La Virgen de la Estrella en 1936

San Jacinto

Por  1:03 h.

El año pasado, o hace dos, porque en esto de los recuerdos de la Semana Santa las fechas se amontonan, los pasos de La Estrella al salir giraron en el sentido inverso de la marcha. Se pusieron mirando al oeste en lugar de tomar el camino del Puente. La decisión la adoptaron para que las miles de personas que se encontraban en ese sector pudieran ver de frente las imágenes de la cofradía como compensación a tantas horas de aguardo a pie parado. Pero algunos creímos que se trataba de algo más. Salió el Cristo de las Penas, giró y se quedó mirando al centenario y dañino magnolio de San Jacinto. Salió la Virgen, y sonó su marcha prestada, Estrella Sublime, esa que pinta globos de colores en los cielos malvas de la atardecida de los Domingos de Ramos. Sin que nadie reparara en el detalle, la Estrella cuando reviró a la izquierda levantó por un instante la vista y la clavó en la fachada de la parroquia. Se oyó un suspiro. «Mi casa». Después bajó la vista y siguió llorando. El corazón a veces traiciona la quietud de las imágenes. La casa de la Estrella es una pequeña capilla blanca en la que vive desde hace décadas, pero nadie puede quitarle la nostalgia de lo vivido, del siglo largo en la inmensidad del templo de los frailes dominicos al que volverá de nuevo en menos de un mes mientras le arreglan su pequeña casa. No solo
le ocurre a La Estrella. Las imágenes recuerdan su pasado, claro que lo recuerdan. El Despojado mira a la bóveda celeste cuando llega a la Campana porque si encuentra en una nube el reflejo de San Marcos o San Bartolomé, los templos de la juventud, recibirá en la caricia de la memoria, un bálsamo dulce ante la inminencia del martirio que le espera una vez que le desprendan del ropaje. Hace ya mucho tiempo que La Amargura salió de San Julián, su primera casa. De ahí que los recuerdos son muy vagos. Hoy sin embargo sí regresará a los tiempos en los que era una joven del barrio de la Feria mimada por Juan Manuel al sonar cuando el sol se vaya la marcha que
lleva su nombre. Es una melodía centenaria que reconforta pero también le taladra el alma porque se le viene a la mente el encuentro con el Hijo aquella mañana terrible del mes de Nisan, y el sonido de las trompetas que anunciaron la llegada de la comitiva camino de la roca con forma de calavera. Sí. Ellos y Ellas sienten, viven, lloran, recuerdan… Por eso La Estrella alzó la vista para mirar a San Jacinto. Hoy si están atentos quizá la vean hacer lo mismo. Hay que estar pendientes. Ocurre en un instante. El suficiente como para que el viejo magnolio se haga más pequeño, la cal de las paredes más blanca y a un balcón se asome La Niña de la Alfalfa para cantarle
saetas. Cuando La Estrella mira a San Jacinto – cuando huele el aroma limpio de San Jacinto- el tiempo regresa a los lugares del calendario donde se quedó prendida la felicidad.