CRÓNICA

El Viernes de Dolores se corona en una jornada repleta de sol y de público

Del bullicio de los barrios a la austeridad del Centro y de Triana, las vísperas ponen de manifiesto que son ya un clásico de la Semana Santa

Por  9:20 h.

Hubo un tiempo en el que los cofrades más puristas renegaban de las cofradías de vísperas. Estas hermandades, paso a paso, han ido ganándose a la ciudad. Ya no sólo despiertan el fervor de sus barrios. Ahora, estas cofradías forman ya una jornada más de la Semana Santa, con la particularidad de que el único reloj que aquí importa es el de la luz del sol y que no existen cruces, tapones ni cortejos kilométricos. En barrios como Pino Montano, Bellavista o la Misión, todo se ha construido desde cero. Es como si la Semana Santa de principios del XX se trasladara a un escenario nuevo, en un tiempo diferente. Ir a estos barrios un Viernes de Dolores invita a descubrir cómo, por ejemplo, una zona superpoblada como Pino Montano se echa a la calle para disfrutar de su cofradía. Los bares ponen barras en la calle para servir bebidas. Las familias acuden con sus hijos en el que es, probablemente, el único contacto con la Iglesia que tienen.

Aquí está la Evangelización. Y por eso, cuando a las 17.45 horas se abrieron las puertas de San Isidro Labrador y apareció la cruz de guía, frente al mercado no cabía un alfiler. Salía minutos después el misterio de Jesús de Nazaret y sólo había que buscar las lágrimas de los vecinos, algunos en balcones situados en un décimo piso. Ese paso tiene que tener un aire popular, como es el barrio. Y por eso, desde abajo se manda: «Este izquierdo va por mi abuela; éste, por los vecinos de Pino Montano; y éste último por la Virgen del Amor». Ese paso navegaba a compás, como el palio, que justo al salir recibió una lluvia que este año fue de pétalos. Tras una versión algo extraña del Himno Nacional, sonó «Amor y Esperanza», que incluye una salve cantada; «Coronación Macarena» y «Madre Hiniesta». El palio se marchaba con el trío de la música de Marvizón entre globos de los Pjamax, Pokemon o Pocoyó.

En ese momento, Heliópolis cambiaba su verde habitual por un río azul de capirotes y escapularios. La túnica de la Misión es el paradigma de la elegancia. La «Borriquita» de las vísperas es una cofradía de colegio, cuyos tramos parece que van ordenados por edades. Los más pequeños, al principio. Los antiguos alumnos del Claret, al final. Y, delante del paso, un ejército de monaguillos guiados por una pavera. Porque esto es Semana Santa. Entre los naranjos suenan las marchas clásicas de Cigarreras, mientras el paso, de una sobriedad absoluta, gira y arranca sin concesiones a la galería.

Son dos maneras de vivir las cofradías en los barrios. En Heliópolis, con aire señorial, más allá de la SE-30, en Bellavista, con un aire popular. Este barrio separado de la ciudad por la autovía y el Canal de los Presos es un auténtico pueblo. Las casas bajas, más allá de las Torres de Hércules, con las fachadas cubiertas de azulejería recuerdan al Aljarafe. Por eso, Bellavista vive la salida de su hermandad como lo hace Pino Montano. Aquí hay menos nazarenos, pero la misma entrega. Aquí, las mujeres se arreglan porque es un día grande. Porque, por un día, son anfitriones en una ciudad que muchas veces sólo se mira el ombligo.

Contraluz al Cristo de Pasión y Muerte / M. GÓMEZ

Suena tras el misterio «Triana», por la banda de la Redención. El paso tiene el compás de la calle Orfila. Y el Señor de la Salud y Remedios tiene la cara del de la calle Santiago. La Virgen del Dulce Nombre recordaba a la Esperanza de Triana en su forma de vestir, con los encajes en forma de rosa en el pecho. Por eso, en la esquina de Alcuceros suena «Triana, tu Esperanza». Detrás, un grupo de señoras, algunas en silla de ruedas, van rezando todo el camino.

Austeridad en el Centro

De la popularidad de estas periferias a la austeridad del Cristo de la Corona. Ayer se notó el crecimiento de la cofradía, que ya saca unos cien nazarenos. El Señor es una obra portentosa, que en las estrecheces del barrio de Santa Cruz o la calle Francos es una delicia. Quizá se viera demasiado desangelada ayer la Avenida a eso de las diez de la noche, con este cortejo que rememora estampas antiguas pasando entre las vallas a medio montar de la Carrera Oficial.

Y en Triana, la cofradía de ruan. Pasión y Muerte sacó poco más de 50 nazarenos. Eran muy pocos, pero quien fue a verla ayer de vuelta de Santa Ana por la calle Fabié, entendió la verdad de una corporación que, eso sí, necesita un nuevo templo para salir. Porque no es de recibo que la compostura de ese maravilloso cortejo se altere por las maniobras de montaje del paso.

Ayer las vísperas se coronaron. Hoy, seguirá la misión por los barrios.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla