Jesús Basterra / RECHI

Lo que aprendí de ti

Por  0:15 h.

Desde el primer día en que llegué, con pocos meses de vida, había dos personas que te cogían en brazos para besar las reglas ante la presencia del párroco de Santa Ana por aquel entonces, don Juan. En esa instantánea, al fondo, había una persona que jamás pensé que estaría durante tantos años arraigados a él. Una muestra de alguien que dejó toda una vida dedicada a algo que formaba parte de él, su Virgen de Madre de Dios.

Las misma persona que semana tras semana te llevaba en el carrito, te cogía de la mano cuando comenzabas a andar, te inculcaba sus valores y el significado de algo tan grande que había en Santa Ana. Hacía lo que pedía, hasta que un día dije en voz alta: «¿Qué sentirán aquellos que han hecho que me siente en esta misma silla, dentro de esas paredes por la que tanto tiempo han estado?». Era una sensación de continuar con esa legado, y allí, una y otra vez, estaba Jesús.

Tantas anécdotas que darían para escribir varios libros a lo largo de la vida. Tocaba trabajar con él, simplemente porque confiaba, quería que estuviese con apenas veinte años de edad con responsabilidad. Atrás había conseguido, junto a una larga ristra de personas, hacer dos congresos de capataces y costaleros a nivel nacional, llevar a la Virgen al pregón de las Glorias, ir a San Juan de Dios para la exposición de los Esplendores, crear la tómbola en la Velá de Santa Ana (algo tan clásico ya), montar esos altares que cubrían la fachada de la casa hermandad, esos altares con más de 150 puntos de luz, pero sobre todo, una hermandad llena de personas, a cuál mejor, repleta de gente, fuese el día que fuera.

Lo mismo te ponía a vender papeletas, que a dar regalos, a limpiar plata, a fundir, a montar y a desmontar, a coger a la Virgen, a barrer, a convivir esos días y noches largas, a salir de costalero y de capataz en el pasito, o te cogían a las tres de la mañana con un traje de torero que en su día donó Francisco Rivera y te paseaban por la calle Pureza porque era al único que le estaba bien el terno, que acabó siendo una de las sayas de salida de la patrona. Un sin fin de cosas en una lista interminable de un sitio donde nací, crecí y se sigue aprendiendo.

Con una enorme ristras de personas, algunos afortunadamente todavía están y otros no, pero destacando a un legado que fue transmitiéndome de generación en generación las tradiciones y el significado de Sevilla, desde alguien tan fundamental como Luis León, un abuelo, y muchos más que mejor no citar por no olvidar a nadie, pero sí a Jesús Basterra.

Allí siempre estaba Jesús, y fuese el momento que sea, no había vez que te pusiera en el lugar que más deseabas, de pedirte opinión, de jugar con esos niños como su hijo, con José Luis, con «Pirulo», Luis Daniel, Julián, entre tantos que estábamos allí corriendo y jugando, incordiando a los que trabajaban.

-Y, ¿Qué hago aquí, Jesús?

-«Tú aquí, en el sitio que estaba tú abuelo», me decía.

-Pero le seguía insistiendo ¿Qué puedo aportar qué no pueda hacer otro cualquiera?

-«Manuel Jesús, a trabajar, te toca, y los que no están con nosotros seguro que me darán la razón».

Saber lo que era un sacrificio de abandonar tiempo por dedicarlo allí, cuestión que es incomprensible entender, pero a la larga los entiendes porque al fin y al cabo había quién decía: «Siempre en tú sitio en cada momento, no lo que la gente quiera».

Y así fue. Una persona que podría llamar al cabo de un día como cuarenta veces, sin exagerar, porque hasta que no terminaba lo que quería hacer no paraba. Consiguió reunir a las mejores bandas de cornetas y tambores y agrupaciones, en un acto que difícil se vuelva a superar, o de hacer dos pruebas de enganches pertenecientes a la copa de Andalucía para recaudar fondos para la casa hermandad. Lo imposible lo hizo posible.

Había momentos de discusiones como era lógico ante tantas horas que pasas en la otra orilla del Guadalquivir. De acordarse de cosas de quién te lo enseñó prácticamente todo. De pedirte ayuda a cualquier hora aunque te encontrarás en otra ciudad, lo que producía a veces un agobio, pero era su forma de trabajar. Comenzaba a hablar de fútbol, siendo cada uno de un equipo, de las novedades en las cofradías, de ir a las cuatro de la tarde con casi cincuenta grados a recoger regalos, de maquetar el boletín, de buscar un sacerdote, de ponerte a hacer cosas que no era obligación tuya, de visitar a unos y otros para arreglar cualquier cuestión, de esas grandes noches de julio, de septiembre o de octubre, porque todo terminaba en convivencia.

De descolgar el teléfono para ver a qué hora podías verlo, de encargar a cada uno de una función para que saliera bien de lo que tratabas, de ese susto que llevado cuando abandonamos la casa hermandad y al rato se llegó a desprender parte del salón de dentro, de compartir la vida diaria de un barrio tan grande como es Triana.

Ahora, cada vez cualquiera ronda la calle Pureza, Vázquez de Leca, la plazuela o el bar Santa Ana, parece que aún te oyen con tus bromas, de estar organizando las tareas, de dar saltos de un lado a otro para estar con todos porque no podía parar ni un segundo.

Te has ido demasiado pronto porque tenías muchos proyectos, como los que hacías en la Catedral del barrio, de lo que querías hacer en el Consejo, lo que planteabas de los actos de Salvador Dorado. Absolutamente lo que se te pasaba por la cabeza lo conseguías.

Amigo, compañero, maestro y porqué no parte de la familia, porque a veces no es necesario tener la misma sangre para serlo. Lo cierto es que quisiste tener ratos a solas, y hasta el último día estábamos hablando.

A cualquiera le hubiese gustado seguir trabajando contigo, pero sé que estás con lo que más queremos, con tu Virgen, con tu familia y amigos, con esa gran lista que siempre destacabas y ahora estás con ellos.

Nunca me voy a despedir de ti, porque nunca lo hacíamos. Quizás como lo hacíamos, brindando y diciendo, «mañana hablamos, mañana nos vemos». Ya sé donde podremos verte cada día. Amigo.