La luz entra por las ventanas de los Terceros sobre el Señor de la Humildad. J. M. Serrano
La luz entra por las ventanas de los Terceros sobre el Señor de la Humildad. J. M. Serrano

Sevilla y Amén

La Humildad de la luz

La restauración de los Terceros ha provocado una estampa sublime del Señor de la Humildad y Paciencia

Por  4:04 h.

El rayo que entra por las ventanas de los Terceros como un estoque, buscando sangre en los costados de Cristo, es un regato curveando por un templo en el que yacen los melismas, los lamentos bajo tierra, las melodías geológicas. Ese resplandor quiere morirse de un grito. Es una hemorragia de luz en el lugar donde empieza todo, donde los doce apóstoles cenan con Jesús antes de que el mundo se oscurezca. Esos rayos de Domingo de Ramos que entraron ayer a inspeccionar la restauración de la casa en la que Cristo fundó la eucaristía son metrónomos de una Semana Santa que pasará titiritando, haciendo ese ritmo de palillería silenciosa y monocorde que horada el sonido como el sol penetra en los cristales con su cadencia malvácea. Era la hora del agua cuando los nazarenos blancos del Porvenir simulaban ser globos por el parque. Flotaban. Los tramos eran etéreos. Y entre ellos, bajo una catalpa de ancha sombra, un niño que se estrenaba en el infinito universo del habla le dijo a su madre con media lengua una sola palabra: «Bonito». Los ojos de ese chiquillo eran como los ventanales de los Terceros: dos inmensos tragaluces aliviando desde el principio de los tiempos las heridas que vendrán. Otro chaval, ya cuajado en la edad de los recuerdos imborrables, desbordaba a su padre de preguntas en el Salvador: «Papá, ¿a ti cuál te gusta más, la Amargura o el Amor?». El padre: «Las dos». El niño: «¡Me tienes que decir una!». El padre: «Si me quedo con una, me pierdo la otra». Quedarse con una sola es una estación de penitencia. Un sacrificio de privación para el alma. Una ofrenda a la hermandad elegida. Por eso es tan emocionante ver pasar por el Rinconcillo, entre el bullicio de los pavías, a un grupo de nazarenos de la Hiniesta callejeando hasta San Julián al mediodía. Debajo de cada antifaz hay alguien que ha escogido perderse el Domingo de la ciudad, vivirlo por dentro, ser como la Virgen que aparece al fondo de esta estampa apresada por la cámara de Serrano. Subterráneo. Porque la luz de fuera era ayer más blanca aún que la cal de dentro. Era un sable adentrándose por los ojales de Sevilla. Una luz hiriente, más alba que la flor que nos perfuma, más nívea que el manto de la Paz. Y al mismo tiempo una luz humilde, discreta, tímida, incluso desvalida.

Al contemplarla con esa hondura sobre la espalda del Señor de la Humildad y Paciencia, un poeta agregio de Sevilla que vive perdido en sus adentros quiso bisbisearle a un amigo lo que veía, pero mis oídos se metieron sin permiso en la conversación: «Cada vez que veo a este Cristo me acuerdo de mi madre. En sus últimos meses, ya no le encontraban las venas para pincharla. Y cada vez que veo la espalda del Señor se me viene a la cabeza el brazo de ella. Sin embargo, ahora contemplo esta luz nueva que entra por la iglesia restaurada y cae sobre las llagas del Cristo y me da mucho alivio porque esa claridad es como una gasa que está curando las úlceras del Señor y de mi madre a la vez». Nada es casual cuando Dios está por medio. Ese destello que deslumbra el lugar donde el Señor pequeño de la Hermandad de la Cena se ha sentado a ver pasar los nazarenos que van a San Julián, a San Roque o a su casa misma, es una puñalada de alegría y de desgarro, un quejido del sol metiéndose en los tímpanos de la fe para proclamar que la muerte no es el final, que la oscuridad no existe para Dios ni en el más recóndito escondite de los hombres. Esa luz que atraviesa como un florete las carnes de Cristo, el pan nuestro de cada día, ha entrado al volapié por la mismísima bola de la memoria para que el niño que aprende a hablar escoja la palabra perfecta, el joven que aprende a discutir descubra a su padre y el hombre que aprende a llorarle a su madre salga del Subterráneo con la cara morena. Herido de luz.