CRÓNICA

El reloj de sol del Lunes Santo

El tiempo ayer se medía por la luz, en una jornada cuadrada en hora y con dos dimensiones: la más popular de día y la austera ya por la noche

Por  2:44 h.

El ocaso es el tiempo que tarda en pasar las Penas de San Vicente. Ayer las horas las marcaba el reloj de sol del museo de Bellas Artes. Quizá por eso fue infalible. No se recuerda un Lunes Santo tan milimetrado en el palquillo de la Campana, más aún después de un Domingo de Ramos desbaratado por la desorganización de los tiempos de paso. El Lunes Santo se ve en dos dimensiones que nada tienen que ver la una con la otra. Por un lado está el día, de reencuentros en los barrios, popular y exageradamente amplio en lo cuantitativo. Por otro lado, la noche, mucho más íntima y austera. Y esa frontera cronológica y sincrónica tiene un territorio físico: entre San Vicente y el Museo está el tiempo sin tiempo. Ayer se paró justo a las 20.30 horas, cuando sonó «Soleá dame la mano» mientras por Alfonso XII el sol ya había desaparecido. Tres afluentes de color negro se unen en un mismo lugar: Vera Cruz, las Penas y el Museo: una misma cofradía.

El día

La salida de San Pablo coge a la mayoría a contrapié. Por eso, para muchos el Lunes Santo sigue comenzando en el Tiro de Línea. Allí hasta las ferreterías dispensan bebidas para combatir un calor amortiguado por la brisa que corría pasado el mediodía. El Cautivo es la «vera icon» de los barrios. Los antiguos del Tiro dicen que es el «Gran Poder» de las periferias. Y tienen razón. Detrás de Él caminan cientos de devotos, tantos como para que la nueva agrupación musical de Linares no se escuche en Almirante Topete alrededor del paso. La música fue la gran novedad. Es acompañamiento, y hay que darle la importancia justa. Pero, qué duda cabe que si desentona, estropea el ambiente que se genera en torno a una imagen. Hasta el año pasado, esto ocurría. Lo que sonaba detrás no era digno para el Señor. Lo que suena ahora, es otra cosa. Allí, en el momento en el que el Cautivo caminaba ya por la arteria principal del barrio, sonó «La Salve».

La música fue ayer otra de las grandes protagonistas de la jornada, junto al tiempo. Se estrenó Linares en Santa Genoveva y el Rosario de Cádiz en las Aguas. Dos formaciones que están al nivel de las mejores bandas de la capital andaluza. A nadie se le deben caer los anillos porque Sevilla atraiga a la excelencia, aunque sea de fuera de la provincia. Pero, eso sí, se está cayendo en el error de priorizar los repertorios propios, compuestos para mayor gloria de su autor, más que para la propia imagen. Hay composiciones que transmiten bien poco y ocurre que cuando una marcha nueva se asienta, rápidamente deja de tocarse por la inclusión de otras nuevas. Y lo que pasa es que todo es irreconocible y se pierde el clasicismo. Ayer pasó no sólo con estas dos nuevas bandas, ocurrió con la Redención, las Tres Caídas y con las Cigarreras. Y ocurrió también con algunas marchas nuevas de palio, que indisponen al que la escucha y le animan a ponerse los auriculares para escuchar el silencio.

Y este nuevo fenómeno se da durante las horas de sol del Lunes Santo, cuando se da cita «la masa» que espera con una silla de playa en el solárium de Luis Montoto, una nevera y un bocadillo de pringá a que pase la hermandad del Polígono. Masa propia, como la mujer que pidió a voz en grito una levantá para Valvanera al misterio del Cautivo y Rescatado cuando el capataz la dedicaba a San Benito. O, también, la que pasa el rato comiendo pipas desde muchas horas antes en el Baratillo para ver el saludo de San Gonzalo.

Frente a ello, siempre quedará la calle Santiago. Lo que se vive en torno al Beso de Judas en el Corral del Conde tiene la misma autenticidad que la del Cautivo por el Tiro, con la diferencia de que el primero es un barrio en el exilio que vuelve cada Lunes Santo a reencontrarse con el Señor de las manos abiertas. Pasa Jesús de la Redención a los sones de los xilófonos y tocando marchas conocidas. Andando sin estridencias, que la calle es estrecha y no da para florituras. Llueven pétalos desde los balcones, que se le quedan en el gorro a Judas. Ahí lleva su penitencia el traidor, redimido por su propio pueblo. La luz es cegadora, e ilumina las fachadas encaladas de este viejo barrio de corrales de vecinos y palacios señoriales. Cabe todo, menos el gin tonic de aquel que se asomó al balcón del Marqués de Villapanés.

En ese reencuentro está la clave del crecimiento exponencial de esta cofradía. Mucho más allá del andar del misterio o de la música que estaba de aniversario con los xilófonos de Arahal, la verdadera razón es que el Rocío ha abierto sus manos como hace el Señor a todos aquellos que han ido a encontrarse con él por primera vez, y con aquellos que vuelven, cada Lunes Santo, a tirarle flores por Santiago mientras suena «Oh, pecador», que parece una melodía expresa para ese momento de la traición.

Y cada barrio tiene un sello. Si las Mercedes de Santa Genoveva lleva un andar abierto, armónico, la perfección más absoluta mientras suena «Madre Hiniesta»; a la Virgen del Rocío le da Reguera más aire con «Esperanza de Triana Coronada».

Aire, como el que se levantó a eso de las 17.30 horas. Una nube se posó sobre el Centro y de la luz cegadora se pasó al gris plomizo que, no obstante, no anunciaba lluvia alguna. De hecho, suavizó los cuerpos y dejó una temperatura más que agradable para el resto del día. A esa hora, el público ya comenzaba a fluctuar entre la Magdalena y el Duque. Por un lado, San Gonzalo, con todo lo que trae desde el puente. Por otro, Santa Marta, que tarda en pasar lo que un soplo de aire. Un pispás. No se cabía en esa serpentina que forman García Tassara, Amor de Dios, San Miguel y Jesús del Gran Poder. Qué difícil es ver Santa Marta.

Mientras sonaba la campana fúnebre de San Andrés, el misterio de San Gonzalo ponía el compás de Triana al bajar el puente. «Ya estamos en Sevilla», dice el capataz. Y es que el día también tiene sus contrastes. En una jornada de exornos florales atrevidos, como los de los palios de San Pablo y el Rocío o el monte espectacular del Cristo de la Expiración del Museo; el clasicismo lo puso San Gonzalo, con un friso de claveles rojos de toda la vida. Clásico, como «Macarena», la marcha de las Cigarreras con la que la cuadrilla da un recital y al público se arden las manos de aplaudir Allí aplaudían hasta los guiris asomados a las ventanas del hotel Bécquer.

Llegaba ese momento del día en el que todo el mundo quiere hacer lo mismo: ver San Gonzalo en la zona de la Magdalena y luego, por allí, las Aguas. Y ocurre que pese a las amplitudes, se forma un enorme tapón. En el Arenal, un detalle para aplaudir. La hermandad invitó a los antiguos capataces de ambos pasos a sacar la cofradía. Alberto Gallardo lo hizo con el misterio y Salvador Perales con la Virgen de Guadalupe, a la que le tocaron «Hermanos costaleros» cuando pasaba junto a las Atarazanas.

Eran ya las 19.30 horas y el cielo volvía a nublarse. En la Campana llega San Gonzalo y el día va casi cuadrado. Mientras ese público acomodado de sillas plegables o incluso de playa, neveras, pipas, bocadillos, latas de refresco y juegos de cartas se dispone a pasar el rato mientras llega San Gonzalo a Adriano, la Virgen de la Salud aparece por la Magdalena con sones fúnebres.

La noche

Sale la Vera Cruz y el sol va bajando y levantando el fresco. La tarde cambia de luz. Se vuelve austera cuando aparece por su calle el crucificado más antiguo de la Semana Santa. Patrimonio histórico que conserva la ciudad y que se puso en la calle justo cuando a la ciudad le entraba un repeluco al conocer lo que estaba ocurriendo en París. Una honda tristeza por Nôtre Dame cuando aparece la dolorosa de Illanes.

La cruz de guía de las Penas llega a Alfonso XII cuando un haz hace refulgir el pan de oro. El Señor llega por San Vicente y mira a poniente, a la puesta de sol. Sale entonces la cruz de guía del Museo. Sincronía de la luz. Pasa el Cristo caído mirando a la plaza y todo se detiene. El día va casi en hora, apenas nueve minutos. Nada para lo de otros años. Pero aún así uno, que espera a pie parado, se da cuenta de lo insoportable que resulta contemplar una cofradía sin moverse. En ese triángulo que forman Vera Cruz, las Aguas y el Museo, las piernas ya dicen basta. Retrasos o no, a la Semana Santa le hace falta ritmo de paso. Andar. Como el del palio de la Virgen de los Dolores a los sones de Font de Anta. Cuando ese palio giró a Alfonso XII, el sol ya había terminado de ponerse. Un ocaso en 4o minutos.

Y la noche se quedó para el Museo. Desde que sale, esta cofradía sufre un tremendo parón incomprensible. Va detrás de las Penas, pero tiene que dejar pasar a las Aguas. Esos nazarenos llegan a la Campana, que está a apenas cien metros, extenuados. Y les queda un recorrido de vuelta largo y tardío.

Como el Lunes Santo, la cofradía del Museo tiene dos dimensiones: la de los tramos del crucificado y la de los del palio. Suena el «Himno Nacional» y la figura laocoontiana de ese Cristo expirante se pone en la calle bajo un azul cielo que es como el manto de la virgen de las Aguas. Pasa el Señor entre los naranjos de su plaza y con el Museo de Bellas Artes como perfecto telón de fondo. Es un «dejà vu» de la película de Juan Lebrón. Todo está en el mismo sitio, casi tres décadas después.

Quizá, a ese telón de fondo de la escena le falla algo: el público, que no calló en ningún momento, a sabiendas de que el crucificado rodearía la plaza. Quizá por eso está la segunda dimensión del Museo. Tarda en salir el palio porque, pese al milagro del horario, la cofradía está plantada en la Campana desde hace rato y aún tiene que pasar el palio de Guadalupe. A las diez de la noche, ya completamente de noche, aparece por la esquina, como en aquella película, esa inmaculada dolorosa que talló Cristóbal Ramos inspirándose en Murillo. No suena «Jesús de las Penas», sino «Virgen de las Aguas», y el palio se planta en la misma puerta del Museo.

Parado, uno observa la malla de esas bambalinas y el techo y se imagina cómo se trasluciría a la luz del sol. Quizá algún día. Mientras tanto, queda esa imagen de la trasera del paso de la Virgen de las Aguas yéndose a los sones de «Corpus Christi». Moviéndose, como deben hacer los palios, y sin necesidad de florituras.

Llegaba a la Campana con ese mínimo retraso antes mencionado y sonaba «Procesión de Semana Santa en Sevilla», poniendo de manifiesta que nada está perdido, que aún queda un resquicio para la esperanza. Que lo clásico perdura aún pese a las modas.

La noche se imponía al día. Quedaban los regresos. Aquellos que buscaban aires populares volvieron al origen en el Polígono de San Pablo, el Tiro de Línea o San Gonzalo. Aquellos que preferían la austeridad y el clasicismo, se quedaron en el Centro para ver cómo regresaba ese triunvirato de San Vicente.

Este cronista admite que la vuelta del Museo por el Arenal y entre los naranjos de Miguel de Carvajal fue su elección. Así se despidió un Lunes Santo en el que el reloj del sol fue el que marcó las horas. Ojalá que hoy, Martes Santo, ese mismo astro que iluminó los cronogramas cumpla su cometido y devuelva a su ser la normalidad en una jornada demasiado afeada por, precisamente, las manillas del reloj.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla