Antonio Ares, ante la Virgen de la Paz en su paso / CRISTINA GÓMEZ

Antonio Ares

Con otros ojos: mirando con el alma

Es ciego desde los veinte, pero lleva ya quince años al costal demostrando que no hay barreras para la fe y que el camino no se ve, se siente

Por  1:05 h.

La luz blanca del Domingo de Ramos, del manto de su Virgen de la Paz, de las telas de su hermandad y de las flores de las catalpas del Parque de María Luisa pasan inadvertidas para él desde hace 24 años, cuando, tras una subida de tensión, perdió por completo la vista del único ojo que tenía sano. El jueves soplará 44 velas ya aliviado del dolor en el cogote que hoy le provocará el duro trabajo bajo el Señor de la Victoria. Antonio es invidente, sí, pero ello no le impide formar parte un año más de la magnífica cuadrilla de Sanguino. La suya es una prueba de superación personal como hay pocas y en cada levantá ofrece el testimonio más certero de que la fe es capaz de derribar casi todas las barreras. «El mundo te cambia por completo. Llevaba una vida muy normal, aunque de nacimiento tuviera un ojo inutilizado, y de repente piensas que no vas a poder hacer nada por ti mismo cuando te quedas del todo ciego. Pero terminas encontrando la fuerza y poco a poco vas avanzando, como cuando estás en la trabajadera». Ayudó mucho la gente de la banda, donde tocaba la trompeta antes de perder la visión. «Afortunadamente, como no veía ya bien de noche me aprendí las marchas sin partituras, de memoria, y eso me sirvió para mantenerme en la banda cuando ya no podía ver nada. Todo eso me animó luego a intentar probar como costalero. Había salido de nazareno en el Cachorro y la Carretería de niño y adolescente, luego como músico, y quería saber cómo lo vive un costalero, ¿por qué no? Ahora vengo a los ensayos todo lo que puedo, porque trabajo en Madrid desde 2013, y disfruto muchísimo con esa parte de la vida de hermandad». Lo explica con una pasmosa naturalidad, lo que da más mérito a sus horas en el último palo. «Todo parece en realidad más importante de lo que es, porque verdaderamente ahí dentro, ahí debajo, no ve nadie. Yo no veo, pero los demás tampoco ven más que cabezas y madera. Ahí no hacen tanta falta los ojos y todos somos iguales, todos somos ciegos bajo el Señor». De hecho, Antonio se considera privilegiado en esas circunstancias. «Yo soy realmente el que más ve debajo del paso, porque me voy imaginando al Cristo por todas las calles, con su música y su andar, mientras que los demás van viendo la trabajadera y por eso les cuesta más poder imaginar como yo voy haciéndolo», narra para restar tintes épicos a su estación de penitencia. «Voy sin problemas, me sé las calles de memoria y puedo disfrutar de ver la cofradía con el alma mientras otros sólo la ven con los ojos. Precisamente es cuando salgo de debajo del paso cuando tienen que ayudarme y estar atentos para agarrarme y guiarme para apartarme de la procesión hasta volver a entrar, pero ahí debajo yo tengo hasta ventaja». Los ojos no sirven de nada para un cerebro ciego.

Eduardo Barba

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