Retrato de Juan José García de Vinuesa. Óleo de José María Romero. Siglo XIX

Historia

Montserrat y García de Vinuesa: el alcalde que revolucionó la Semana Santa de Sevilla

El alcalde que instauró las sillas en la plaza de San Francisco y comenzó a otorgar subvenciones a las hermandades, era hermano de Montserrat desde 1851, muy poco después de que la reorganizara un grupo de burgueses y empresarios banqueros de aquella Sevilla emergente, que acogía la corte real de los Montpensier

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A nuestro juicio, una de las estampas más exquisitas de la Semana Santa la conforma el regreso de la hermandad de Montserrat por la calle García de Vinuesa, cuando marcha camino de su templo la noche del Viernes Santo. Con el cuerpo entrecortado, después de vivir plenamente las jornadas del Jueves Santo y la Madrugada, se nos figura quizá algo melancólico el tránsito de esta cofradía por aquel lugar, como si el momento se tratara de una de las secuencias postreras, ya terminales, de la conmemoración anual de la Semana Mayor sevillana. Y menuda coincidencia histórica. Precisamente, el desfile procesional de la corporación de la Magdalena por la calle rotulada con el nombre de aquel alcalde de Sevilla, que murió infectado por el cólera en 1865. La misma vía céntrica, frontera a la catedral, donde había vivido el popularísimo regidor municipal, que también llegó a inscribirse como cofrade de esta hermandad de Montserrat, poco tiempo después de su reorganización a mediados del siglo XIX.

Fueron varios jóvenes quienes promovieron la restitución de la antigua hermandad de Montserrate, entre la primavera y el verano de 1849, tras obtener permiso del Arzobispado para poder asentar los nuevos hermanos en el Libro viejo de Averiguaciones. También consiguieron muy pronto la aprobación de sus reglas, cuando la Iglesia se hallaba sumida en una importante crisis. Diversas medidas adoptadas por los distintos gobiernos liberales y el anticlericalismo imperante le restaron al poder eclesiástico recursos económicos y apoyos sociales. Sin embargo, la religiosidad popular subsistió gracias al empuje político, interesado en financiar el sostenimiento de hermandades que aglutinaban a diferentes sectores de la población. La emergente burguesía reorganizó las antiguas cofradías, o creó otras nuevas, con la intención de convertirlas, en algunos casos, en el centro de su proyección social. Estas corporaciones constituían un escaparate público en el que poder exhibirse los nuevos ricos frente a la nobleza ya decadente.

Cofradía de Monserrate en plaza de San Francisco. Litografía M. Grima. 1880. Cortesía de J.C. Martínez Amores

En aquellos días, el sacerdote don Luis Salvatella, logró reunir a un importante grupo humano, que sentía el anhelo de recuperar la histórica procesión de la cofradía, con cuyos integrantes pudo formalizar la primera junta de gobierno, después de la elección de los cargos.

Con el beneplácito también de la reina Isabel II, la hermandad consiguió la aprobación civil de su reglamento el 13 de abril de 1850, gracias a la intermediación del cardenal Romo y los mismísimos duques de Montpensier.

Pero el restablecimiento de Montserrat contó con un importante obstáculo. Algunos miembros del antiguo gremio de comerciantes de tejidos, que en el pasado habían integrado la corporación, no veían con buenos ojos traspasar la propiedad de la capilla, ni el patrimonio de los enseres, a manos del nuevo colectivo que representaban los refundadores. Inicialmente, es cierto que el cura Salvatella se erigió en representante del gremio opositor, aunque este al final terminó respaldando a los nuevos hermanos reorganizadores. El enfrentamiento tuvo que dirimirse en el juzgado municipal, cuyo juez terminó dando la razón a los miembros de la hermandad recién constituida, en el mes de diciembre de aquel mismo año de 1850.

Paso de Misterio de la hermandad de Montserrat. Cromolitografía. M. Grima. Sevilla, 1884.

Burguesía financiera

La collación parroquial de la Magdalena, tal como refiere José Domínguez León en su estudio sobre la sociedad sevillana en la época isabelina, acogía como vecinos a personas de cierta alcurnia aristocrática, corredores de grandes casas de comercio e incluso vendedores, tenderos y otros individuos dedicados a pequeñas transacciones mercantiles. El mayor número de gestiones burocráticas la agenciaron fundamentalmente el hermano mayor don Bernabé López, el secretario don Ignacio Martínez Azcoitia (distinguido caballero de la nobleza de aquel momento), el mayordomo de la hermandad don Francisco Suero, y el máximo responsable de la capilla, el presbítero don Luis Salvatella, quien terminaría actuando también como prioste. Se trataba de hombres pertenecientes, la mayor parte de ellos, a la burguesía local, ligados también a actividades mercantiles y financieras, que se habían propuesto reactivar la devaluada economía de la ciudad. Don Bernabé había sido militar y concejal del ayuntamiento gobernado por don José María Ibarra en 1847, además de ostentar distintos cargos directivos dentro del Asilo de San Fernando desde su fundación en 1846. Los Azcoitia, tanto don Ignacio como don José, fueron unos hermanos dedicados a la correduría de transacciones financieras. Don Ignacio vivía en la calle de Cabo Noval, cerca de la actual plaza del Cabildo, frente a la catedral. De aquella primera junta también formó parte el rico comerciante, banquero y político don Gonzalo Segovia, aunque antes de que llegase a ser alcalde en 1858, con anterioridad a don Juan José García de Vinuesa.

Paso de palio de la hermandad de Montserrat. Cromolitografía. M. Grima. Sevilla, 1884

García de Vinuesa

Había nacido en Montenegro de Cameros (Soria) el año 1814. Dedicado al comercio como transportista naviero y a la banca, también llegó a ser cofrade de alguna que otra hermandad, como esta de Montserrat. Tras varios años como concejal, accedió a la alcaldía en 1859, en cuyo cargo se mantuvo hasta 1865, año en el que falleció contagiado de cólera. Durante su regencia creó la Junta municipal de solemnidades religiosas con el fin de ayudar a mantener las procesiones. Para ello promovió en 1863 la colocación de sillas, delante del Ayuntamiento, y subvenir con la recaudación obtenida, a las hermandades.

Duques de Montpensier

Duques de Montpensier

Desde el palacio de San Telmo, los duques de Montpensier aceptaron asumir el cargo honorífico de hermanos mayores, en la primera semana de marzo de 1851, por lo que se convirtieron en unos importantes mecenas de esta corporación religiosa, a la que le dispensaron una importante protección política. Aquel mismo año de 1851, entró a formar parte como cofrade de Montserrat el empresario naviero, don Juan José García de Vinuesa, mucho antes de que llegase a ser alcalde, hombre también vinculado a la banca, junto a otros empresarios arracimados en torno a la corte de los Montpensier. Igualmente, ingresaron en la hermandad el ingeniero don Manuel Pastor y Landero, e incluso el mayordomo mayor de los propios duques, don Fernando Halcón y Mendoza, VII Marqués de San Gil, coronel de Infantería y maestrante desde 1846.

Manto de la Virgen de Montserrat. Todo un símbolo de los Montpensier

Manto de la Virgen de Montserrat. Todo un símbolo de los Montpensier

De aquella camarilla emergió un clarísimo interés por ampliar el arco festivo de la ciudad durante la primavera, e incorporar el mayor número de reclamos posibles para atraer la pernocta de visitantes forasteros. De hecho, la celebración de la feria se estableció coincidiendo con la conclusión de la Semana Santa. Desde que los duques de Montpensier arribaron a Sevilla en 1849, se involucraron en patrocinar la recuperación de antiguos monumentos, tanto dentro como fuera de la ciudad, con el fin de enriquecer la entonces exigua oferta turística de la urbe.

Los palcos, a finales del siglo XIX

Primera salida procesional

El 8 de febrero de 1851 fue trasladado desde San Alberto el portentoso crucificado de la Conversión, tallado por Juan de Mesa en 1619, a la capilla de Montserrat, según la crónica aparecida aquellos mismos días, en el diario sevillano El Porvenir, bajo el título de «Cofradía azul».

Palio de la Virgen de Montserrat en el siglo XIX

Palio de la Virgen de Montserrat en el siglo XIX

El Viernes Santo de aquel año, cuando la cofradía pasó por la plaza de San Francisco, se incorporaron al cortejo procesional los duques de Montpensier que acompañaron a la hermandad durante un trayecto del recorrido. En aquella primera estación penitencial, participaron 150 hermanos luciendo el nuevo hábito nazareno de túnicas blancas de cola y antifaz azul merino. Todos los aspectos concernientes a la disposición de la estación penitencial recogidos en un reglamento interior, que redactaron los hermanos fundadores en 1850, los dio a conocer el profesor Carlos López Bravo en el Boletín de las Cofradías de Sevilla.

El episodio de la reorganización de esta hermandad nos ayuda a comprender la evolución social y humana que, buena parte de nuestras hermandades, experimentaron en su seno desde los gremios hasta la apertura a la sociedad civil en general, durante el tránsito del Antiguo Régimen a la Edad contemporánea. Nos muestra también el interés especulativo en el fomento de la Semana Santa por parte de aquella sociedad burguesa sevillana, y de los propios duques de Montpensier, quienes, con el fomento y apoyo a la religiosidad popular, también trataron de evidenciar la condescendencia política dispensada por la reina Isabel II para con las distintas medidas liberales de corte anticlerical.

La Virgen de Montserrat por la calle Alemanes / JUAN FLORES

La Virgen de Montserrat por la calle Alemanes, a escasos metros de entrar en la calle García de Vinuesa / JUAN FLORES