Virgen de la Victoria en Santa Ana, foto Antonio Sánchez Carrasco / ANTONIO SÁNCHEZ CARRASCO
Virgen de la Victoria en Santa Ana, foto Antonio Sánchez Carrasco / ANTONIO SÁNCHEZ CARRASCO

V CENTENARIO DE LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

El juramento de Magallanes en Triana ante Santa María de la Victoria

El capitán de la histórica expedición encomendó su hazaña a la imagen que ahora recibe culto en la parroquia de Santa Ana

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El 10 de agosto de 1519 tuvo lugar el solemne ceremonial de bendición de las banderas castellanas a izar en los barcos de la flota, momentos antes de la salida de la nao Victoria hacia Sanlúcar de Barrameda. El punto de partida fijado fue el muelle de las Muelas, ubicado en las inmediaciones del actual puente de San Telmo, cerca de las instalaciones deportivas del Círculo de Labradores, en los Remedios. Aquel día parece que no se encontraban ya junto a la Victoria todos los navíos, después de que algunos hubiesen tenido que echarse a la mar con el objeto de acopiar el correspondiente avituallamiento de víveres. Fue el caso de la Trinidad, desplazada hasta la costa malagueña en busca de toneles con pescado. Sin embargo, al ritual comparecieron los capitanes de cada una de ellas.

Acogió esta celebración la iglesia del convento de la Victoria, regentado por algo más que una decena de frailes Mínimos de San Francisco de Paula. Estos religiosos se habían instalado a los pies de la orilla trianera –en la confluencia de las calles Pagés del Corro, Salado y Paraíso–, después de haber permanecido establecidos en el centro urbano varios años. Desde que se trasladaron a este enclave periférico, cercano al muelle, a finales de 1516, su iglesia comenzó a acoger los actos de bendiciones de las banderas de las naos que partían hacia América.

Precisamente el capitán portugués Fernando de Magallanes prestó juramento de lealtad al monarca español, en este mismo lugar tras el oficio de la santa misa, besando el estandarte real que había pintado Francisco Villegas. Lo recibió comprometiéndose a gobernar la expedición con fidelidad al rey, Carlos de España. Los capitanes y oficiales de la Armada le prometieron obediencia a Magallanes, como principal mandatario de toda la empresa, aunque algunos de ellos incumplieron luego su compromiso.

Presidía el templo la Virgen de la Victoria, a la que los Mínimos trianeros le rendían culto como titular mariana, en razón de la milagrosa protección que había dispensado en Málaga durante la reconquista contra los musulmanes, en tiempos del reinado de los Reyes Católicos (1487).

Tras la desamortización de Mendizábal, su iglesia se cerró al culto hacia 1840, por lo que la imagen sedente de Nuestra Señora pasó a recibirlo en la parroquia de Santa Ana. Allí se conserva una representación suya, que no parece coincidir con la de las primeras décadas del quinientos. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, se incrementó el número de marineros, navegantes y miembros de cada uno de los gremios vinculados a la Carrera de Indias. Y esta nueva demanda pastoral vinieron a atenderla los Mínimos, a pie de ribera, con su corrector fray Pedro de Almodóvar a la cabeza.

Iustración de la Ribera de Triana en el siglo XVI

Magallanes y los Mínimos

Los Victorios, nombre con el que también se conocía a estos frailes por su filiación mariana a Nuestra Señora de la Victoria, bendecían las banderas de las embarcaciones ante su Patrona y principal valedora. Un buen número de tripulantes que acompañaron a Magallanes se hicieron devotos de aquella efigie tan estimada por la marinería. Aunque entre los más piadosos hay que resaltar, sin duda, al gran capitán portugués.

Las razones que le unió con los Mínimos no fueron exclusivamente relaciones de índole personal. Más bien, como fruto del abrumador trabajo desplegado por todos los frailes en favor del buen desarrollo del proyecto magallánico. Día a día estuvieron omnipresentes prestando múltiples servicios a los integrantes de la Armada, durante los muchos meses que duró la preparación del viaje. La condición portuguesa del capitán general sembraba muchas dudas entre los cabecillas de la expedición, por lo que es razonable pensar que la labor de mediación efectuada por los religiosos, pudiera haber resultado providencial en la reconciliación del grupo.

Antes de marcharse a las Molucas en 1519, Magallanes, que fue un hombre de una honda espiritualidad, dejó ordenado que se les entregase a los Mínimos el sueldo anual que le había concedido el rey como caballero de la Orden de Santiago. Eso sí, con la condición de que los religiosos rezasen permanentemente por la victoria de su descubrimiento. Además, dejó estipulado que se aplicasen por su alma un número determinado de misas. En su testamento dispuso ser enterrado en una capilla de la iglesia del convento de la Victoria de Triana, en caso de fallecer en Sevilla. Probablemente se refiriese a la capilla mayor, donde se hallaba entronizada la imagen de sus amores. Es razonable que quisiera descansar en el centro religioso donde fue mejor acogido, y a los pies de su Reina y Madre de la Victoria.

De estas cláusulas se vislumbra una aspiración, quizá similar a la concretada luego por Francisco Duarte de Mendicoa, factor de la Casa de la Contratación, quien se convirtió en patrono de esta capilla en 1524. Otro personaje incondicional del convento mínimo fue el mismo suegro de Magallanes, Diego Barbosa, alcaide del Alcázar y Atarazanas reales.

La Virgen de la Victoria fue un miembro más de la expedición. Magallanes la tuvo muy presente en las dificultades de su viaje, en cuyo trayecto debió invocar su santo nombre en muchísimos trances. Miraban al mar, pero también al cielo, pues el viento dependía de la providencia, por lo que los marineros rezaban muchísimo. Tanto fue el amor profesado por Magallanes a la Virgen de la Victoria que en la filipina Cebú ordenó levantar una iglesia, humildísima, bajo su misma advocación.

La Virgen de la Victoria en su retablo de Santa Ana

La Virgen de la Victoria en su retablo de Santa Ana

Americanismo de los frailes

Supieron alinearse muy hábilmente estos monjes desde la playa de Málaga hasta el muelle trianero por entre pueblos y ciudades del itinerario terrestre que unía la parte oriental de Andalucía con la occidental, y en aquellos caminos que conducían hacia los embarcaderos gaditanos. Se especializaron en amparar a un buen número de transeúntes aventureros, con mayor o menor poder adquisitivo, vinculados a proyectos de descubrimientos, conquista y evangelización de nuevas tierras, allende los mares. El principal paradigma lo representa la Virgen de Consolación de Utrera, que porta una nao de oro en su brazo derecho, como San Telmo, después de donársela el factor Rodrigo de Salinas, en 1579, por el éxito de sus negocios como cargador indiano. Los frailes ayudaron muchísimo a extender su universalización por el continente americano.

En 1522 regresaron a Sevilla subidos en ella los dieciocho sobrevivientes a la primera circunnavegación, al mando de Juan Sebastián Elcano. Dentro del barco había crecido una fe inconmensurable. Lo demostraron sus últimos ocupantes con la visita que efectuaron al convento trianero de Santa María de la Victoria, en señal de agradecimiento por la intermediación salvadora que les había brindado.

Hoy nos quedamos abrumados ante todo lo que se hizo en la Era de los Descubrimientos, desde esta tierra nuestra. Y en el plano religioso no fue menos. La amplia oferta piadosa de la religiosidad popular sevillana y el trabajo prestado por frailes como aquellos fue lo que permitió también a Sevilla poder aportar tanto en la duplicación del mundo conocido, así como en la ampliación del conocimiento científico y geográfico de la humanidad.

Nao Victoria

La compró la Casa de la Contratación al vasco Domingo de Apallúa, vecino de Ondárroa, Guipúzcoa, el 23 de septiembre de 1518. Su nombre era Santa María. Luego, bajo el mando de Magallanes, se le añadió de «La Victoria». Su denominación alude a una consecución anhelado, aunque también a cierto triunfo obtenido ya antes de salir al mar. Tampoco era ajeno Magallanes a esta invocación mariana, pues en su Portugal natal ya existía. Alcanzó esta embarcación el rango de mito y se convirtió en una auténtica leyenda.

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