Joaquín Luque, cuarto por la derecha y segundo por la derecha, el capataz Domingo Rojas

La última entrevista a Joaquín Luque antes de su muerte: el mítico costalero profesional

A los 86 años ha fallecido uno de los últimos del mercado de Entradores. Así contaba la verdad de un oficio de profesionales en los años de la posguerra

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El protagonista, pertenece al grupo de “magníficos” que en tiempos duros pusieron corazón, casta y entrega, bajo las andas de nuestras devociones. Gracias a aquellos mal llamados “profesionales”, en la actualidad podemos seguir hablando de costaleros y capataces, pues estos costaleros de hoy, son la herencia de aquellos abnegados hombres, cuya salud se quedó en muchos casos, bajo las trabajaderas de Cristo y de su Madre Bendita.

-¿En qué lugar de Sevilla vino al mundo?

-Mi barrio de nacimiento es la Puerta de Carmona, vivíamos en el número 14 de la calle Juan de la Encina y me bauticé en la Parroquia de San Roque. Iba a clase al Colegio del Reloj, en la Plaza de Carmen Benítez.

Al cabo del tiempo, con ocho años, nos trasladamos a una casita que compró mi padre en Camas, en la calle Sevilla.

-Háblenos de sus padres

-Mi madre era guapísima. Por desgracia falleció cuando yo tenía cuatro años, éramos seis hermanos, nuestra abuela nos cuidó desde pequeños.

En el Pabellón del Aceite que estaba en la Avenida de la Palmera, estaba la fábrica de cartuchos de pólvora para fusiles, allí trabajaba mi madre. Colocaron una bomba en la fábrica en 1937 y mató a catorce personas, seis hombres y ocho mujeres, entre ellas mi madre, Josefa Rodríguez Fernández. En el cementerio de San Fernando, se encuentra la tumba con los restos mortales de todos los fallecidos en la explosión, con una placa que recuerda sus nombres y lo que ocurrió.

Mi padre trabajaba en el mercado de la Encarnación, en la descarga  un trabajo muy duro al que años más tarde me incorporé yo también.

Joaquín Luque Rodríguez, en una foto de archivo ante el azulejo de la Esperanza de Triana en el antiguo Mercado de Entradores o del Pópulo / JAVIER COMAS

-Qué recuerdos tiene de esos tiempos de la descarga en el Mercado de Entradores de la calle Pastor y Landero

-Cuando mi padre pasó al Mercado del Pópulo, comencé a trabajar con él en la descarga, yo tenía solo 17 años. ¡Recuerdo que mi padre arrimaba lo que podía para la casa, batatas, castañas, patatas…lo que tuviera posibilidad de traer! Trabajábamos sin maquinaria alguna, a hombros cargábamos lo sacos.

¡La de camiones que hemos descargado mi compadre “Gallardo” y yo, con toneladas de frutas o verduras, sin parar, remontando los sacos a veinticinco de altura!

La mayoría de los que trabajábamos éramos gente muy joven, como tu padre, “el Pollo”, “Alfonso Rechi”, “el Chiquillo Sebastián”…quince o veinte podíamos ser.

El trabajo era muy duro y los tiempos también lo eran. Solo descansábamos el Viernes Santo, el resto de días trabajábamos si teníamos oportunidad, porque en las cuadrillas se entraba supliendo según los hombres que iban faltando. En muchas ocasiones, esperando que llegara un camión de naranjas para embasar, nos quedábamos dormidos tu padre y yo, apoyados sobre un cajón, esperando a que llegase el camión que en lugar de las doce de la noche se presentaba a las cuatro de la madrugada…o cuando llegaban los plátanos para “Betancor”, había que cargarlos a hombro trece o catorce piñas de plátanos y llevarlos de una punta a otra del mercado…¡fíjate que mala vida nos hemos llevado en este trabajo tan duro! Hemos pasado mucho, pero mucho…

Luque, a la izquierda. A la derecha, Domingo Rojas y a su lado, Rafael Ariza, El Viejo.

-¿Cómo llega al mundo del costal?

-Me gustaba muchísimo el mundo del costal. Para mí, entrar en la Catedral debajo de un paso era lo más grande. ¡Me sentía como un torero que le cortaba dos orejas al toro después de una buena faena!

Cuando era un chiquillo, tuve la suerte de tener alrededor gente que miraban mucho por mí, como “Chaves”, el hermano de “el Rojas”, o “el Tarugo”, que me retocaban la ropa si veían que no la llevaba bien, para que pudiera trabajar mejor y se interesaban por cómo iba bajo el paso.

¡Fíjate con lo que daban entonces los pasos, que ibas por la calle Francos y te caían los kilos a plomo!

Recuerdo que un año sacamos dos veces “la Lanzada”, el Miércoles Santo y el Sábado Santo en el cortejo del Santo Entierro.

Salió a las tres de la tarde y cuando se echaban los faldones no quiero ni contarte lo que pudimos sudar, así que le dije a mi compadre “Gallardo”: “¿compadre, tu sabes cómo se quita esto? Con un café solo y un chorreón de Machaco” ¡Y no volvimos a sudar en todo el recorrido¡ (risas)

He trabajado a las órdenes de buenos capataces como “Bejarano”, con el sacábamos “la Estrella”, “las Penas”, “la Lanzada”, “el Gran Poder” y “Montserrat”. Él reunía a su gente en una tabernita que había en la calle Rodrigo de Triana.

Los Ariza eran muy amigos míos. Rafael, Pepe, su padre y el abuelo, muy buena gente todos. Ellos citaban a su gente en otra taberna que había en la misma calle, Rodrigo de Triana, que tenía unas botas de tinto que no veas, ¡realmente éramos amigos entre todos!

Con mi compadre “el Moreno” saqué al Señor de la Salud y otro año con “Pepe Luque”, a la Virgen de las Angustias junto a mi compadre “Gallardo”. ¡Ese año le cantó a la Virgen “el Beni” en el Palacio de las Dueñas, que arte más grande!

También he trabajado a las órdenes de “Perales”, ¡gran persona Salvador!

Lo cierto y verdad que hemos sufrido mucho en el trabajo de la descarga en el Mercado y debajo de los pasos, pero también lo hemos pasado muy bien entre nosotros, porque había mucho compañerismo en la cuadrilla y éramos todos muy amigos.

A la derecha, Joaquín Luque. En el centro, Salvador Perales y a la iquierda, “El Trigo. Todos, en las Siete Palabras.

Nos gustaba ir a Triana a escuchar cantar y ver bailar…muchas veces íbamos a echar un ratito y a oír a tu tío “Joaquín de Paradas” tocar la guitarra, ¡era un fenómeno!

Había pasos en los que se trabajaba con mucho esfuerzo como en “el Gran Poder”, donde solo podía levantar la cabeza el corriente, porque el fiador y el costero se daban con la tablazón de la parihuela. Recuerdo el respeto con el que la gente veía venir al Señor y el silencio del interior de la iglesia, con el rachear de nuestras zapatillas de esparto y ese andar que “Bejarano” nos enseñó para llevar al Señor, con la zancada larga y el paso racheado.

Se me viene a la memoria cuando nos llamaban para hacer el retranqueo del paso del Señor. Estaba allí el Vizconde, D. Miguel Lasso de la Vega. Recuerdo que le decía a Polvillo: “¡Gitano, mil pesetas por una levantá con fuerza”! (para comprobar si el Señor estaba bien sujeto). Todo perfecto.

Al instante se escuchaba a “Polvillo” decir: “¿Don Miguel, damos otra levantá?” y decía el Vizconde, “¡no, no, que  ya se ve que todo está bien!”

(Risas)

Eran tiempos muy duros para nosotros, ten en cuenta que no teníamos relevo y había veces que se descolgaba alguien por enfermedad o por una lesión y ya llevábamos uno menos, o seis y hasta ocho menos como en una ocasión con la Trinidad, con la leña que daba por la calle Boteros, que había que echar a tierra el paso muchas veces por los cables.

Hemos pasado muchas fatigas pero también, hemos echado muy buenos ratos.

Un costalero tiene que hacer su trabajo con enorme cariño. Para meterse debajo de un paso hay que tener mucha casta y gustarte mucho, porque cuando caen los kilos es el momento de la verdad, entonces es cuando hay que demostrar lo que uno lleva dentro.

Abajo arrodillados y en el centro, Joaquin Luque y al lado, su compadre Alberto Gallardo. Lunes Santo, antiguo misterio de San Gonzalo. Junto al martillo, con traje, Domigno Rojas

-¿Dónde vería el rostro de su esposa?

-Siempre que miro a la Esperanza de Triana. Bien sea en su azulejo de Pastor y Landero, que mi mujer cuidaba con tanto esmero, o bien sea en su capilla, veo a Lola.

Mi mujer era una ferviente devota de la Virgen de la Esperanza y estoy seguro que Ella la tiene a su vera.

Hablar con Joaquín Luque, es traer a la memoria la dureza de un trabajo como el de la carga y descarga del antiguo Mercado de Entradores o del Pópulo, la crueldad de unos tiempos de hambruna de una niñez en blanco y negro y la amistad, cariño y devoción que se vivían bajo los pasos, en esas familias llamadas cuadrillas, formadas por gente de ley, cabales que dieron lo mejor de sus sentimientos para llevar por las calles de Sevilla, las devociones eternas, sin relevos, durante siete días y ocho jornadas.

La ciudad les ha olvidado, pero los herederos de aquellos hombres de veinticuatro quilates, jamás dejaremos de rememorar y poner en valor el esfuerzo y la entrega de los que llamaron “profesionales”.

Joaquín Luque Rodríguez, en una foto de archivo ante el azulejo de la Esperanza de Triana en el antiguo Mercado de Entradores o del Pópulo / JAVIER COMAS