talló para América y el titular de la hermandad de los Negrs

Por  0:10 h.

Con casi setenta años, el escultor de Villacarrillo se siente viejo. Por su taller ya ha pasado un sobrino, Francisco, que se mueve en la escultura como uno más de los triunfadores del momento. Sonríe imaginando que el apellido Ocampo se codea con los grandes del momento, el maestro Montañés o ese tal Mesa que acaba de sorprender a la ciudad con un nazareno del Gran Poder ensogado que lleva a las gentes camino del convento del Valle, o con un Crucificado para los jesuitas que algún día saldrá en procesión. Para procesión, la de imágenes que pasan por la mente del viejo Andrés que, entre olores de virutas de cedro del Líbano y gomas arábigas, ve pasar por sus recuerdos el día de la profesión de su hija Isabel en el convento de Santa Marta de Córdoba, el día de su segunda boda con Catalina o el día que se casó su hija Catalinita con ese pintor italiano, Gerolamo, que acabaría policromando muchas de sus tallas.

Rostro del Cristo de la Fundación

Cosas de viejo, piensa Andrés mientras acaba de ordenar gubias y escofinas por tamaños, acariciando sus empuñaduras como el que toca las teclas de un órgano que lanza al aire la más hermosa sinfonía. La vida debe ser Arte o no es nada, le da por sentenciar, recordando las enseñanzas de su maestro  Jerónimo Hernández, aquel que le inculcó su pasión por la madera y por el trabajo bien terminado, como aquellas arquitecturas perfectas de su cuñado Hernán Ruiz, el autor de esa Giganta cristiana que cada día le sorprendía en su paseo matinal. Nombres de autores, nombres de mujeres y el recuerdo de obras en cuyos golpes de gubia había dejado su vida. Retablos, tallas arquitectura de retablos, cuerpos de vida y cuerpos de muerte. Hace apenas dos años que salía de su taller aquel Crucificado que le encargó su médico, Melchor Plaza, el hombre que le enseñó la anatomía de verdad y que le pagó religiosamente los 1210 reales que había pedido por la obra. Nunca acabó de conocer el destino de aquella talla, pero puede imaginarlo presidiendo la capilla privada del médico y recibiendo sus oraciones en estos tiempos de crisis.

Detalle de los pies del Señor de Salamé

“Es el rey, Nuestro Señor, el que paga”. Mirando una escofina, el viejo escultor no olvida la frase que inició su conversación con don Antonio Manrique, aquel factor de la Casa de la Contratación que le encargó un Crucificado para la catedral de Comayagua, en Honduras, aquellas Indias a las que un día pensó en ir: un embarque que pasa una vez en la vida y que no vuelve a pasar. El propio Felipe III le pagaba 1222 reales por la hechura de un Señor en la cruz destinado a Indias, así se contaba en un contrato cuya lectura todavía resonaba en su memoria: “de estatura humana, de madera de ciprés, puesto en una cruz de borne labrada tosca, acabada en todo punto, puesto en blanco de madera con el título de plata en que está el nombre del dicho Andrés de Ocampo”. Sí, Andrés de Ocampo. Se atrevió a firmar en el título de la cruz aquel Cristo que iba a Comayagua: el Rey de reyes muerto, encargo de un rey vivo, merecía esa constancia. A algunos les sorprendió que el viejo escultor empleara ese sudario recogido con una cuerda que a algunos recordó a aquel nuevo Crucificado, titulado  del Amor, que había realizado un joven discípulo de Montañés para una cofradía fusionada de los Terceros, aunque él ya había visto ese detalle en obras de Alonso de Mena en Granada. “Adiós, mi Cristo blanco”, se atrevió a musitar cuando lo vio por última vez en un cajón de madera en la bodega que la nao San Francisco llevaba a América un día de julio de 1621. También recuerda que rogó al Altísimo que aquella imagen, le han llegado noticias de que lo llaman el Señor de Salamé, encontrara unas manos inteligentes de pintor que lo policromara con el decoro debido.

Detalle de la espalda y la caja torácica del Cristo de la Fundación

Toda una vida ante sus ojos. Dicen que es el preludio de una muerte cercana. Limpiando las colas del taller, Andrés ha centrado de nuevo su mirada en su última talla, un nuevo Crucificado donde ve el espejo de la muerte. Pómulos secos, último hálito de vida, ojo derecho hinchado, rigidez de un cadáver cansado por el peso de la cruz de la existencia. Lo contempla en la oscuridad del taller y parece ver la metáfora de su realidad. Por eso ha colocado en un hueco del tórax del Señor una nota que recuerde a las generaciones venideras que ha hecho un Crucificado que podría ser su testamento. Un papel que oirá los latidos de Dios por los siglos de los siglos después de su cercana muerte.  Así la presiente su cansancio vital. “Madera de cedro con su cruz de borne tosca y sus clavos de hierro y título acabado”. Le ha colocado una corona de espinas a la antigua usanza, como le enseñaron sus maestros. Mientras recorre sus llagas con sus manos llagadas por el paso el tiempo se atreve a imaginar que ese testamento firmado en cedro del Líbano sea algún día motivo de vida para alguna cofradía. Musita en el silencio del taller la primera oración que recibe un Cristo muerto cuando acaba de nacer a la vida. Un dios cansado hecho madera que ahora permanece blanca. Blanca a la espera de un pintor que un día de color a la sangre y los recuerdos de un martirio. Madera blanca ante la que el escultor, Andrés de Ocampo, parece biografiar su vida. Termina sus oraciones y pide al Señor que una cofradía de Ángeles lo lleve pronto al descanso eterno. Año del señor de 1622. Andrés de Ocampo reza a un Crucificado blanco que un día será el Cristo de los Negros.

El Señor de Salamé en Honduras, obra de Andrés de Ocampo

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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