La lonja de Murillo: «Alabado sea el Santísimo Sacramento»

El 11 de enero de 1660 se instituyó una academia para ejercitar el arte de la pintura, donde se practicaba dibujo en veladas de noche

Por  9:18 h.

Según la inscripción de la puerta principal, el 14 de agosto de 1598, así con números arábigos, que no los rancios romanos,  “començose a a negociar”en la Lonja de Sevilla, casa de negociación y trato, mandada hacer  por el “cathólico y muy alto y poderosso Don Phelipe segundo, rey de las Españas, a costa de la unibersidad de los mercaderes”. Se estableció sobre el solar de las Herrerías del Rey, en los aledaños del Alcázar Real, a la vera de los atrios del Colegio y Universidad de Santo Tomás, y junto a las naves de la Catedral de Santa María,  se levantaba una gran Lonja.

Frente al goticismo de otras lonjas, está la geometría de figuras perfectas, el rigor aritmético y pitagorismo de medias, la simetría y proporcionalidad en cuaternas armónicas, el idealismo y clasicismo del Renacimiento, todo ello articuló una lonja o edificio, cuadrado contundente y preciso, largo y cubierto, espacioso y prolongado, preparado, como escribía Sebastián de  Covarrubias en su Tesoro de la lengua,  “para juntarse en él los tratantes y mercaderes, porque negocian paseando”. La nueva lonja de mercaderes  ya desde el proyecto de Juan de Herrera era “grandeza y cosa memorable”. Sabemos por la Historia de Sevilla que Alonso de Morgado escribía ya en 1587 que “se va labrando a toda priesa…será asimismo después de acabada uno de los famosos y heróicos edificios de todo el Orbe”.

La primera mitad del siglo XVII la Lonja está en obras. Los mercaderes comparten protagonismo con arquitectos y aparejadores como Francisco de Mora, Alonso de Vandelvira, Miguel de Zumárraga y Pedro Pérez Falconete. A sus órdenes pululan casi un centenar de personas entre asentadores, arraeces de bateles del río, carpinteros, pedreros, carreteros y alhameles a caballo, sobrestantes, albañiles y peones. Levantaban ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, puerta a puerta, fachada a fachada. Fueron pagados por el  gravamen del “tercio del uno por ciento” de toda mercancía y dinero de nacionales y extranjeros que entrara o saliera de Sevilla para las Indias, levante o poniente.

En ese siglo, antes de que Murillo establezca una Academia de Pintura en la esquina de la Lonja, se erige una cruz de jaspe, la de los juramentos de tratos y contratos. Es el centro de una gran plaza, la  de la Lonja, rodeada de cadenas, en competencia con los eslabones que también acotan a la Catedral de Sevilla. Son eslabones que defienden una jurisdicción, la mercantil, unos,  o la eclesiástica, otros. La planta alta se aboveda de casetones virtuosamente labrados y se prescinde del artesonado de madera. Recios muros forman las quince salas que formaron la gran U de las fachadas norte, oriente y mediodía. Se destinaban a piezas, pórticos y recibidores de audiencias consulares, de escribanías, de contadurías, de tesorerías con sus arcas de caudales de tres llaves, y de estancias para cuerpos de guardia y portería.

En la silueta del paisaje urbano los mercaderes sevillanos hacen competir la altura de la Lonja con la de la Catedral de los eclesiásticos. Sólo bastó  la perspectiva de los pináculos, coronados de veletas de hierro, en los vértices del edificio. Para hacer la lonja más lonja se abren 10 puertas a la calle. Desde unas gradas y andenes de losa de Tarifa, sus diez umbrales daban paso a un pórtico diáfano de arcos y pilares. Se abría un patio, inmenso, maravilloso y armónico en las luces y sombras del oriente y occidente. En ese siglo galerías y arcadas, altas y bajas, eran “loggie” o logias abiertas y cubiertas, sin acristalados ni tabiques. Se montó un sistema de desagüe de las azoteas hacia un gran aljibe central y subterránea  que servía agua llovediza a toda la collación del entorno y una rítmica música en el patios los días grises que traían las lluvias de Triana.

Esta logia de luz y cielo, y no la de ahora, no la del Archivo de Indias, fue la lonja que nos dejó el siglo XVII, la que conoció Bartolomé Esteban Murillo, la lonja que iba achicando su pulso mercantil en favor de Cádiz: Languidecía lustro a lustro y de modo inapelable, como lo hacía el puerto de Sevilla. Las principales casas comerciales emigraban a  la metrópoli gaditana. Ya en la mitad de ese siglo se hacía patente el declive, que resumió así el arquitecto Humanes: “Un magnífico edificio abandonado en una maravillosa ciudad empobrecida”.  Sobraban espacios para priores y cónsules en la planta alta.

Casas y hogares de vecinos, las “casas de la Lonja” ocupan sus naves y salas altas que cargaron de “sobrepuestos de mala obra”. Hasta once familias, que subían por la escalera principal y distribuían sus puertas particulares hacia la galería porticada. Habitaron en “salas, alcobas, cozinas y albañales”. Por otro lado el patio, rodeado de pórticos diáfanos de pilares y columnas dóricas servía con su amplitud de salón de bailes de carnavales, de salón de ensayos de las bandas de música, e incluso a su sombra los artesanos que construían la puerta del Príncipe de la catedral hacían allí su pausa para comer al mediodía, cuando el reloj de la Giralda marcaba puntual el mediodía

Por ello el 11 de enero de 1660 por “merced del Consulado” se instituye en la parte alta de la Lonja una academia para ejercitar el arte de la pintura, donde se practicaba el dibujo en veladas de noche.  Se escogió una de las quince salas altas, la menos accesible desde la escalera, en el gélido ángulo nordeste, esquina que miraba a la Giralda y al Alcázar. Para los tabiques de la Academia Murillo aportó doscientos ladrillos, y sus compañeros académicos además de ladrillos,  la arena, la cal, la puerta, la llave y una veleta con la cruz para la esquina de la lonja donde se situó la academia de dibujo. Retablistas, escultores y  pintores del barroco sevillano Valdés Leal, Pedro Roldán y Bernardo Simón de Pineda acompañaron a Murillo

Sobre su entonces suelo sencillo de mortero de cal, sin los mármoles de Málaga de hoy, se instalaron bancas para dibujo, un brasero de carbón, un cántaro de agua, alcarrazas de barro blanco con una o dos asas para sustentar el agua fresca, un reloj de arena, velones con mecheros de aceite para iluminar modelos,  y sombreros de hojalata para sombrearlos, una campanilla de azófar para llamar al orden y silencio de los dibujantes,  un tintero  de plomo y pluma para elaborar las listas cobratorias, y una salvilla de barro de Lebrija para servir agua. Una alcancía servía para recoger los seis reales de vellón que todos los académicos y dibujantes, incluido Murillo, daban para los gastos. Se ornaron sus paredes con  trofeos, lienzos y  cuadros.

En  muchos atardeceres sevillanos, cuando Murillo subía la gran escalera y buscando el nordeste recorría las galerías del contorno del patio,  él gozó  y rumió  tarde a tarde los toques del cielo,  el lienzo de luz, sombra y color de la lonja, que seguramente inspiraron a su arte. Además entre las arcadas diáfanas palpó también el aire sereno que discurría por los orbes celestes de la luna y el sol de sus Inmaculadas. La moldura y el marco que cercaba todo y guarnecía esos toques y pinceladas de azul de purísima, era  la hermosa labra clásica de pilastras y semicolumnas del hermoso claustro herreriano, con ese juego entre dórico y jónico, con esa armónica proporción de  las cuarenta arcadas y vanos,  y con el ritmo acompasado de las tallas de triglifos y metopas.

Después de esa contemplación vespertina al entrar en la Academia decía el preceptivo “Alabado sea el Santísimo Sacramento y la limpia concepción de Nuestra Señora”. Invocaciones que la Hermandad de San Lucas, del gremio de pintores, a buen seguro hacían en su capilla de  la parroquia de San Andrés y que repitieron por ordenanza todas las tardes los dibujantes la academia.

En tiempos de Murillo, el escultor Andrés Cansino y un oficial suyo, Marcos, que venían a “modelar”,  fueron expulsados de la Academia “por haber peleado con las armas en la mano dentro del recinto de la misma”. Los académicos consideraron muy grave el asunto porque “trabaron questión y sacaron las espadas en la sala de la Academia desacatadamente siendo casa real y tribunal del nobilísimo consulado”. Pero también en 1666 sirvió el imponente patio para un recibimiento que Murillo y sus colegas académicos hicieron a su protector, el conde de Arenales, Juan Fernández de Henestrosa. Sonaron en la severa Lonja las chirimías, sones de madera y lengüeta de caña, armonía del aire y de los dedos sobre diez agujeros.

Se fue Murillo. Llegó el siglo XVIII y las primitivas 15 piezas para salas de audiencias, oficinas de contadores y tesoreros del prior y cónsules de Sevilla, tal como fueron conocidas por Murillo en el siglo anterior, se convirtieron en solo cinco salas hermosas para colocar los  9 kilómetros de papeles de Simancas, Sevilla, Cádiz, y de la misma Corte.  Cuántos legajos, hileras de legajos, galerías de legajos, perspectivas de legajos, si rememoramos las palabras de Cernuda dedicadas en Oknos a los libros de una biblioteca. La Lonja cerró sus claustros, para atesorar los papeles de Indias. Pero en su patio todavía brilla la luz que contempló Murillo.

Manuel Romero Tallafigo, catedrático emérito de la Universidad de Sevilla