Casa de Regina Mundi / RAÚL DOBLADO

Un hogar para los desheredados

Regina Mundi lleva 64 años atendiendo en una ladera de San Juan a enfermos crónicos sin familias ni recursos

Por  0:26 h.

Andrey Razgonyaer nació hace 41 años en la localidad rusa de Vorónezh. «Es una ciudad bastante grande, más que Sevilla, pero no tiene metro, y hace bastante más frío que aquí… yo he estado a 30 bajo cero». Llegó a España en 2002 en busca de oportunidades laborales, pero un accidente de tráfico –o eso es lo que cuenta, quizás para espantar viejos fantasmas– le dejó para siempre postrado en una silla de ruedas. Desahuciado por otros centros asistenciales, carente de recursos económicos y sin red familiar en la que apoyarse, Andrey acabó recalando en el hogar de Regina Mundi. Desde 2008 sus ojos azules miran al mundo desde una de las laderas del Cerro de San Juan de Aznalfarache, lugar donde hace 64 años –corría 1955–abrió sus puertas la que sin duda es una de las instituciones piadosas que goza de mayor consideración y cariño por parte de los sevillanos.

 
El bético Andrés, todo un personaje que despierta gran simpatía, Vanesa la escritora, Pepa, la más veterana en la casa con más de 50 años como residente, los «negritos» Tiemaba y Placide, el uno de Mali y el otro de la República del Congo, el venezolano Henry, Ernesto y Mari Ángeles, los dos últimos ingresos… Junto a Andrey «el ruso» y su inseparable tablero de ajedrez, otros 24 residentes, hombres y mujeres, pasan sus días en esta casa, la mayoría de ellos condenados de por vida a una silla de ruedas o a una cama debido a las enfermedades crónicas que atrofian sus cuerpos o les impiden hablar.

 
Al frente de esta casa de acogida se encuentra la madre Elisa, una sevillana del Tardón que ingresó en la Institución Benéfica del Sagrado Corazón de Jesús después de visitar como voluntaria Regina Mundi y compartir un viaje a Lourdes con un grupo de acogidos. «En la actualidad somos tres hermanas, pero para atender a nuestros residentes contamos con el apoyo de personal contratado (una enfermera, una fisioterapeuta, una psicóloga y varias auxiliares) y de voluntarios».  Regina Mundi no es quizás un lugar apto para corazones pusilánimes. Muchos de sus residentes cargan a sus espaldas dramáticas historias. Sus familias, si las tienen, no pueden hacerse cargo de ellos. Sus enfermedades están tan cronificadas que en el hospital no pueden hacer más por ellos. Son gente a los que la vida dio la espalda, no tienen dónde ir y que ha encontrado en este rincón sanjuanero un hogar donde sentirse queridos. «Esto no es una residencia de gran capacidad ni un hospital pequeño, es un hogar donde vivimos como en una gran familia y donde tratamos que reine siempre la alegría. Que nuestros residentes sientan, a través de nuestra relación, el amor de Dios. No es una residencia de paso, es un hogar. Las personas que vienen aquí, normalmente, pasan con nosotros el resto de sus vidas».

 
En el vestíbulo de acogida de la casa un azulejo recuerda el lema que guía la misión de la institución. «Buscad el Reino de Dios y su justicia; todo lo demás se dará por añadidura (Mateo 6, 33)». La obra no cuenta con apoyo económico alguno, ni renta, ni subvenciones. Los estatutos de la congregación impiden a las religiosas pedir limosna. Viven exclusivamente de la generosidad del prójimo. «No podemos pedir ni manifestar que tenemos alguna necesidad. Como decía nuestra fundadora: ‘si la institución es obra de Dios, Dios proveerá’. Vivimos de la Providencia y, afortunadamente, hay gente que colabora económicamente con la institución y personas que nos ofrecen sus servicios profesionales y que no nos cobran».

 
Mención aparte merece la impagable tarea que desarrolla un amplio grupo de voluntarios, «más de 200 personas», que consagran altruistamente muchas horas de su tiempo a acompañar y ayudar a los acogidos o hacen turnos para encerrarse en la cocina de la casa a elaborar la comida. «Los voluntarios juegan un papel crucial. La gente se implica de muchas maneras. El grupo más importante de voluntarios está conformado por jóvenes que proceden del colegio de los Sagrados Corazones. No faltan ningún sábado del año, ya sea Sábado Santo o Nochebuena. Los llevan a la Semana Santa, a la Feria, al cine, al acuario, a Isla Mágica». Hasta Yoni, un joven de 40 años con un cuerpo de niño pequeño y que permanece postrado en una cama, ha podido ir de excursión hace sólo unos días a Isla Mágica a bordo de un carrito-cama híbrido. «No puede hablar, pero entiende perfectamente y logra comunicarse con la mirada».

 
Desde Miguel Ángel, el benjamín de la casa, que acaba de cumplir 18 años y que acude todos los días al cole, hasta el senior Peña, un abuelito de 93, todos los residentes de Regina Mundi forman una gran familia. Los lazos afectivos que se crean entre ellos y los voluntarios son tan grandes que cuando algún residente fallece, la capilla de la institución se queda pequeña para despedirle. «Tuvimos con nosotros a un chino, Ching, que a pesar de estar sólo siete meses en la casa, nos dejó un enorme vacío».  La vida sigue en Regina Mundi. Andrey «el ruso» pidió bautizarse hace dos años y es feliz mirando el mundo desde una ladera de San Juan. «¿Dónde mejor que aquí»? La colecta extraordinaria de la novena de la Virgen de los Reyes del próximo día 13 irá destinada a una casa que, milagrosamente, sigue viviendo de la Providencia.

 

Casa de Regina Mundi / RAÚL DOBLADO