La Semana Santa de 1930, con los Reyes, la Expo del 29 y el Zeppelin

Por  8:39 h.
El Rey Alfonso XIII presidiendo las Cigarreras en 1930

Sevilla vive sobre lo vivido en Semana Santa y no hay una Semana Santa igual a otra. Cada primavera, todo parece nuevo, todo parece reinventarse en la ciudad bajo los cielos azul Carretería, o azul Hiniesta, o azul Baratillo, o azul San Esteban, o azul Montserrat; azules en bellísima sinfonía a los que en su pregón el gran capataz literario Antonio Burgos preguntó si estaban puestos para mandarles la levantá al Cielo que supone vivir el gozo en la Tierra, un año más. Si en el siglo XX hubo una Semana Santa especialmente singular, particular y peculiar, ésa fue la de 1930, que vivieron los Reyes, Don Alfonso XIII y Doña Victoria Eugenia, y algunos de sus hijos junto al pueblo sevillano, y que coincidió con la Exposición Iberoamericana de 1929, que no sería clausurada hasta el 21 de junio de 1930, y la llegada a Sevilla del famoso dirigible alemán Conde de Zeppelin.

Una Semana Santa que casualmente se celebró en los mismos días que la presente de 2014 y en la que el Martes Santo, 15 de abril, la Casa de ABC conmemoró el primer aniversario del fallecimiento del fundador, don Torcuato Luca de Tena, primer marqués de Luca de Tena, el sevillano que se inspiró en el rótulo de una calle de su ciudad para dar nombre a su gran obra, ABC, aunque no llegó a ver convertido en realidad su gran sueño: ABC de Sevilla.

La presencia de los Reyes en Sevilla no era algo infrecuente. Cuentan que a principios de los años 20, y en una fiesta de sociedad ofrecida por Miguel Sánchez-Dalp Calonge, conde de las Torres de Sánchez Dalp, cuyo recordado y destruido palacio se hallaba en la plaza del Duque, la Reina Doña Victoria Eugenia reconoció a la condesa que ésta vivía mejor en Sevilla que ella en el Palacio Real de Madrid. Los Reyes no quisieron perderse la Semana Santa de 1930 que coincidió plenamente con la Exposición Iberoamericana, inaugurada por ellos el 9 de mayo de 1929.

(Del 29 al 92, tantos decenios después, el Rey Don Juan Carlos I, tan amante de Sevilla como su abuelo, inauguró la Exposición Universal el 20 de abril de 1992, Lunes de Pascua, aunque los planes primigenios fueron abrir la magna muestra el 17 de abril, V centenario de las Capitulaciones de Santa Fe entre los Reyes Católicos y Colón. Pero alguien cayó en la cuenta de que ese día en 1992 era Viernes Santo. Acaso se preguntara, de no haberse corregido el propósito, qué habrían dicho esa mañana durante la inauguración de la Expo 92 la Sevilla oficial ¡qué remedio! y la Sevilla curiosona siempre noveleracuando a dos centenares de metros de la isla de la Cartuja, Resolana adelante, la Virgen de la Esperanza perfumaba su barrio de la Macarena…).

Martes Santo, 15 de abril

Los Reyes Don Alfonso y Doña Victoria Eugenia viajaron hasta Sevilla en la mañana del Martes Santo. Antes, a las siete de la mañana del Domingo de Ramos, había llegado a la estación de la plaza de Armas, vulgo de Córdoba, un tren especial conduciendo al escuadrón de la escolta real que prestó servicio durante la estancia de la Familia Real en Sevilla, pues junto a los Monarcas vinieron el Infante Don Jaime y las Infantas Doña Beatriz y Doña Cristina. El personal de servicio y los coches que usó el Rey también arribaron en el convoy del Domingo de Ramos, día cuya solemnidad fue presidida en la catedral por el cardenal Ilundáin. Mientras tanto, en el pabellón Castellano-leonés fue ofrecida una misa en memoria de los iniciadores y creadores de la Exposición Iberoamericana, oficiada por el escolapio burgalés Eliseo Díaz Sáinz. Entre otros asistentes estuvieron la viuda e hijos de Luis Rodríguez Caso, comisario general del certamen, y padre de Vicente Rodríguez Caso, artífice en 1934 de la imagen de la Quinta Angustia, la Virgen sin lágrimas de la Semana Santa de Sevilla. Aquel Domingo de Ramos realizaron su acostumbrada estación de penitencia las cofradías de la Cena, la Hiniesta, la Estrella, la Amargura y el Amor. El Lunes Santo, con tiempo primaveral y extraordinaria afluencia de forasteros, salieron las Penas, las Aguas entonces de San Jacinto y el Museo.

Tras su llegada a Sevilla, los Reyes, a quienes dieron la bienvenida las autoridades civiles y militares, así como el cardenal Ilundáin, se dirigieron hasta el Real Alcázar, siendo aclamados por miles de sevillanos durante el recorrido. En el Alcázar se celebró una manifestación de adhesión a los Monarcas, interesándose Alfonso XIII vivamente por los problemas de la clase obrera sevillana y de la ciudad. El Rey paseó por Sevilla y la Reina visitó por la tarde la Exposición, cuyo recinto abría a la nueve de la mañana con un precio la entrada de una peseta, y 50 céntimos de peseta para niños seis a 12 años y militares sin graduación. El horario del Jueves y el Viernes Santos la Muestra fue de nueve de la mañana a dos y media de la tarde.

El Rey Alfonso XIII presidiendo los palcos de la Plaza de San Francisco

El puente de la Calzada

El Infante Don Jaime presenció los desfiles de las dos primeras cofradías del Martes Santo en la plaza de San Francisco, donde coincidió con la sevillanísima Infanta doña Luisa de Orleáns y sus hijas, una de ellas, María de las Mercedes, futura madre del Rey Don Juan Carlos. Salieron seis cofradías: San Esteban, los Estudiantes, San Benito, la Candelaria, la Bofetá y Santa Cruz. El alcalde, el conde de Halcón, había recibido quejas de algunas personas porque no se sabía con certeza el precio que se debía abonar por el alquiler de las sillas y porque existía reventa de éstas, con lo que quedó demostrado que Rinconete y Cortadillo seguían, como siguen hoy en día también, teniendo dignísimos epígonos…

La Hermandad de San Benito hubo de alargar en tres kilómetros su recorrido habitual, por causa de de las obras del paso superior de la Alcantarilla de las Madejas, que no era sino el puente de la Calzada que se mantendría hasta las vísperas de la Expo 92 pero que antes alcanzó mucha fama ligada precisamente a la cofradía de la Presentación al Pueblo. "¡Cómo estarán esos beneméritos cofrades —exclamó Simplicio en el Sevilla al día del ABC del Miércoles Santo— con tres leguas y ocho horas de marcha…!" Evidentemente, Simplicio, vecino de una Sevilla con 228.729 habitantes según el padrón municipal de 1930, un tercio de la Sevilla actual, no podía imaginarse por aquel entonces a cofradías como las de Santa Genoveva, la Sed, el Cerro o el Polígono de San Pablo…

El Zeppelin en Sevilla

El dirigible Conde de Zeppelin llegó a Sevilla el Miércoles Santo, procedente de Friedrichshafen, sureña ciudad germana sede de esta compañía de aeronaves, desde donde partió el día anterior a las tres de la tarde. Con motivo de la primera visita del aparato, en el ABC del día hasta se publicó una nota en alemán, firmada por el cónsul en la ciudad, señor Diel, dirigida a la colonia tedesca. En su vuelo hacia Sevilla, el dirigible pasó por Vigo, Pontevedra, Lisboa, Gibraleón, Huelva, Jerez, Cádiz, Puerto Real, Sanlúcar… El dirigible apareció sobre la ciudad antes de la una de la tarde. El aeropuerto de San Pablo, ubicado en los terrenos del cortijo de Hernán Cebolla, estaba pletórico de público que aguardaba la llegada del Zeppelin. Los Reyes no quisieron perderse el espectáculo de la visita de este ingenio germano, que tuvieron oportunidad de conocer de cerca en unión de sus hijos.

Aquel Miércoles Santo hicieron estación de penitencia las cofradías de San Bernardo, el Buen Fin, el Baratillo, los Panaderos, el Cristo de Burgos, las Siete Palabras y la Sagrada Lanzada, que lucieron con gran esplendor e hicieron su entrada en los respectivos templos antes de la una de la madrugada. El Rey y las Infantas presenciaron el paso de las cofradías del Baratillo, los Panaderos, Cristo de Burgos, Siete Palabras y Sagrada Lanzada. Por su parte, el Infante Don Jaime hubo de viajar a Málaga para presidir la cofradía de la Piedad, que no lo nombró hermano mayor honorario.

El Rey Alfonso XIII con nazarenos de la Carretería

Jueves y Viernes Santos

Hasta la reforma litúrgica de 1956, los desfiles procesionales finalizaban en la noche del Viernes Santo. Los Reyes y las Infantas asistieron en la mañana del Jueves Santo a la celebración de los oficios en la catedral, presididos por el cardenal Ilundáin. Por la tarde hicieron su estación de penitencia las cofradías de la Trinidad, los Negritos, la Exaltación, las Cigarreras, Montesión, Quinta Angustia, el Valle y Pasión. La Reina Doña Victoria Eugenia y las Infantas presenciaron el desfile de las cofradías, mientras que el Rey se incorporó en la calle Sierpes a la presidencia de la Hermandad de las Cigarreras, que por aquel entonces salía de la capilla de la Fábrica de Tabacos primigenia, hoy sede de la Universidad de Sevilla. El capataz de la cofradía era Ariza el Viejo. El Monarca dejó la comitiva a la entrada de la calle Cánovas del Castillo, hoy Avenida de la Constitución, y volvió a la tribuna de la plaza de San Francisco. La cofradía de Pasión fue presidida por el Infante Don Carlos de Borbón y Orleáns, abuelo del Rey Don Juan Carlos, cuya madre, Doña María de las Mercedes, era la camarera de la Virgen de la Merced, a la que acompañó en el recorrido.

En la Madrugada salieron las mismas cofradías que hoy en día: Silencio, Gran Poder, Macarena, el Calvario, Esperanza de Triana y los Gitanos. La Familia Real presenció la salida del Gran Poder, en cuyo cuerpo de penitencia figuraron, según se supo, los famosos aviadores Jiménez e Iglesias. También acompañó al Cristo la Infanta Doña Luisa de Orleans, abuela del Rey Don Juan Carlos. Los Reyes y las Infantas, después de ver al Gran Poder, presenciaron el paso de la cofradía del Silencio.

Ya el Viernes Santo por la tarde, jornada en la que salieron la Carretería, la Soledad de San Buenaventura, el Cachorro, la O, San Isidoro; Montserrat, acompañada por la Banda de Artillería con el célebre Brigada Rafael; la Sagrada Mortaja, con sede en aquel entonces en Santa Marina, y el Santo Entierro, la Familia Real volvió a ocupar su lugar en los palcos de la plaza de San Francisco. No obstante, el Rey, como hermano mayor efectivo, presidió el Santo Entierro, cuyo cortejo fue similar al actual dándose la singularidad de que en él participaron los delegados de pabellones de las naciones americanas.

La Familia Real no abandonó Sevilla una vez terminada la Semana Santa. Los ilustres visitantes permanecieron en la ciudad, que hicieron suya. Aquí vivieron la Pascua de Resurrección, en cuyo Miércoles de la Octava, sólo tres días después, no una ni dos semanas, sino tres días después de concluir la Semana Santa, estaba previsto que comenzara… la Feria de Abril, una muy singular Feria de Abril. Pero esa será otra historia.