Los niños jugando en la rampa del Salvador / R. DOBLADO

La horma de tu zapato

Parece que es la hora y ya es la hora. La ciudad le roba los versos al poeta que le salió en el costado del Aljarafe

Por  1:20 h.

Aquellos sonetos de Barbeito están amarrados al reloj de la memoria que gira en la mañana inevitable del Domingo de Ramos. Parece que es la hora y es la hora… Es la hora de levantarse temprano, de escrutar las vísceras del amanecer y los posos que nos deja la zurrapa del café que la noche fue moliendo y calentando en el puchero del sueño. Es la hora de adivinar a Dios en el juanramoniano azul de la mañana, en el retorno al Monte Tabor que se alza en el retablo vertical del Salvador, el lugar que la ciudad le ha reservado a la infancia para que reluzca más que el sol.

El sevillano no es un ser de cercanías que atosigan ni de lejanías que impiden el cariño y la confidencia. El sevillano, cuando se pone serio y hondo, es un ser de interiores, de patios abiertos al brocal del aire, de perfiles tristes que esconden la alegría de sentirse vivos. Romero Murube dedicó su vida a escribirlo, y hoy volverá a hacerlo cuando sintamos el aire fino de los barrios que señaló como el sitio donde quería que lo alojara Sevilla después de su muerte. El poeta volverá a ser el sol bajo que se pone sobre las lomas del poniente, la presencia de Dios en la ciudad. Jesús vuelve a sentir el latido de la sangre que regresa al corazón y que fluye por las fuentes diseñadas por Antonio Machado, por las filas de nazarenos como lápices que salen del plumier mudéjar de un templo.

Somos lentos y tardíos para casi todo. Nuestra diosa Híspalis camina a lomos de una tortuga en la fuente de los niños que juegan al agua en la Puerta Jerez. Sin embargo, la Resurrección se adelanta una semana y los tiempos confluyen hasta confundirse con el tiempo que renace esta mañana. El niño nazareno del Salvador es quien salva al Nazareno que viste de blanco en San Juan de la Palma. Palmas y ramos lo recibieron en Jerusalén cuando entró en la ciudad santa. Aquí no es santo el lugar, sino la semana. Somos barrocos. Somos tiempo y estamos locos, como el Señor al que desprecia Herodes. Por eso lo vistió de blanco cuando se lo mandó Pilato, porque lo trató como se trata a un loco. Y era verdad.

El Cristo de la túnica blanca sufre esa locura que nos obliga a buscarlo por el laberinto de San Julián, por la anchura de sol y palomas que se abre en el parque, por el puente que atraviesa el sueño del agua. Estamos locos, desnudos de la razón que le falla a Dios en Molviedro. Derrotados en la Humildad y la Paciencia de la imagen más conmovedora del día. Estamos locos como el cirineo que le agradece a Dios el sacrificio que le encomendó. Locos como el cisquero que mira fijamente al niño que va en brazos de la madre mientras la mujer, ajena a las miradas, besa la mano que ya no es de cedro.

A partir de hoy, la ciudad se sumergirá en esa locura de amor que es la horma de su zapato. El Galileo que sube, triunfante, la «rampla» del Salvador sabe que la bajará con los brazos abiertos cuando la última luz del día haya expirado en la crucifixión de la noche. El niño nazareno sigue vestido de inocencia, revestido con la túnica antigua de la poesía que está inscrita en esta liturgia callejera. La cruz de Santiago es, a estas alturas de la luna, una inversión de colores. Del blanco al rojo. Cruz de Malta en el pecho de los hermanos que preceden a la mirada imposible de la Amargura. El círculo se cierra y la madrugada se abre. Huele a flores marchitas. El día se apaga. Todo ha sido un engaño, dicen los poetas del XVII. Sin embargo, todo habrá sido la verdad.

La verdad

Esa verdad está en la mirada limpia de la infancia, y no tiene nada que ver con los alambicados argumentos de los que defienden el sentido de paso de las cofradías por la carrera oficial, ni con los debates programados entre los defensores de la corneta y los defensores del bombardino. La Semana Santa de hoy se ha hundido en la ciénaga de unas discusiones bizantinas que nada tienen que ver con los sustratos espirituales, religiosos, artísticos y hasta costumbristas que han sostenido esta fiesta de siglos.

La verdad está en la penumbra espiritual del diálogo con Dios, del Silencio Blanco que nos lo dice todo sin decir nada. Y la mentira se encuentra en esa forma de entender la Semana Santa que la reduce a un espectáculo. Carreras en la Madrugada y en la puerta de la basílica donde el Señor no da crédito a lo que ve: corren para coger el mejor sitio, como si los cultos tuvieran algo que ver con un estreno cinematográfico o con un concierto de rock. Esos codazos y esas carreras no son el evangelio, sino todo lo contrario. Son la demostración palpable de la degradación que está sufriendo la corteza. Ojalá no llegue al interior, porque podría corromper el corazón. Y eso no tendría más remedio que la aplicación que Dios quisiera decretar.

Aprendimos a vivir con la Semana Santa que heredamos de nuestros padres y nuestros abuelos, que nos nutrieron con esa educación sentimental y emocional que se nos quedó adherida a la piel por la parte de dentro. Ahora, lo sagrado se ha degradado hasta el punto de degenerar en lo friki. Y eso no puede ser. Una fiesta tan refinada como el color tiniebla de los hachones que pespuntean de luz el diálogo imposible del Cristo y la Magdalena no puede caer en ese pozo sin fondo intelectual ni moral. Una belleza delicada y rotunda tiene que tender a la ecuación de la Gracia y la Esperanza, y no a la moda pasajera que sirve de excusa para que se luzcan algunos diseñadores de lo efímero.

Hay que volver los ojos al origen, a los Domingos de Ramos donde todo era ilusión y alegría, a esa mirada del asombro que es el primer paso para llegar a la certeza. Quien no sea como uno de esos niños que convierten El Salvador en el Tabor de la gloria, no podrá entrar en ese reino sin fuertes ni fronteras de la Semana Santa. Niños de Alcosa y San Jerónimo, de Jesús y José como obreros de la carpintería, niños de Padre Pío y Heliópolis, de Nervión y Torreblanca, de la Catedral y de parroquias de la periferia, niños que son la carne leve de la esperanza.

No podemos dejar que esta herencia se dilapide en un juego sin gracia, en un entretenimiento que nos aburre. Es mejor la locura que le suplicaba Sancho a Don Quijote en el lecho de la muerte que se llevó al caballero andante. Los últimos serán los primeros, y los locos verán La Luz. Estrenaremos un año más los zapatos que nos servirán para leerte con los pies, para recorrerte como hace el sol con la torre femenina que te nace en el tiempo sin tiempo de la historia.

Parece que es la hora y se ha cumplido… Eso diremos dentro de una semana, cuando la vida se nos haya escapado de las manos y los relojes. Cuando llegue ese momento, que el espejo no refleje las lágrimas que hemos vertido, los repelidos que se quedaron sin asomarse al miocardio. Cuando llegue la Resurrección, que todos te vean muerto de Amor, de Pasión y de Esperanza, de Amargura marchitándose en el cajón que guarda las horas y los momentos vividos. Ese es el verbo que creó el Verbo. Vivir. Tienes que vivir. Y tienes que recorrer la ciudad que llevas dentro como si ella fuera -que lo es- la horma amorosa de tus zapatos.

Francisco Robles

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