Detalle de la Nazarena, por Alberto Sánchez Rufo

PINTURA

La nazarena, historia de un cuadro

Cada persona tiene su propio color, una tonalidad cuya luz se filtra apenas a lo largo de los contornos del cuerpo. Una especie de halo (Murakami)

Por  0:15 h.

Negro y morado. Penitencia y luto. Rigor. Regreso a la Semana Santa de siglos pasados. Colores de nazarenos de antaño. Manchas de colores que envuelven una mirada anónima. De un nazareno. O nazarena.

El pintor vive extramuros la ciudad. Es Sevilla de la mejor Sevilla, que el epicentro ya es postal de un tiempo pasado y epidermis falsa que se vende por una tasa. Duerme en un espacio pequeño porque los lienzos le han robado el espacio de la cama. Pero no le han robado los sueños. Esta noche ha soñado. Y ha soñado unos ropajes espesos, contundentes. No sabría contar mucho más, pero la esencia, la que queda después de todo, es que los ropajes eran morados y negros.

“El color debe ser pensado, soñado, imaginado”. A su memoria acaba de venir la frase de Henri Matisse, el pintor que hizo protagonista a sus colores. Le da vueltas al sueño mientras contempla un lienzo terminado. Unas zapatillas Nike. Moradas y negras. Unos botines, así se llaman en los barrios, que le van a dar alas para lanzarse a pintar el sueño de la noche.

Apunte de la obra del cuadro de Alberto Sánchez Rufo

Alberto, el pintor, parte en su obra de su entorno, de sus amigos, de sus paisajes cotidianos. Ahora va a partir de un sueño para pintar una realidad. La pintura es una prioridad en su vida, es ese rincón de menos de ocho metros cuadrados en una casa anónima, que no sale en las postales de la ciudad, pero que admite condensar todos los sueños. Garabatea dibujos sobre la mesa mientras consulta las redes sociales en el móvil. La ventana a otras realidades, la mirada sin que te vean. El anonimato del nazareno se inventó siglos antes del Wifi, llega a pensar. Quizás sea porque acaba de ver, en la pantalla de su móvil, la foto de una hermana de San Bernardo con la túnica puesta. En pleno verano de una ciudad de calores africanos. Una túnica. Una capa. Una mirada anónima. Acaba de descubrir el motivo que soñó pintar. Ella se llama Carmen Palacios y, en un tiempo sin tiempo, le ha dado la clave para convertir aquellos colores soñados en el lienzo que todo pintor quiere concluir.

La Nazarena, por Alberto Sánchez Rufo

El rincón de trabajo empieza a ser testigo de una procesión de apuntes, primero un garabato, luego una cuadrícula, después un alambique de colores sobre un papel para dar con el color correcto. Tramos que se van sucediendo hasta llegar al centro del misterio. En su mente, los viejos nazarenos de postal, aquellos nazarenos graves de Beauchy, aquellas túnicas arrugadas de las postales de Tomás Sanz, aquella gravedad de los clichés de Almela… Alberto parte también de una fotografía, pero necesita más. Frente a los paisajes acartonados del siglo XIX, el pintor del rincón anónimo de la ciudad necesita el espacio de los maestros.

Bocetos del cuadro de Alberto Sánchez Rufo

Y necesita la verdad de la presencia. Las fotos ayudan cuando la modelo no está presente. Y surge la obra. Los cuadros delimitan el espacio, que la vida no es cuadriculada, pero se pueden condesar en una cuadrícula. Partes que acabarán formando un todo. Definido el espacio, modelada la ausencia del paisaje, la nazarena adquirirá volumen, del gesto al trazo, del trazo al pincel. Violetas, rojos y naranjas de cadmio, azules… Un alambique en una paleta para llegar al morado San Bernardo: la ciudad da nombre al color de los claveles de sus palios y a las tintadas de los mantos de sus Dolorosas. Y para dolor, el negro. Dolores es nombre de alegría de un barrio y el negro es capa de un barrio elegante, torero y cargado de la alegría de un Miércoles Santo con sol. Aquí, nada es lo que parece.  Un año de trabajo sobre el lienzo. “He tardado cuarenta años para descubrir que el rey de los colores es el negro” dijo Renoir. Alberto Sánchez, en un rincón más de tantos exilios interiores que crearon lo mejor de la ciudad, taarda casi un año en dar forma a una obra monumental, casi dos metros de altura.

Inicios de la obra de Alberto Sánchez Rufo

Es una mirada anónima en el lienzo, presencia real en el día a día. El espacio, apenas está definido. Protagonista única es la nazarena. Mira que te están mirando. Ella te ve, pero tú no. Alguien la soñó. Mujer revestida de morado y negro sobre fondo gris, el gris de un día que el pintor llevó al lienzo. Parece una novela de Delibes o un verso de Juan Sierra. Guantes en las manos, nombre de María en el escudo y mirada al frente, encarando la vida, la mejor metáfora que escriben los nazarenos del arrabal de San Bernardo. Luto y penitencia que es alegría de miércoles. Un sueño llevado al lienzo en un rincón de la ciudad. También san Bernardo fue arrabal. Un lienzo dispuesto para un concurso, así es la vida del artista. El sueño pintado merece soñar con el premio.

Nazareno de pasión / EMILIO BEAUCHY

Postal de un nazareno de la Amargura de comienzos del siglo XX / TOMÁS SANZ

Pruebas de color del cuadro de Alberto Sánchez Rufo

La paleta de colores del pintor Alberto Sánchez Rufo

Manuel Jesús Roldán

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