Estampa del Gran Poder de principios del siglo XX

Él llegó en un carro: una recreación de la bendición del Gran Poder en 1620

¿Cómo pudo ser el momento en el que el nazareno llegó a la Iglesia del Valle donde residía la cofradía?

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El 1 de octubre de 1620 se firma la carta de pago entre la hermandad del Traspaso y Juan de Mesa por la entrega de la imagen de Jesús del Gran Poder y San Juan Evangelista. ¿Cómo pudo ser el momento en el que el nazareno llegó a la Iglesia del Valle donde residía la cofradía? Aquí intentamos imaginarlo.

Era jueves. Por la Puerta Osario, al lado del Convento Franciscano del Valle solía empezar a clarear a eso de las 5 y cuarto de la mañana. Alrededor de la amanecida, ese día a las 6 y veinte, los alguaciles abrían las puertas que permanecían cerradas desde el anochecer para que la ciudad comenzara a tomar vida. Aunque a decir verdad  la vida nunca faltaba. Por el compás de la Laguna y por la zona de los arenales del río, había un constante trasiego de marineros, mercaderes, meretrices y comerciantes llegados de otras tierras que gastaban la noche en los placeres de la vida. De manera suave, como suele hacerlo siempre, llegaba el otoño a la por entonces capital de occidente.

Por las calles vendedores ambulantes ofrecían aguardiente a primera hora de la mañana. El olor de la ciudad echaría para atrás a cualquier contemporáneo de nuestros días, pero entonces el olfato se había hecho a todas las pestilencias. El taller de Juan de Mesa estaba ubicado en la collación de San Marín que no era precisamente un lugar al que llegaran perfumes de planta o flores con los que amortiguar las pestes. Todo lo contrario. Se trataba de uno de los lugares más insalubres ya que era limítrofe del lugar de las Pasarelas de la Europa en el que las aguas estancadas del brazo del río provocaban un olor insoportable. Allí, debajo de su taller citó el escultor Juan de Mesa y Velasco al dueño del carro de mulas que le hacía los portes por Sevilla y por otras villas del reino. El oficial del taller y los dos aprendices habían quedado a primera hora, a las ocho. Al oficial, el maestro le había dicho que se pusiera sus mejores galas, pero estas no pasaban de ser un jubón y unas calzas de un negro desvaído, que contrastaba con la camisa parda. Mesa sí se puso el traje español acompañado del ferreruelo, una capa corta. Todo negro

Convento del Valle y la Puerta Osario en el siglo XVII

La imagen del nazareno estaba envuelta en telas pardas de saco que almacenaba en el taller. Muchas de esas telas provenían de las naves venidas de las Indias Occidentales con productos de muy distinto tipo.  Los territorios americanos solo podían comerciar con un puerto en España que era el de Sevilla y hasta la ciudad llegaban toda clase de mercancías. El taller estaba en planta baja de su casa por lo que no fue demasiado complicado poner la voluminosa imagen que acababa de terminar en el jergón colocado en el interior del carro para que la escultura no sufriera en el trayecto. La hora convenida con era la de las 10 de la mañana. Se quería que todo estuviera entregado poco después  de la hora  sexta (las doce del mediodía)  porque a la una menos cuarto o así  la comunidad franciscana del convento del Valle retomaba los rezos antes de la comida en el refectorio.

Santuario de los Gitanos / ABC

En la capilla que la hermandad tenía en el convento habían quedado el escultor cordobés con el mayordomo del Traspaso Pedro de Salzedo y el alcalde Alonso de Castro. Días antes llegó a la iglesia la imagen de San Juan,  también contratada con Mesa  pero que aún no se había colocado en el retablo. Sobre el altar sí que permanecía esa mañana la actual imagen del nazareno de la cofradía, de formato reducido, rostro de pasta de madera y muy deteriorado ya, y a su lado, la Virgen del Traspaso vestida con saya blanca y manto negro. El mayordomo Salcedo había sido el impulsor del encargo. Podía haber ido al taller del mejor imaginero porque la cofradía podía permitirse pagar al escultor estrella que era Montañés. Pero animado por un sacerdote amigo suyo y muy ilustrado Salcedo se decidió por Mesa por estar considerado como más trasgresor. Querían una imagen no solo bella sino que sobrecogiera al espectador. Que fuera lo más parecida a un hombre, con la estatura de un hombre y que reflejara el dolor que puede padecer un hombre.

Grabado coloreado del Gran Poder / Fª de F. MITJANA – MÁLAGA

Faltaba poco para la hora convenida. En la puerta del convento, junto a las huertas en las que los franciscanos cultivaban para su sustento ya estaban con los miembros de la hermandad los tres escribanos que iban a dar fe de la operación: Bernabé de Baeza, Pedro Guerrero y Josepe de Escavias. El carro llegó por el dédalo de calles estrechas que aún le daban a Sevilla el aspecto de una ciudad morisca. La caravana tuvo que sortear todo tipo de cortejos a la hora en la que la ciudad de 150.000 habitantes, la más poblada de las Españas en 1620, estaba en plena ebullición.

Fue Mesa con su oficial y los aprendices quienes cogieron el bulto conformado por aquellos sacos envueltos y sacaron la imagen del carro. Maniobrar con ella era difícil debido a su envergadura. Los aprendices, dos jóvenes no eran muy duchos en estas maniobras y uno de ellos, el que estaba dentro del carro sosteniendo la parte alta de la escultura, al bajar golpeó lo que correspondía a la cabeza.  Los frailes a esa hora iban a lo suyo. La mayoría estaba en la huerta y ni repararon en todo lo que estaba ocurriendo. Entre cuatro personas llevaron al nazareno a la capilla que había construido la hermandad adosada a la Iglesia del convento. Dos sujetaban la peana y los otros dos la zona de los hombros y la cabeza.

Estampa del Gran Poder de principios del siglo XX

Con un sonido que retumbó en toda la Iglesia, la escultura quedó depositada en el suelo. Los oficiales del Traspaso ya la conocían pero estaban deseosos de que se le retirara el envoltorio de sacos para ver la obra totalmente terminada. Debajo de los sacos, el imaginero había realizado un primer envoltorio con lienzos de color tostado. Poco a poco, fue surgiendo de aquel bulto una imagen de aspecto humano. Tan humano que parecía un hombre. Al menos eso fue lo que dijo en voz alta uno de los escribanos. Primero fue la cabeza. Grande, rotunda, de color trigueño rodeada de una corona de espinas verde que parecía una serpiente enroscada y viva. Después los hombros, el torso, la cintura y unas piernas tremendamente grandes. Alguno pensó que exageradamente grandes. Pero ese era el misterio. Cuando al nazareno le cubrieran al día siguiente con la túnica grana de guardilla bordada de bodoques que le habían cosido según el patrón tomado, aquel desproporcionado fémur sería la clave de su extraordinario realismo.

Delante de la imagen, en las tablillas de los escribanos se firmó la carta de pago. El trabajo había terminado. Satisfechos de haber vivido aquel momento, los miembros de la hermandad, los notarios, el escultor y el oficial se marcharon hacia la collación de Santa Catalina. Para celebrar el momento entrarían en una taberna a tomar aquel horrible vino aguado de la época junto con unas migas de ajo y algún pescado en salazón. En aquella taberna, que no era de las baratas y a la que llamaban El Rincón, ponían algo rojo traído de las Indias que denominaban tomate.

Grabado de la Virgen del Mayor Dolor del Gran Poder / UMBRETE

Juan de Mesa, en aquel improvisado almuerzo estaba meditabundo y como siempre callado. No era hombre de muchas palabras. En el gremio estaba considerado como un hombre raro que apenas se relacionaba con sus iguales. Estaba en un pensamiento permanente desde que salió del convento. Al recoger los sacos y los lienzos, Mesa reparó en que una de las espinas de la corona se había roto, quizá por el golpe que le dio el aprendiz en el carro. No dijo nada. La metió en el bolsillo de sus calzas y se la llevó de nuevo.

Por la noche entendió el significado de todo. Si él iba asiduamente a la Iglesia de San Martín a rezarle a la reliquia de la verdadera espina de Nuestro Señor, ahora aquel Nazareno de rostro humano y zancada poderosa le había hecho el mejor de los regalos que pudiera imaginar el artista: una de sus espinas.

Eran las seis de la tarde. Estaba anocheciendo en Sevilla aquel 1 de octubre de 1620.

El Señor del Gran Poder

La transcripción de la carta de pago

«Sepan quantos esta carta vieren como yo, Juan de Mesa, escultor, vecino de esta ciudad de Sevilla,en la collación de San Martín, otorgo y conozco que he recibido y recibí de la Cofradía de Nuestra Señora del Traspaso, que está sita en el monasterio y conbento de Nuestra Señora del Valle y de Pedro de Salzedo mayordomo de la dicha Cofradía por mano de Alonso de Castro, alcalde de la dicha Cofradía dos mil reales de a treinta y quatro maravedís cada uno, que yo obe de aver por la hechura de un Cristo con la cruz a cuestas y de un San Juan Evangelista, que hize de madera de sedro y pino de Segura, de estatura el dicho Cristo de diez quartas y media poco más de alto, y el San Juan, de dos varas y sesma, para la dicha Cofradía del Traspaso, este presente año de mil e seiscientos y veinte. Los quales dichos dos mil reales, he rescebido del dicho Alonso de Castro, en nombre, de la dicha Cofradía y de su mayordomo en diferentes veces y partidas de que me doy por contento y pagado a toda mi voluntad, sobre que renuncio la pecunia y prueba de la paga. E de ellos le doy esta carta de pago, que es fecha en Sevilla a primero día del mes de octubre de mil e seiscientos y veinte años. Y el otorgante que yo el escribano público doy fe que conozco lo firmó de su nombre, siendo testigos Jusepe de Escavias y Pedro Guerrero, escribanos de Sevilla.

Juan de Mesa (firma y rúbrica)

Bernabé de Baeza, escribano público de Sevilla (firma y rúbrica)

Pedro Guerrero, escribano de Sevilla (firma y rúbrica)

Josepe de Escavias, escribano de Sevilla (firma y rúbrica)»

Carta de pago del Gran Poder