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La Pasión según Burgos

¿Estáis puestos? Así arranca este recorrido literario y sentimental por la Semana Santa de Antonio Burgos. Con la técnica literaria del modelo para armar que linda en el lirismo con la enumeración caótica de Pedro Salinas en La voz a ti debía, Burgos se abre de capa con aquella obertura de su pregón que asombró en su día y que sigue provocando ese borgesiano asombro que otros llaman costumbre. Tras esa cruz de guía iluminada por el farol de la Literatura con mayúscula, los poemas que Burgos ha ido escondiendo en sus artículos. Romances a las palmas o a la Eneida que se asienta en la silla de enea , endecasílabos carreteros, sáficos o alejandrinos blancos para los cofrades que se han ido conforman una antología poética donde se dan la mano la hondura y lo popular.

De ahí, a los recuadros que conforman la base de la antología. Porque Burgos no escribe artículos ni columnas -con azotes incluidos- sino recuadros. El primero enlaza con los poemas anteriores: Farol de cruz de guía. Otra vez el alejandrino escondido, blanco en la rima y negro en el tema. Gran Poder, Macarena, la infancia recuperada en el estreno del Domingo de Ramos, los crujidos de la caoba y los globos que perdimos, capataces y costaleros llamados por sus nombres verdaderos, las novias del Lunes Santo, las túnicas de alquiler y las mortajas de sarga o de ruan. La vida y la muerte engastadas en ese collar de perlas que va pasando ante los ojos del lector que lee sobre lo vivido y que vive lo leído.

Al igual que hace Vargas Llosa en sus novelas, Burgos prescinde de referencias temporales en sus artículos. Podemos averiguar el año por un nombre, por un sucedido, pero lo esencial del texto está por encima de los relojes y los calendarios. El escritor con pulso de novelista o con la gracia del poeta, con la observación del cronista y la profundidad del filósofo, eleva la Semana Santa hasta convertirla en un tema universal.

Este libro no trata, necesariamente, de la Pasión que recoge el Evangelio según Sevilla. Las flores del paso que terminan -y que terminarán cuando nos hayamos ido- en el mármol del cementerio, la mano de la nieta que sustituye a la mano de la madre, el encuentro imposible con el amigo ausente bajo la túnica de la muerte… No estamos hablando de costumbrismo, sino del Macondo de García Márquez, de los ecos que resuenan en Comala cuando Rulfo hace que los muertos hablen. Sevilla como recreación mítica de Burgos.

Tras los textos destinados a ponencias o pregones, el cierre con Er pograma (sic) en forma de media verónica que incluye seis articulazos, seis. El colofón es un poema en endecasílabos blancos dedicados a la antóloga, Rosa García Perea, poeta y editora de un libro al que podríamos calificar como clásico por dos razones: porque está bien arrematao, y porque no se puede hacer mejor.

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