REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

La historia completa que une a la Estrella con San Jacinto

Este traslado provisional, por obras en su capilla, ha posibilitado que las imágenes vuelvan al templo donde residieron más de siglo y medio. A él llegó la hermandad en 1838, allí se reorganizó a finales del siglo XIX para luego, en la primera mitad del XX, consolidar muchos de los rasgos que la identifican hoy

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Añoranzas de estampas tan representativas como la salida de La Valiente en 1932, evocan el recuerdo de episodios inolvidables vinculados al pasado reciente de esta cofradía trianera, que, sin embargo, tuvo sus orígenes en la iglesia de otro convento distinto al de San Jacinto. Nos referimos al de la Victoria. Un centro religioso que se hallaba algo alejado del caserío urbano del barrio de Triana, cerca del antiguo convento de Nuestra Señora de los Remedios (hoy Museo de Carruajes), junto a la actual plaza de Cuba. Estuvo ubicado frente por frente al Muelle de las Muelas, o Mulas, del río Guadalquivir, donde se concentraba el ajetreo de la vida portuaria, pastoralmente atraída y atendida por los frailes Mínimos de San Francisco de Paula, que se encargaron de cuidar el cenobio de la Victoria.

Precisamente, la expedición de Magallanes y Elcano visitó aquel monasterio antes de que partiesen las naos que integraban el conjunto de la flota, el 2 de agosto de 1519. En aquella histórica jornada, se postraron ante la imagen titular del convento, Nuestra Señora de la Victoria. Magallanes se convirtió en un gran devoto suyo, como lo demuestra el hecho de dejar expresado en su testamento el deseo de ser enterrado en el convento trianero. Pero finalmente no pudo cumplirse porque falleció durante la travesía. Al regreso de la vuelta al mundo, Juan Sebastián Elcano y los 17 supervivientes que llegaron a Sevilla embarcados en la nao Victoria, volvieron a visitar la iglesia del convento de la Victoria, el 9 de septiembre de 1522.

Allí nació la hermandad de la Estrella para terminar fusionándose con la cofradía del Cristo de las Penas, en el transcurso del siglo XVII. Sus imágenes titulares recibieron culto en diversos altares de aquel convento de los Mínimos, hoy ya desaparecido, y los devotos cofrades de ellas estaban muy relacionados con los oficios más arraigados del barrio, unidos a la vida del puerto y los viajes a las Indias. La iglesia de aquel convento quedó cerrada al culto tras la desamortización eclesiástica de Mendizábal, impulsada por el gobierno liberal del conde de Toreno, entre los años 1836 y 1837. Ordenó suprimir todos aquellos conventos que no contaran con una comunidad de frailes superior a doce miembros profesos. Esta medida comprometió seriamente la continuidad existencial de la hermandad de la Estrella, que se vio obligada a reubicar sus imágenes titulares a otro lugar distinto al de su nacimiento.

Traslado a San Jacinto

Varios dirigentes de la Estrella consensuaron con la autoridad eclesiástica establecer la corporación en la iglesia del convento de la Candelaria y San Jacinto, dentro del mismo barrio de Triana. Después de la desamortización, se mantuvo abierta al culto aquella gran iglesia a cargo de un capellán. Su estratégica ubicación, justo en la curva que delimita la Cava de los Gitanos de la Cava de los Civiles, permitió a la hermandad de la Estrella acercarse más a la vida del barrio. En las décadas iniciales del siglo XIX, se focalizaba la actividad cotidiana en torno a la plaza del Altozano y las calles aledañas a la parroquia de Santa Ana, toda vez que habían decaído los negocios coloniales ejercitados al pie del Guadalquivir.

Las imágenes titulares fueron conducidas desde la iglesia del convento de la Victoria a la de San Jacinto, pocos días antes del 2 de mayo de 1838. Parece que inicialmente la hermandad consideró el templo de San Jacinto como residencia provisional. Se entiende así de un documento remitido al arzobispado diez años más tarde, mediante el que procedió a solicitar los altares propios de las imágenes titulares que se hallaban aún en el de la Victoria. En San Jacinto se instalaron las imágenes titulares de la Estrella en una de las capillas del crucero del templo. Se trajo de la Victoria el retablo del Cristo de las Penas, tallado a finales del siglo XVIII, compuesto por tres calles. En la central, una hornacina en la que recibía culto el Cristo de las Penas, y en las laterales, dos repisas que albergaban las efigies pequeñas de Santa Elena y San Francisco de Paula. Ha sobrevivido a los tiempos y se ha podido conservar, aunque ha sido restaurado en varias ocasiones. Una de las intervenciones la acometieron Manuel Calvo Camacho y Antonio Martín Fernández, entre los años 1981 y 1982. El altar que se trajo a San Jacinto para acoger a la Virgen de la Estrella fue sustituido por un retablo de la capilla del Sagrario del Santo Ángel en 1892.

Estampa coloreada del Cristo de las Penas de la Estrella en el siglo XIX

Ceramistas y fabricantes de loza

El mismo año que llegó a San Jacinto (1838), el secretario de la hermandad José María Gutiérrez, comunicó a la autoridad eclesiástica la pretensión de unirse a la de las santas Justa y Rufina, mediante oficio datado el 2 de mayo, que integraban alfareros del barrio. Se aprobó entonces nombrar una comisión de hermanos, con el fin de elaborar nuevas reglas, compuesta por Joaquín Gómez, Rafael Cambra, Manuel Soto, Francisco López y el propio José María Gutiérrez. Entre los argumentos esgrimidos en la solicitud consta que todos ellos pertenecían al gremio de la alfarería y les tributaban culto a las imágenes del «Cristo de las Penas, hermandad fundada en 1651, así como a las santas Justa y Rufina, establecida en 1571, como patronas que eran de su gremio laboral». José Gutiérrez Rodríguez emparentó con la familia Mensaque al casarse con María del Carmen Mensaque Alvarado. El matrimonio vivió en la actual Conde de Ibarra y, años más tare, en calle de los Encisos. Manuel de Soto Tello fue otro propietario de fábricas de cerámicas en Triana. Mantuvo una relación profesional muy cercana con Montpensier y a él se debió, en cierta forma, la recuperación de la cerámica artística sevillana. Junto a su suegro, instaló el taller González Soto y Cía, en la calle Alfarería. En 1868 fue teniente de Hermano Mayor del Rocío de Triana. Manuel Soto era descendiente de don Fernando Soto González, conocedor de la industria del barro e impulsor de la industrialización de la cerámica. Joaquín Gómez, vinculado también con la familia Mensaque.

La fusión de las corporaciones del Cristo de las Penas con la de santas Justa y Rufina no se verificó hasta diciembre de 1848. Aquel año mostraron sus cofrades deseos de reorganizar también la procesión de Semana Santa, que no se efectuaba desde 1808. Encargaron la construcción de un paso (con largo pleito inclusive) y, en la cuaresma de 1849, volvieron a solicitar permiso para traerse a San Jacinto dos altares que la Estrella tenía todavía en la Victoria. Trató de reactivar las actividades el padre Mijares de la parroquia de Santa Ana, en 1851, pero sin resultado final. Una década después, en 1859, varios cofrades de la Estrella volvieron a mostrar la ambición de reorganizar la hermandad, tras haber estado casi desintegrada. Promovieron la celebración de una procesión con las patronas alfareras, un solemne Quinario en honor del Cristo, aunque no fructificó el intento de salir en Semana Santa. Definitivamente, se consumó la reorganización y salió el Miércoles Santo de 1891, gracias a la iniciativa del religioso dominico, don Eusebio Ortega.

Hermandades en San Jacinto en el siglo XIX

Candelaria, Nuestra Señora del Rosario, Cristo de las Tres Caídas y Nuestra Señora de la Esperanza, Nuestra Señora del Rocío, Cristo de las Penas y Estrella, Santísimo Cristo de las Aguas y Nuestra Señora del Mayor Dolor (Aguas del 2 de Mayo).

Altar de cultos de la Virgen de la Estrella en San Jacinto