Rocío Ortiz ante el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes de la Amargura en 2015 / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

La última entrevista a Rocío Ortiz, la camarera de la Virgen de la Amargura

«¡Para mi ser camarera ha sido lo más grande! Cuando tú ves a la Virgen, tan cerca, sin corona, sin saya, con su camisa y enaguas blancas, con su pelo natural y con esa altura que tiene… ¡te impresiona y de qué manera!»

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El pasado 17 de enero falleció a los 82 años. Este el recuerdo de sus últimas palabras en un medio en el mes de mayo del año 2015, en la revista Pasión en Sevilla. Así era Rocío Ortiz Díaz…

Esta hermana número 13 (ha muerto siendo la 9) de la Cofradía de San Juan de la Palma, tiene en la mirada la experiencia de los años vividos y el testimonio de una devoción sin límites. Hablar con Rocío Ortiz, es como leer escritos y legajos de los cronistas que dieron testimonio de tiempos y circunstancias que son memoria de la Semana Santa, pero que no se han dejado escribir con letra impresa, sino que aguardan en un rincón del corazón, ese que suele visitarse cuando las ausencias se hacen presencias y se percibe a lo lejos los ecos de un eterno silencio blanco.

-¿Cuál es su barrio de nacimiento, como lo recuerda?

Nací en el barrio de San Bernardo. Mi padre era militar y le habían destinado al Cuartel de Caballería, pero al no estar terminado el pabellón y a la espera de que concluyeran las obras, nos trasladamos al pabellón donde residía mi tío Manolo, vivía en la Pirotecnia, porque él era artillero.

Nací el 8 de julio de 1936, en tiempos muy convulsos. Por esas fechas, la imágenes de la Hdad. de la Amargura ya no estaban en San Juan de la Palma, se las llevaron mi padre y mi tío Manolo en un camión, metidas cada una en un cajón, a la casa de un hermano de la Cofradía, Carlos González Campos. Allí estuvieron hasta noviembre de 1936. Mi  padre le dijo a mi madre que al no estar las imágenes en San Juan de la Palma y estando las cosas tan revueltas como estaban, para que iban a bautizarme allí, así que recibí las aguas del bautismo en San Bernardo, a las plantas de la imagen del Señor de la Salud que a los poco días quemaron. Es posible que mi bautizo fuese prácticamente el último que se celebró delante del Cristo ya que fue el 11 de Julio.

Al poco tiempo nos trasladamos al Cuartel de Caballería, en la carretera de Dos Hermanas y con seis años nos mudamos  a la calle Monsalves. Allí vivimos hasta 1948, que es cuando  fallece mi padre, con solo 57 años. A los dos meses de su muerte nos tuvimos que ir del domicilio por ser residencia de militares, ¡éramos seis hermanos! Por desgracia, ya no vive ninguno de ellos.

Nos fuimos a la calle Don Pedro Niño, allí mi madre tenía una casa que había estado  arrendada a dos maestras. Precisamente, la idea de mi padre era hacerle las reformas oportunas a la casa poco a poco para poder vivir en ella. El siguiente traslado de domicilio nos llevó hasta la calle Ángeles y de allí, siendo ya mayor, me marché al barrio de la Alfalfa, donde sigo viviendo en la actualidad.

-¿Puede hablarnos de los colegios a los que acudió y cómo fue su etapa escolar?

Mi colegio fue el de las Teresianas del Padre Poveda, en la calle Arguijo. Allí completé toda mi etapa escolar. Sigo teniendo mucha relación con mis antiguas compañeras, de hecho, la Asociación de Antiguas Alumnas, en el suburbio que había en Villa Pato, que estaba entre la vía del tren y el Instituto Anatómico, creamos una escuela sufragada por nosotras. Sigo teniendo mucha relación con mis compañeras de colegio.

Por la situación económica que tenía mi familia, no pude seguir estudiando, así que entré a trabajar en la Seguridad Social. Como no había podido hacer COU en su momento, me matriculé en las clases nocturnas del Instituto Velázquez, para posteriormente ingresar en 1973 en la Universidad y graduarme en Geografía e Historia, con especialidad en Historia del Arte. Trabajaba de ocho de la mañana a tres de la tarde y luego estudiaba en la Universidad. Sabía que no iba a ejercer mi carrera, pero me gustaba mucho. Por entonces tenía mi puesto fijo en la Seguridad Social, donde me he jubilado.

-¿Qué recuerdos tiene de la Sevilla de su niñez?

Era una Sevilla mucho más tranquila, muy familiar, distinta a la ciudad de ahora. Podías pasear tranquilamente por la noche.

Eran tiempos en los que nos conocíamos prácticamente todos. Mi familia era muy conocida por nuestra vinculación a las cofradías. Mi padre formó parte del primitivo Consejo de Hermandades, junto con Emilio Ramírez y Luis Piazza.

Rocío Ortiz, camarera de la Amargura, de adolescente

-Háblenos de la Semana Santa de su juventud e infancia

La  he vivido muy de cerca desde muy pequeña, ya que mis padres nos traían con mucha frecuencia a la Amargura.

La cofradías las veíamos desde unas sillas que tenía el Consejo junto al palquillo de la Campana. ¡Nos conocíamos todos, porque éramos las familias de los miembros del Consejo! Ya de mayor, veía la Semana Santa por distintos sitios, hasta que hace unos años volví a las sillas, concretamente  donde las tenía mi hermana Salud, en la calle Sierpes.

¡Recuerdo que hace unos años, veía al Gran Poder y a la Macarena, pasar por Sierpes, para después volver a ver al Gran Poder por Doña Guiomar y acompañarle hasta la misma Plaza de San Lorenzo…. ahora es impensable hacerlo!

Rocío Ortiz ante el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes de la Amargura en 2015 / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

-¿Cómo era su casa en los previos de la Semana Santa?

Era la continuación de la Hermandad (sonrisas). ¡Mi hermano Manolo, hizo la promesa durante tres años, de salir  como penitente todos los días de Semana Santa en las hermandades que estaban más alejadas de la Carrera Oficial! Salió el Domingo de Ramos, en la Amargura, nuestra Hermandad, que no la cambió por otra más lejana y el resto de la semana lo hizo en Santa Genoveva, San Benito, en el Buen Fin (ya que era hermano y no tuvo que hacerse como en el resto), las Cigarreras, el Gran Poder (también era hermano), el Cachorro y la Trinidad. ¡Imagínate la cantidad de túnicas que había en mi casa, porque a éstas de mi hermano, había que sumarles las de la Amargura del resto de la familia, y las de mi tío Luis y su familia, que venían de Madrid y también se vestían en casa!

Dejé de salir de nazareno hace dos años (con 77 años), porque era mucha tela ya para mí. Me vestía de nazareno a las cinco de la tarde  y cuando me quitaba la túnica eran las tres de la madrugada. Desde el 2001, que podemos hacer Estación de Penitencia las mujeres en la Amargura, he salido de manigueta trasera del Cristo, renunciaba a ir en la presidencia donde debía estar por ser miembro de junta, para ir en la manigueta del Señor. ¡Salir en la manigueta del Señor es algo impresionante!

¡Tengo el número 13 de hermana, me inscribieron cuando nací! Curiosamente a mis hermanas y a mí, nuestro padre nos hizo hermanas desde que nacimos, al igual que hizo Alfredo Estrada y Eusebio Pérez Romero con sus respectivas hijas, algo nada frecuente en esa época.

El primer año que pudimos salir las mujeres, mi hermana Carmen estaba pachucha y no salió y mi hermano Manolo tampoco, pero mis hermanos Pepe, Salud, Antonio y yo, salimos los cuatro con manigueta, dos en la Virgen y dos en el Cristo. Recuerdo que el primer año que nos vestimos de nazareno mi hermana Salud y yo, fue un momento muy emocionante y que no olvidaré jamás. Salieron también los hijos de mi hermana, todos nos vestimos juntos. Salud estaba tan nerviosa que decía que no traía los guates para ir en la manigueta, así que en la Hermandad de dieron unos y cuando ya entramos con la Cofradías me dijo: “¡Rocío, que mis guantes los he tenido en el bolsillo todo el tiempo y ni siquiera me he acordado!”  Mi hermana Salud era muy devota de la Virgen.

Nazarenos de la Amargura momentos antes de la salida de la cruz de guía / VALDELUXE

Nazarenos de la Amargura momentos antes de la salida de la cruz de guía / VALDELUXE

-¿Qué lugares prefiere para ver su Cofradía?

Puedo decirle, ya que he tenido la suerte de ir en el Señor  ¡que hay dos o tres vueltas del Cristo que son impresionantes!…esa vuelta del Duque hacia la Campana, con las apreturas que se pasa por las dimensiones del paso y las vallas de las sillas, que te tienes que quitar de tu sitio porque no hay espacio….eso es digno de ver. La vuelta de Placentines….y cuando llega a Sor Ángela y se les vuelve el paso a las hermanas, no del todo porque no cabe…. (emoción).

Hay muchos momentos y muchos sitios…esos instantes que vives en la intimidad de la túnica…te da tiempo a rezar, a recordar, a meditar…. Luego ves a mucha gente en las calles que te recuerdan tantas cosas…tu vida pasa delante de ti en esos momentos bajo el antifaz…

Rocío Ortiz, el día de su primera comunión, en San Juan de la Palma

-Que podría decirnos de sus padres

Cuando falleció mi padre yo tenía solo once años, era muy pequeña. ¡Siempre le recuerdo liado haciendo cosas en la Hermandad! Mi tío Luis, hermano de mi padre, se marchó a Madrid y tiró de buena parte de la familia. Mi padre pudo haberse ido, porque al ser militar allí también tenía trabajo, pero decidió quedarse y dijo que él no dejaba a la Hermandad.

Toda su familia estaba muy vinculada a la Amargura, tanto es así, que he hecho un árbol genealogía de mi familia paterna y se remonta a mil setecientos y pico la vinculación con la Cofradía. Hay en él una señora, con la que estoy emparentada, que vivía frene a la iglesia, cuyos hijos eran todos hermanos de la Amargura, incluso uno de ellos llegó a ser Hermano Mayor, José Muñoz del Valle, cuya vara dorada existe en la actualidad. Por la línea del apellido Muñoz, nos viene la devoción a la Amargura en mi familia paterna.

Mi padre era muy devoto de la Virgen. Me contaba mi madre, que mi tío Manolo, el artillero, tenía un negocio de carbón y un camión. Cuando la Hermandad decide sacar las imágenes de San Juan de la Palma frente a posibles agresiones, el Señor, la Virgen y San Juan, son introducidos en unos cajones y metidos en el camión del carbón de mi tío Manolo, hecho éste que solo conocía el Hermano Mayor, mi tío, mi padre y el hermano que las acogería en su domicilio de Marqués de Paradas. Comenzaron a dar vueltas con el camión por toda Sevilla, hasta asegurarse que no les seguía nadie. De vez en cuando mi padre iba a ver a nuestros Titulares al domicilio donde estaban recogidos y al llegar a casa, según me contaba mi madre, no quería ni comer, se acostaba y no quería saber nada más. Entonces mi madre le decía que venía seguro de ver a la Virgen, pero mi padre se lo negaba y le decía que venía de hacer cosas. Mi madre sabía bien de donde venía al verle con ese enorme disgusto. Para mi padre la vida era la Hermandad. No faltaba ni una tarde, tanto él como la reunión de amigos que tenía, Alfredo Estrada, Pepe Castañeda, entre otros.

Rocío Ortiz ante el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes de la Amargura / ABC

Mi padre y mi madre eran hermanos y devotos de la Amargura, por sus respectivas familias, no por el hecho de ser novios y luego matrimonio. Mi tío Pepe, hermano de mi madre, llegó a tener el número 1 de la Hermandad y siempre salía en el Señor. Mi madre era muy devota del Cristo, es algo que le vino de familia. Cuando ella falleció era mayo, como es tiempo de Primeras Comuniones, la llevaron a la Capilla Sacramental y pensé que era lo mejor que podían haber hecho en su homenaje, por esa enorme devoción que tuvo al Señor. Mi madre fue camarera de la Virgen, junto con Teresita Buiza, Pilar Tasara y Natividad Jiménez Aragón. Desde siempre hemos venido a ver a la Virgen cuando estaban las camareras. Recuerdo que la blonda del manto, se quitaba todos los años y cuando llegaba el momento, se extendía y se fijaba con alfileres, trabajo que hacían mi hermana Salud y Elvira Jiménez Aragón y luego se cosía. ¡La Hermandad era como nuestra casa!

Toma de posesión de la Junta de Gobierno de la Amagura de 2011

Siendo Hermano Mayor Nicolás Carretero, me nombraron camarera, nombramiento que se lleva a cabo cada tres años. ¡Para mi ser camarera ha sido lo más grande! Cuando tú ves a la Virgen, tan cerca, sin corona, sin saya, con su camisa y enaguas blancas, con su pelo natural y con esa altura que tiene… ¡te impresiona y de qué manera!

-¿A cuántas hermandades pertenece?

Soy de  la Amargura y de San Bernardo, porque como te he comentado, nací allí y siempre le he tenido mucho cariño a la Hermandad. Procuro siempre ver la Cofradía por la Alfalfa.

– Háblenos de su devoción a la Virgen del Rocío

Hay dos devociones, que se las debo tanto a mi padre como a mi madre, una es la Amargura y la otra es la Virgen del Rocío. No he dejado de ir al Rocío desde que tengo uso de razón. ¡Ya desde muy pequeña mis padres nos llevaban en un camión a la romería del Rocío! Y mis padres me pusieron Rocío por fervor a la Señora. Yo le tengo una enorme devoción a la Virgen del Rocío.

Rocío Ortiz ante el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes de la Amargura en 2015 / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Como en tiempos hizo su padre, Rocío Ortiz Díaz, se encamina a San Juan de la Palma cada tarde para ir al encuentro del Señor del Silencio y de su Bendita Madre de la Amargura y para echar un ratito junto a su “familia”, pues la Amargura no es otra cosa, para ella, que la continuidad de su propia casa.

La vida le ha concedido la fortuna de estar enésimas veces a la verita de la Madre, de  haber acompañado tan de cerca en el dolor del desprecio, al Señor del Silencio, maniatado e indefenso, de recibir desde la cuna, una devoción sin límites a la que es Madre de Dios y Rocío del Cielo.

Esta mujer, apasionada del arte y la historia, decidida, con don de gentes y rebosante de vitalidad, es historia viva de la Semana Santa, donde deben asomarse cuantos jóvenes deseen conocer la historia no escrita de la Amargura.

Rocío Ortiz ante el azulejo del Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes de la Amargura en 2015 / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN