El cardenal Niño de Guevara
El cardenal Niño de Guevara

HISTORIA

Poder y cofradías: una mirada histórica

El cardenal Niño de Guevara llegó a prohibir el horario nocturno en las estaciones de penitencia

Por  11:03 h.

¿Quién manda en la Semana Santa? ¿Qué nivel de independencia tienen las hermandades? ¿Es posible la intervención de la autoridad civil en instituciones religiosas? ¿Hasta dónde debe llegar el control de la autoridad eclesiástica sobre instituciones que se basan en el autogobierno? Difíciles cuestiones en torno a una cuestión que arrastra siglos de controversias y que ha tenido vaivenes pendulares en los que, históricamente, triunfaba el poder con más fuerza en cada etapa histórica. O no…

Fueron muy limitadas las luchas por el poder en la corporaciones medievales, entre el siglo XIII y el XVI, al ser, por lo general asociaciones de personas, hombres y mujeres, pertenecientes o no a una misma profesión, gremio o estamento social, en número mayor o menor, aunque generalmente limitado, que se unían para diferentes causas (no siempre procesionales) en torno a una advocación o a un patronazgo pero que no tenían necesariamente estatutos o reglas, ni siendo generalizado la aprobación o visto bueno de la autoridad eclesiástica. Hasta el siglo XVI las hermandades fueron principalmente «de luz» y su sentido penitencial en la calle era apenas testimonial, por lo que apenas sufrieron el control del poder civil (salvo en sus ordenanzas gremiales) ni el eclesiástico (su actividad no solía conllevar un culto público).

Grabado de la procesión del Corpus

Grabado de la procesión del Corpus

En el siglo XVI se conocerían dos cambios fundamentales. Por una parte, la participación en actos colectivos de las hermandades, en traslados o en la misma procesión del Corpus, conllevó la confirmación de la supuesta antigüedad de cada cofradía para lo que se acudiría a la autoridad eclesiástica con el fin de confirmar la aprobación de reglas, un primer paso para el sometimiento. El segundo cambio vendría condicionado por las disposiciones del Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563, que marcaría decisivamente la importancia de las imágenes sagradas en las calles pero también serían el primer intento de regulación de un fenómeno de carácter popular al que el poder establecido intentaría controlar. Valga un ejemplo sobre el control de las imágenes por la autoridad eclesiástica: “establece el santo Concilio que a nadie sea lícito poner, ni procurar se ponga ninguna imagen desusada y nueva en lugar ninguno, ni iglesia, aunque sea de cualquier modo exenta, a no tener la aprobación del Obispo”. La jerarquía eclesiástica se hacía así con el control de la obra artística, su finalidad devocional e, incluso, su nivel estético. En el último tercio del siglo nacía, tras el concilio, lo que podríamos llamar el primer boom de la Semana Santa y un complejo sistema de relaciones entre poderes que duraría los siglos del Barroco. Como se vio en los fastos por la muerte de Felipe II, el enfrentamiento entre poderes se abrió a nuevos vértices: Arzobispado, Cabildo catedralicio, cabildo civil (Ayuntamiento) y Audiencia (poder judicial). Y las cofradías… Por ello se establecerían difíciles encuentros que podían acabar con el recurso a instancias superiores o a poderes de otra naturaleza, de forma que se vivieron pleitos eclesiásticos y civiles entre cofradías por la preeminencia en el paso, por el uso de una advocación o por empleo de un color en la cera.

Prohibición a los horarios nocturnos

Fue, sobre todo, la época del intento de control. Ya en 1579, el cardenal Rodrigo de Castro intentó controlar a las cofradías reglamentando sus formas de actuación y de procesión. El episodio más notable, baculazo en la terminología de nuestro tiempo, fue el del Cardenal Niño de Guevara que en 1604 dictaba una serie de disposiciones de control a las cofradías: obligación de la estación a la Catedral o a la parroquia de Santa Ana, limitación de los días de procesión a partir del Miércoles Santo, limitación y distinción a las mujeres, prohibición del horario nocturno de las cofradías (salvo a la Vera Cruz), control de las imágenes…

La actuación de Niño de Guevara buscó un regreso al concepto penitencial, un control de los desórdenes, una disciplina en la liturgia, un orden en cortejos y horarios, y un intento de control de las cofradías por parte de la autoridad eclesiástica. Sería la creación de buena parte de la Semana Santa actual aunque, todavía en el mismo siglo, en 1623, el cardenal Pedro de Castro y Quiñones quiso llegar más lejos dictando un decreto de reducción de cofradías que, en la práctica, se traducía en un fusión forzosa. La puesta en práctica sería muy sencilla: determinadas cofradías debían procesionar en un cortejo único, con un más que discutible criterio que apenas atendía a días de procesión o a las sedes de las hermandades. El decreto disponía que se unieran la hermandad de la Cena, entonces en el convento de los Basilios, con la hermandad de la Columna y Azotes, radicada en San Andrés. Más llamativas todavía fueron otras fusiones, ya que se estipulaba que se unieran tres cofradías en un único cortejo: los Panaderos, entonces en San Pedro, junto a la hermandad de la Quinta Angustia y a la desaparecida hermandad del Lavatorio. En un solo cortejo se fusionarían los pasos de la Oración en el Huerto, de la Entrada en Jerusalén y la Piedad de Santa Marina, por citar solo algunos ejemplos. Obviamente la imposición no funcionó y el arzobispo en el fin de sus días, “tuvo tan terrible enfado” que el 11 de diciembre de 1623 renunció al Arzobispado”. La independencia de las cofradías sevillanas había triunfado momentáneamente.

En el siglo XVIII llegaron los intentos de control por parte del poder civil de Ilustración, cuyas luces fueron muy críticas con las hermandades, a las que entendían como una forma de religiosidad llena de supersticiones y propia del pasado, actuando con numerosas prohibiciones como la supresión definitva de los disciplinantes, la eliminación de los antifaces de nazareno o, y esta si que era una imposición importante, la aprobación de las reglas por parte del Consejo de Castilla, una auténtica norma de control que tuvo en vilo a muchas hermandades a la espera de su aprobación desde Madrid. El celo de las hermandades por mantener su independencia motivó otros sucesos en el siglo, siendo uno de los más representativos la negativa de algunas cofradías a acatar la disposición del cardenal Francisco Solís de hacer pasar lo cortejos bajo el balcón del palacio Arzobispal. Enfrentamiento, pleitos y amenazas cuya sentencia final, enmarcable, la dio la hermandad de los Negros al poner como ejemplo la resistencia de la Exaltación: “por donde van los blancos, irán los negros”. Nada nuevo bajo el sol…

Con el siglo XIX llegó una nueva forma de poder y de intento de control, en este caso por parte del Ayuntamiento, que progresivamente iría organizando la carrera oficial de una Semana Santa que empezaba a convertirse en atracción turística y en motor económico de una ciudad. Nacía así un nuevo poder, el del Ayuntamiento, que controlaría algunos ímpetus tradicionales de las cofradías con un arma más poderosa que la excomunión o la sanción eclesiástica: la subvención.

El armao, según García Ramos

El armao, según García Ramos

El boicot macareno a base de cubos de manteca

El siglo XX, el de las relaciones más complejas de las cofradías con el poder por los sucesivos intentos de control (por parte del Ayuntamiento, del Arzobispado, del gobierno republicano, de la dictadura franquista y hasta de los nuevos gobernantes de la democracia). Un episodio significativo se vivió en 1929 en la hermandad de la Macarena cuando las numerosas tensiones en la junta de gobierno desembocaron en el nombramiento de una junta gestora que apartó a Rodríguez Ojeda de su cargo y que concluyó, ya en 1929 en un sorprendente episodio. Tras la muerte del hermano mayor, se eligió para ocupar su cargo a un recién llegado, D. Leoncio Martínez de Bourio Sánchez, elección arzobispal que acabaría siendo boicoteada con la intervención de las mujeres del barrio, que arrojaron cubos con manteca derretida y añil al candidato propuesto la Sala Capitular. Don Leoncio renunció temeroso a tomar posesión, y anunció su dimisión, siendo necesaria la intervención de la fuerza pública.

Fue aquella revolución en azul que Antonio Núñez de Herrera retrataría años después: “Por las calles del barrio corría el hermano mayor, tiznado de añil de arriba abajo. Fue una revolución azul que abría las ventanas, los ojos, las puertas, las bocas, las risas, los balconcillos, la guasa, los corazones de par en par…”. En la prensa de Madrid llegó a publicarse incluso la noticia de la disolución de la cofradía por parte de la autoridad eclesiástica, aunque finalmente las aguas volvieron a su cauce.

Siglo XX de la formación de la Comisión General de Cofradías en 1941, posteriormente sustituida por el Consejo General de Cofradías, transformado en 1975 en el actual Consejo. Un seglar al frente de la representación de todas las hermandades con un delegado del Arzobispo. Un difícil equilibrio al que en los últimos años se ha añadido desde el control de las fuerzas del orden en la calle, al Cecop como responsable de la organización en la calle. Una larga historia de intereses de poder y de autonomía que en el año 2015 parece tener tanta complejidad como en todos los siglos de existencia de la Semana Santa.

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