La Esperanza de Triana ante la cárcel del Pópulo / ABC DE SEVILLA

REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

«Soleá dame la mano»: El canto de los presos

Se cumplen cien años que Manuel Font de Anta compuso esta marcha inspi- rada en las desgarradoras saetas que le cantaban los presos a la Esperanza de Triana desde el interior de la Cárcel del Pópulo

Por  10:33 h.

La Semana Santa era ya otra cosa. Algo distinto a lo que había sido en siglos anteriores porque el romanticismo decimonónico logró dotarla, si cabe, de mayor belleza. Las imágenes se revestían de nuevos bordados, de suntuosas platerías y los pasos de Cristo se volvieron neobarrocos. Gracias al ferrocarril y a las crónicas de los viajeros, la ciudad comenzaba a compartir su Semana Santa con los extranjeros que, al igual que los sevillanos, contemplaban la gran fiesta con ojos nuevos. El siglo XX comenzó con Marcelo Spínola pidiendo por las calles y una promesa de prosperidad que llegó en 1929, aunque fue efímera.

Desde hacía unos años, en la iglesia de San Jacinto, la Esperanza de Triana estaba floreciendo de su letargo. La dolorosa que Ordóñez había convertido en mujer castiza, como salida de un patio de la calle Alfarería. En su paso de palio el diseñador cerámico José Recio del Rivero estaba volcando toda la personalidad de la primera artesanía del barrio. Y la Esperanza revestía sus varales de forja al tiempo que plasmaban en sus bordados el espíritu regionalista de la cerámica. En aquel tiempo venía la Virgen, arrebatadora, por la calle Pastor y Landero. En una sola fotografía podía caber el cortejo al completo.

La Cárcel del Pópulo permitía a los presos asomar su soledad a las ventanas por las que pasaba la Esperanza. Sorteando los barrotes con la mirada para ver la cofradía pasar, La Semana Santa era ya otra cosa. Algo distinto a lo que había sido en siglos anteriores porque el romanticismo decimonónico logró dotarla, si cabe, de mayor belleza. Las imágenes se revestían de nuevos bordados, de suntuosas platerías y los pasos de Cristo se volvieron neobarrocos. Gracias al ferrocarril y a las crónicas de los viajeros, la ciudad comenzaba a compartir su Semana Santa con los extranjeros que, al igual que los sevillanos, contemplaban la gran fiesta con ojos nuevos. El siglo XX comenzó con Marcelo Spínola pidiendo por las calles y una promesa de prosperidad que llegó en 1929, aunque fue efímera.

Partitura de la marcha Soleá dame la mano

Esta tradición se venía repitiendo desde que la Esperanza de Triana reorganiza sus desfiles procesionales a partir de 1889 y se prolongó hasta la desaparición de la cárcel en 1932. La hermandad volvía el paso de palio a  los presos y lo acercaba a un postigo de la cárcel que hoy coincidiría con la esquina de la calle Almasa, justo en el lugar donde en 1955 se colocó un espléndido azulejo de la Virgen pintado por Antonio Kiernam. Aquel momento, lleno de tanta poesía como dolor, era un canto desgarrador que debió de conmover a Manuel Font de Anta. Tanto que a su marcha más prodigiosa la llamó Soleá dame la mano. Así lo consideran los expertos que coinciden en atribuir a este artista la genial composición,  aunque, como sucedió con otras obras de la “Factoría Font”, fuera registrada por su hermano José varios años después de su estreno. “La marcha se registra el 14 de julio 1922, a las 12:40 horas, y culmina su trámite en febrero de 1923 junto a Amarguras, A la memoria de mi padre… Sin embargo, tenemos noticias de su estreno en 1918 en una información de El Noticiero Sevillano que narra el estreno”, comenta Francisco Javier Gutiérrez, director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla.

Manuel Font de Anta

Desde el punto de vista plástico, el resultado fue una composición de aires nacionalistas que entronca con las melodías propias del folclore andaluz y la música popular, cuya principal figura en aquellos años era Manuel de Falla.

Dos años después de componer el gaditano El Amor Brujo, Font de Anta estrena Soleá dame la mano, ejemplo de la intensidad y la calidad con la que se crea en aquellos años. Hay quien percibe, incluso, la influencia del impresionismo francés, especialmente en la introducción de la marcha. Desde el punto de vista técnico, la pieza aporta un formato novedoso frente a las estructuras llamadas “binarias” de las composiciones militares. En el caso de Soleá dame la mano hay una exposición, una zona intermedia –o trío– y una reposición.

Quizás por su complejidad técnica la marcha no fue interpretada en demasía salvo por la experimenta da Banda Municipal. Principalmente, debido a que una correcta interpretación de Soleá dame la mano precisa de músicos profesionales de los que, hasta décadas recientes, adolecían la inmensa mayoría de las bandas sevillanas.

La marcha que cautivó Stravinsky

Cuentan las crónicas que Igor Stravinsky estuvo en Sevilla en la primavera de 1921, “deseoso de admirar la Semana Santa, de la que sólo conocía los testimonios escritos de los viajeros románticos”, afirma el cronista Nicolás Salas en una de sus investigaciones. Venía de París, acompañado de su amigo y colaborador Diaghilev, el creador de los ballets rusos con los que tanto trabajó. “Stravinsky y Diaghilev se alojaron en el hotel Madrid y tuvieron en Juan Lafita un cicerone excepcional”, narra Salas. Su encuentro con aquella Semana Santa de 1921 se hizo conmovedor cuando al paso de la Virgen del Refugio de San Bernardo por la Puerta de la Carne, la Banda Municipal de Sevilla interpreta Soleá dame la mano. En ese momento, cuentan que Stravinski le dijo a su amigo Diaghilev: “Estoy escuchando lo que veo y estoy viendo lo que escucho”. Y es que por su belleza plástica y virtuosismo técnico esa composición “le hubiera gustado firmarla a cualquiera de los genios de la música”, concluye Gutiérrez Juan.