El Cristo de la Expiración del Cachorro el Viernes Santo de 2019 / JUAN FLORES
El Cristo de la Expiración del Cachorro el Viernes Santo de 2019 / JUAN FLORES

CRÓNICA

Expiración del Viernes Santo: todo estaba cumplido a la hora nona

Como en 2013, la jornada de los sagrarios vacíos se quedó sin Dios por las calles de la ciudad

Por  21:10 h.

El Evangelio del Viernes Santo fue el prólogo de lo que sucedió con el día de la liturgia de la Pasión de Cristo. En una jornada de sagrarios vacíos y sin eucaristía, la ciudad se quedó huérfana también de Dios por las calles. A la hora nona, cuando cuentan las Escrituras que el Hijo expiró, comenzó a llover. El velo del templo sevillano se fue agrietando, como en 2013, conforme se iban anunciando las suspensiones de las estaciones de penitencia.

Primero, el Cachorro. Aun cuando el sol estaba en lo alto y apenas estaba salpicado por nubes, el parte era similar al del Jueves Santo, una jornada en la que diluvió hielo. A la hora en la que estaba prevista que se abrieran las puertas de la basílica, la hermandad comunicó la decisión: no saldría. Los nazarenos abandonaron el templo mirando al cielo, como el crucificado y sólo vieron luz. Resignados, regresaron a casa por el camino más corto.

El foco informativo se trasladaba, entonces, a la capilla de la Carretería, cuya salida se preveía para 40 minutos más tarde. Tenía cierto margen para ver si el pronóstico cambiaba. Por eso, la junta de gobierno se reunió para valorar qué hacer. Incluso, se llegó a hablar con los capataces sobre la posibilidad de llegar a paso acelerado a la Campana en caso de retrasar la salida lo máximo posible. Lo intentaron, de hecho, pero cuando llegó la hora límite, el parte era inflexible: un 80% de probabilidad de chubascos hasta las ocho de la tarde. Mientras se reunía el cabildo, el cielo hasta ahora soleado comenzó a cubrirse con un velo negro, que terminó de rasgarse justo a la hora nona, y comenzó a descargar con fuerza desde la cornisa del Aljarafe hasta que llegó a Sevilla. La decisión estaba tomada: la Carretería se quedaría dentro.

Paraguas a las puertas de la iglesia de La O en el Viernes Santo (Vanessa Gómez)

Paraguas a las puertas de la iglesia de La O en el Viernes Santo (Vanessa Gómez)

Como un carrusel de la esperanza, de la calle Toneleros todos fuimos a otra zona del Arenal: San Buenaventura. Allí, en el compás del convento, los nazarenos miraban el mármol mojado. La Soledad, vaya advocación para este Viernes Santo roto, tenía aún más margen, ya que el Cachorro, la cofradía que la sucedía en la Carrera Oficial, no saldría. Con lo cual, en el convento franciscano de la calle Carlos Cañal prorrogaron la decisión en busca de un milagro meteorológico que no llegó a tiempo. Sin embargo, llovía tanto en Sevilla que la junta de gobierno prefirió no hacer esperar más a los hermanos. Antes de las seis y media, la decisión estaba tomada. Tampoco saldría.

Cruzando de nuevo el puente, en la O, su propia esperanza se fue desvaneciendo. La cruz del tiempo era demasiado pesada como para arriesgarse. Ya el año pasado se vivió una estampa con una carga simbólica abrumadora, como fue la de Jesús Nazareno cubierto con un chubasquero como un refugiado cruzando la frontera de Sevilla a Triana. Pero pese a aquel mensaje, la imagen del Señor mojándose fue dolorosa. Por eso, minutos antes de las siete de la tarde, también se comunicó la decisión: se suspendía la estación de penitencia.

Paraguas a las puertas de la capilla de La Carretería (Juan Manuel Serrano)

Paraguas a las puertas de la capilla de La Carretería (Juan Manuel Serrano)

Entonces, ya había cuatro cofradías en casa, mientras el cielo descargaba, aunque con menor intensidad que el Jueves Santo. ¿Ocurriría lo mismo? La previsión, que no cambió en toda la tarde, auguraba un descenso de la probabilidad de precipitaciones a partir de las 20 horas y que, casi a las diez de la noche, el riesgo era asumible. En el interior de San Isidoro había muchos huecos. Según contaban algunos hermanos, al menos un 30% de los nazarenos no se presentaron o, al menos, retrasaron su llegada ante la lluvia. En el exterior, casi ni un alma. Varios fotógrafos y poco más. No había grandes esperanzas. La quinta hermandad de la jornada ni siquiera esperó a la hora de salida. Un cuarto de hora antes, a las 19.30 horas, comunicó la decisión: tampoco saldría. Para qué esperar, si el cielo no quería abrirse.

Las dos últimas

Ese pronóstico que daba posibilidades para las últimas horas abría una puerta a Montserrat y a la Mortaja. Ambas pidieron prórroga. Esta última, media hora. La de la Magdalena, una hora. No es el primer Viernes Santo que se salva casi al final. Sin embargo, ya a la hora del ocaso, de nuevo apareció la lluvia. La Mortaja decidió no arriesgar y suspendió la salida. Y, en Montserrat, la hora límite era en torno a las nueve de la noche. La junta se reunió para valorar las opciones, en busca de una conversión de la predicción para las primeras horas de la estación de penitencia.

Personas con paraguas en la Plaza de San Francisco ante los palcos (EP)

Personas con paraguas en la Plaza de San Francisco ante los palcos (EP)

Sin embargo, justo pasadas las nueve de la noche, definitivamente el Viernes Santo expiró. El velo del templo que fue Sevilla se rasgó y comenzó a llover. Las calles se quedaron vacías, como los sagrarios. La ciudad se envolvió en un manto negro de soledad por la ausencia del Señor. Sevilla se llevó a los labios una esponja mojada en vinagre. Y pronunció: «Todo está cumplido». Inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Una lanzada atravesó el Viernes Santo el costado de la Semana Santa tras un calvario de tres días de tormenta y un oasis de madrugada. Siempre queda la Esperanza de que el Sol salga y se adelante la gloria de la Resurrección al Sábado Santo.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla