La síntesis de la Semana Santa

Por  3:10 h.

El misterio de la Piedad del Baratillo es la síntesis perfecta de la Semana Santa. De momento hay que decir lo obvio. Lo que sabe casi todo el mundo, aunque parezca imposible. Es un misterio que un grupo escultórico creado por dos imagineros tan distintos como Ortega Bru y Fernández Andes, cada uno a su manera, haya fraguado en esa armonía que nos lleva desde la reflexión hasta el repeluco. La Virgen Niña de la Piedad es una adolescente que lamenta la muerte del Hijo, ese Hombre que cumple a la perfección los cánones de la belleza masculina. A partir de aquí sobran los comentarios y los análisis, porque el tiempo sagrado se impone al frío mármol del intelecto. Las cuadrículas se deshacen y se derriten bajo el sol de marzo, cuando el Baratillo arde en el albero del que salen los nazarenos.
Todos los azules el azul. Como todos los fuegos el juego, el cuento inmortal de Cortázar que sigue creando la inquietud que provocan los tiempos paralelos que se cruzan y se agolpan hasta el colapso. Todos los azules están en las túnicas nuevas o lavadas, erosionadas o impolutas de los nazarenos del Arenal. Todos los azules de una ciudad que le rinde culto al cielo que perdemos a cada momento, a cada instante. Atardecía sobre el viejo barrio que fue en cierto modo arrabal, lugar donde se malbarataba todo en los siglos del oro y del oropel. Atardecía con esa suavidad del arco que ciñe el aire que rodea al Cristo de Burgos. Fue imponente verlo en su templo, resguardado por la penumbra mudéjar de San Pedro, a la espera de esa luz que incendió la pavesa del canasto del Cristo de la Sed por Eduardo Dato. Tengo sed, dice este crucificado al que siempre calificaremos como el más humano de todos los que salen a las calles y las avenidas durante estos días sagrados y profanos al mismo tiempo.
No podemos engañarnos más. La Semana Santa se ha reducido a un espectáculo de masas para los que buscan entretenimiento y diversión, para los que siguen la máxima irónica de Cioran: nos empeñamos en matar el tiempo mientras el tiempo se encarga de matarnos a nosotros. Cioran es un filósofo nihilista cuyo apellido tiene las mismas letras que la palabra rancio. Mucho rancio de boquilla hay por ahí dando lecciones mientras se encarga de cargarse la Semana Santa a golpe de golpes de pecho. Pero esa no es la cuestión ahora. Eso vendrá después, cuando llegue el momento de los análisis más o menos sesudos. Ahora vamos a hablar de los momentos de hondura que ayer vivimos en esa capilla minúscula que se hizo una cofradía grande y señorial -señorío elegante de lo popular- cuando todos los azules fueron el azul que se pone en la calle así que se abra de capa la tarde del Miércoles Santo.
Ver ese paso de la Piedad desde el coro es robarle por unos minutos la visión cenital al mismo Dios que entregó a su Hijo. Espeluznante. El cuerpo del Cristo se derrama sobre la fragilidad de la Niña que lo está pariendo para la muerte. Junto sábanas y mortaja, que diría Quevedo. Lo que sucedió en Belén se repite en el reverso de Jerusalén. La Lanzada que traspasa el cuerpo del Cristo es la misma que destroza el corazón de su Madre. Todo el Miércoles Santo está aquí. El Prendimiento está prendido en los claveles que recogen la sangre del Hijo de María. El Buen Fin está en el sueño de este Cristo que yace sobre el regazo de quien lo dio a la luz que inundará la canastilla en cuanto avance por Adriano. Las Siete Palabras se han reducido a este silencio que corta el cuerpo por dentro cuando uno imagina cómo sería el mundo sin esta imagen del amor que va -otra vez Quevedo- más allá de la muerte.
La banda del Sol toca Requiem y el sol se vuelve de caoba. El aire se estruja en el sudario y asciende por las escaleras que suben empujadas por la cruz: paradoja de ascensiones contrapuestas. El manto bordado es un capote de paseo que no lleva a ningún sitio. El perfil de la Virgen sobre la muchedumbre es otra enorme contradicción. Nadie puede hacer nada. Nadie puede conseguir que esa Muchacha deje de llorar. Todos los azules son el azul de sus lágrimas cayéndose. Gerundio del dolor, de todos los dolores del mundo. La luna crece sobre el azul transparente de la tarde. La Giralda, a lo lejos, busca el marrón carmelita de la calle Feria. Toda la Semana Santa está aquí, como si esto fuera una novela de Faulkner adaptada por Julio M. de la Rosa. Todos los tiempos el tiempo.
Todos los tiempos son el tiempo de la muerte. Y eso lo saben los costaleros de la Caridad cuando se arrodillan antes de salir del minúsculo templo. Medio palio estaba sobre el presbiterio. Dificultosa maniobra. Suena Caridad del Guadalquivir a lo lejos. Dentro de la capilla se escucha el rezo de lso costaleros. El maniguetero que sabe más que nadie del corazón nos da un abrazo. El Niño Dormido regresa desde el otro lado. Los amigos vienen de la montaña o de la Germania.
Esta fiesta es su gente o no es nada. Sigue sonando Caridad del Guadalquivir mientras los costaleros rezan de rodilla. A Dios rogando y con la Caridad caminando. ¿Puede haber algo más hermoso?
El cronista se encaja, más tarde, en la calle Madre de Dios. Allí escribe lo que ve. Cirios al otro lado de la puerta. ¿Cera? No. Memoria ardida. Pasa San Bernardo como pasa la vida de quien fue niño, de quien descubrió el cernudiano acorde en ese barrio decrépito y ruinoso. Antes hemos pasado por el lugar donde la madre nos dio lo único que tenemos: la luz, o sea, la vida. Pasa el Cristo de la Salud y todo enmudece.
Cuando siento, no escribo. Hay que desobedecer a Bécquer. Hay que escribir con la fuerza y con la sangre del oficio. Hay que decirle al Cristo de la Salud que su muerte no puede ser algo cierto, que tanta belleza desnudándose en esta luz de Rembrandt no puede traer nada malo.
La cruz es un estoque clavado en la sangre de los claveles. El canasto tiene el oro del albero. Otra vez la síntesis de la Semana Santa.
Hay que esperar a la Virgen del Refugio. Hay que esperarla como si no hubiera nada más importante en el mundo, que a esta hora de la noche del Miércoles no lo hay. Refugio en Madre de Dios. Los Villanueva salvan la estrechez de Fabiola y Aire. Siempre Cernuda, siempre su patio, siempre el acorde. Siempre ese barrio, esa infancia, esa adolescencia que nos vertebra por dentro, esa mirada perdida de la Virgen de Sebastián Santos. El palio flota en el aire. Suave. Como si no existiera la ley de la gravedad. De grana y oro, con sedas de colores. Domus aurea. Oro de bordado antiguo. Las monjas de Madre de Dios luchan contra la misma ruina que fue carcoma en San Bernardo. La vida es una lucha. Continua.
Se va el Miércoles Santo. Todos los tiempos son el tiempo. Todos los mundos caben en un templo, en una calle, en una imagen, en una Virgen que sostiene al Niño Dormido. El día de las cruces se cruzó con el astifino toro del fracaso. Jesús ha triunfado. Su sangre es un sueño de claveles. La belleza ha cantado victoria.
Cuando estas palabras vean la luz, será Jueves Santo. Y todo, absolutamente todo, empezará a consumarse.

Francisco Robles

Francisco Robles

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