Jueves Santo, el paraíso esencial del cofrade de Sevilla

Entre el experimento del martes y la prueba de fuego de la Madrugada, el jueves se convierte en portento de clasicismo y autenticidad

Por  23:10 h.

Es la ortodoxia y la pureza. Lo más parecido a lo que fue o a lo que quiso ser. Un verdadero oasis de clasicismo, mesura, regla, elegancia y religiosidad sin estridencias ni amagos de espectáculo. Es, en buena medida, la reserva espiritual de la ciudad. Porque también contiene una víspera insuperable. Y Sevilla, como es sabido, es espera y es Esperanza. Se antoja la del jueves como la jornada de la semana más esencial, más pura, más natural, más descargada de todos los aderezos y artificios que han ido contaminado el alma de la Semana Santa. Y este año, aún más. Porque queda atrás un domingo de bullicio heterodoxo, de partes meteorológicos, paraguas y retrasos; o un martes del revés con extraño sabor a experimento, riadas humanas desorientadas y lo fundamental en segundo plano de cámara; o un miércoles algo accidentado. O porque viene por delante una Madrugada cargada de incertidumbres atmosféricas, ambientales y hasta de seguridad. Entre pruebas del martes y pruebas de viernes, el jueves retiene todo el clasicismo y recogimiento propios de lo que la ciudad conmemora y hasta celebra y, a la vez, repele a la masa, que aguarda con su ruido a las horas siguientes, a la noche de las noches, para mezclarse y camuflarse entre el cofrade de verdad y generar demasiadas interferencias.

El de ayer volvió a confirmar esa altura fervorosa y estética, a subrayar su valor como patrimonio básico y nuclear de la Semana Santa sevillana. Sin que siquiera fuera necesario aquello de brillar más que el sol pues bastó con cielos plúmbeos de El Greco y solamente el público que de verdad vive, entiende y respeta. Sin tapones en cada esquina ni miles de sillitas sobre la acera ni acampadas con bolsas de comida ni botellona ni retrasos de media o una hora ni tampoco palquillo en la Puerta de los Palos. Con ese palacio oriental que es el palio restaurado de la Virgen de los Ángeles o ese barco de Los Caballos revirando hacia Gerona. Con la Virgen cigarrera de la Victoria centrando miradas a punto de ser coronada en octubre o la del Rosario con su celestial tintineo en los varales. Con el que probablemente sea el mejor misterio de Sevilla, el de la Quinta Angustia. O con la sublimación cofradiera abriendo la noche en las manos de la Virgen del Valle o el Señor de Pasión. A ver cómo se iguala todo eso…

Arrancaba la tarde en la misma línea imaginaria que dibujaba la muralla almohade a la altura de Recaredo con la cruz de guía de Los Negros y ese contraste entre el recogimiento del impresionante Cristo de la Fundación de Ocampo en su monte de minicalas frente al rufar de tambores cigarreros en Los Remedios, al otro lado del río, con el Señor Atado a la Columna y un misterio que ha ido ganando con sus cambios. Siempre de frente y sobre los pies, al gusto de los Villanueva, con los látigos de los sayones sin apenas balancearse hasta que el viento apretó ya de vuelta por las anchuras del Cristina, San Telmo o la otra orilla. A la salida en la que ya es también antigua fábrica tabaquera estuvo invitado por la hermandad de su barrio el último pregonero, José Ignacio del Rey Tirado, emocionado ante «la reina del barrio de las vírgenes», como él mismo pregonó en el Maestranza. La Virgen completó un camino delicioso bajo su palio de cajón por el Arenal antes de llegar a la Campana –donde dedicó el trabajo a fallecido Paco de la Rosa a los sones de Soleá dame la mano-, plagado de marchas clásicas y después de perder uno de sus faroles, de los que se habían recuperado del siglo XIX, que tuvo que quedarse en la capilla de las Aguas. En su propio barrio, nada más comenzar a procesionar, varias petaladas y una mayor presencia de gente y de balcones engalanados subrayaban que se trata de un año de coronación.

Por el flanco contrario del Centro aparecían los Negritos cumpliendo nada menos que 625 años de vida y realizando un recorrido idílico hasta la carrera oficial, pues la cantidad de gente resultaba perfecta para contemplar sin agobios por el entorno de la Cuesta del Rosario y el Salvador. Sin colapso. Escuchando perfectamente la música de capilla que acompaña al Señor o un padrenuestro en forma de saeta desde uno de los balcones de enfrente de la rampa de tablones de la Colegial. Extasiando la mirada con el magnífico exorno floral sobre la madera de caoba que volvió a llevar al Padre de los Negros a la Catedral a las mismas horas en que en el Estrecho se intentaban localizar dos pateras con 65 seres humanos a bordo. Que buscaban Esperanza en nuestra tierra, como aquellos del siglo XIV y XV que rezaban al crucificado muerto. De varios siglos después era el ilustre artista hispalense al que recordaron los hermanos Gallego al sacar el palio de los Ángeles a la calle apelando a su cuadrilla. «Vamos a regalarle hoy a Sevilla los cuadros que pintaba Murillo». Un gesto más en el cuarto centenario del nacimiento del genio. Y no faltaba razón al capataz, como pudo comprobar Sevilla durante las ocho horas de trayecto, que vivió momentos fabulosos en el regreso a la Ronda Histórica cuando el palio alcanzó la plaza de la Pescadería y la Alfalfa mostrando su belleza ya con toda la candelería encendida.
Intramuros, de Alhóndiga a Feria, otras dos cofradías se echaban a la calle en una especie de segundo tramo de tarde. En horas y caminos de chiquillos, que ayer poblaban las calles y las sillas. Siempre hay relevo. Y si no, que le pregunten a los 85 monaguillos que llevaba las Cigarreras. La Exaltación lo hacía cinco minutos antes de lo señalado para que el tiempo no se echara encima y el impresionante misterio pudiera avanzar sin apreturas. Sones del Sol en Sol a pleno sol. En la que pudiera ser la última salida desde los Terceros de la hermandad, donde el anhelo es volver a Santa Catalina tras catorce años. Antes habrá que solventar cuitas económicas con la Archidiócesis, y el dinero nunca ha sido cosa menor. Ni cuando los esclavos senegaleses ni cuando Murillo y los Neve ni hoy. Tras cubrir la penitencia hasta la Seo, la subida del paso de Cristo por las cuestas que llevan a San Pedro sobrecogió al gentío que a esa hora es cuando más se pareció en su cantidad al de otras jornadas. La Virgen de las Lágrimas se dio un baño de pétalos hasta llegar a la Encarnación y a su llegada a la Campana pudo de nuevo comprobarse que hay pocos palios tan delicados y excelsos como el suyo. Tanto como los alelíes y la retama con los que se adornó, como el manto ya del todo recuperado o la soberbia manera de pasear de noche de vuelta al templo. Y mirando de reojo a Santa Catalina…
Muy cerca, y a la misma hora en que los Armaos llegaban a San Gil, se producía uno de los momentos que se han erigido en referente del jueves, la salida de Montesión. Entre ovaciones y saetas se ponía en la plaza de los Carros el Señor de la Oración en el Huerto. Ángel y olivo. Sudando sangre con los apóstoles dormidos tras la copiosa cena del jueves de Pascua de los judíos. Donde comenzó la pasión. Getsemaní en Sevilla. El Cristo arrodillado se plantó casi en Correduría en la primera chicotá con tres marchas conectadas de la banda de la Redención. Y a partir de ahí completó una estación de penitencia soberbia, con un marcadísimo estilo propio, repleta de momentos emotivos, vivas de la cuadrilla en pleno trabajo y mucha gente junto al cortejo, elementos que permitieron respirar hondo a quienes buscan reflotar definitivamente esta cofradía añeja. Su Virgen estrenó la marcha María Santísima del Rosario y dedicó su entrada en la carrera oficial a la de la Victoria, que como gritó Manolo Vizcaya a sus hombres, será «la próxima que va a reinar en Sevilla». Y sonaron sus rosarios al compás hasta que cayó la noche fría y regresaron a su capilla, con bastante público por la plaza del Pan y la de la Encarnación.
Apogeo y recogimiento
El Jueves Santo se completa de manera excepcional y con el contrapunto al sonido de cornetas con la severidad y el recogimiento de las tres hermandades que ocupan la noche. En torno a las ocho inició su estación de penitencia la Quinta Angustia, con su sublime paso de misterio precedido por su larga hilera de penitentes de cruces arbóreas. El brillo del bronce a causa de los últimos rayos de sol en la Magdalena anunció la salida de un piña barroca que volvió a concitar admiración y respeto y para la que desde algunos sectores de la propia hermandad se pide una banda con las marchas clásicas y no el trío de cantores; aunque éste le sigue dando un aire venerable que le confiere un carácter indiscutible. Al tradicional y estremecedor movimiento del Cristo del Descendimiento de Pedro Roldán se le sumó el del Santo Sudario por el viento que ya soplaba cuando la luz se marchó.

Algo antes de que eso ocurriese, aún con iluminación natural, desde la Anunciación se ponía en marcha la hermandad del Valle con sus tres pasos y su indescriptible aire académico y hasta atávico. El misterio de la Coronación de Espinas cumplía un siglo de su estreno en el paso de «los espejitos» y entró con sus niños cantores por Sierpes dibujando maravillosas estampas del siglo pasado, como después ocurrió con la romántica composición del Nazareno y las Santas Mujeres, acompañado esta vez por un nuevo y vanguardista paño de Verónica, de Guillermo Paneque, que generó bastante curiosidad. Pero el día y la semana no podrían explicarse sin la Virgen del Valle, que comenzó su siempre elegante camino con el «himno de la ciudad», la marcha que lleva su nombre, interpretada por Tejera. El palio más antiguo completó uno de los trazados más bellos de toda la semana a la vuelta por el andén del Ayuntamiento, Cerrajería y Cuna en esos momentos de la noche tan místicos que sirven de transición hacia el viernes.
Y con la luna ya en el cielo se abrieron las puertas del Salvador para que realizara su estación la hermandad de Pasión, la cumbre del Jueves Santo sólo minutos después de que sonase Virgen del Valle. La colosal talla de Martínez Montañés hizo esta vez su estación de penitencia con una de las túnicas más importantes de todo el arte del bordado español, la de «los acantos», dando una categoría incluso mayor al egregio conjunto que completa el paso de plata y el monte de claveles rojos. Diez minutos antes de las nueve la plaza recibió con un silencio sobrecogedor a la obra culmen del barroco sevillano sólo roto por los habituales vencejos para contemplar cómo se marchaba el hijo de Dios con su poderosa zancada de pie izquierdo y la cruz a cuestas. Él congregó a la mayor parte de fieles en el último tramo de una noche que remataba la Virgen de la Merced con su excepcional gracia sobre su pasmoso palio, al que tan bien le sienta la música, recuperada hace sólo cinco años. Un verdadero broche magistral para el Jueves Santo que es el auténtico néctar de la Semana Santa. Si en ese habitual simbolismo local, en Sevilla el año es una semana, esa semana es, en realidad, un día. Y ya ha pasado.

Eduardo Barba

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