Diego Jiménez fue fundador de la hermandad / A.F.

UTRERA

Utrera despide a Diego Jiménez, el gitano que trajo la Virgen de la Esperanza

Ha muerto a la edad de 94 años el que fue uno de los fundadores de la hermandad de Los Gitanos

Por  0:10 h.

Las calles de Utrera ya echan de menos el perfil elegante e inconfundible de Diego Jiménez Núñez, uno de los gitanos más carismáticos de las últimas décadas, que ha fallecido a la edad de 94 años. Su mascota y sus impecables zapatos eran inconfundibles, así como recordada su labor fundamental para que la hermandad de Los Gitanos de Utrera sea lo que es en la actualidad, ya que ostentaba el número 1 de hermano y fue uno de sus cofundadores, allá por 1956.

En los últimos años, tras perder a su esposa, su estrella había ido poco a poco perdiendo brillo, hasta que las complicaciones derivadas de una neumonía se lo han llevado en la madrugada del miércoles 9 de enero. Aún así, todavía era habitual verlo dando pequeños paseos por el centro de Utrera o sentado en la terraza de El Casino, en plena plaza del Altozano.

Diego Jiménez desempeñó un papel fundamental para que llegara a Utrera una imagen que se ha convertido en una devoción fundamental para los cofrades, como es el caso de la Virgen de la Esperanza, una de las imágenes titulares de la hermandad de Los Gitanos.

En 1957 procesionaba por primera vez por las calles de Utrera la espléndida talla del Cristo de la Buena Muerte, siendo un momento crucial para la hermandad de Los Gitanos. Diego era de esas personas que conseguía todo lo que se proponía, por lo que se impuso como tarea conseguir una dolorosa para la hermandad. La imagen de la Virgen de la Esperanza era propiedad de un anticuario afincado en Utrera, llamado Guillermo Barbosa. La primera vez que Diego vio esta imagen en su taller, se enamoró y desde entonces no paró hasta que consiguió que la Virgen fuera donada por el propio anticuario a la hermandad, iniciándose una bella historia, que tiene su continuación cada madrugada de Viernes Santo en las calles de la localidad. Una imagen que había sido tallada por el jerezano José Moreno Alonso y que posteriormente fue restaurada por Luis Álvarez Duarte en 1971.

Para el recuerdo quedarán muchas madrugadas cofrades en las que la hermandad pasaba por la puerta de su propia casa, en las que Diego salía a la puerta para dedicarle emotivos versos a su Virgen. En marzo de 2016, el utrerano declaraba a ABC de Sevilla: «todavía tengo una espinita clavada, ya que ningún secretario ha sido capaz de reflejar la historia de cómo llegó la Virgen en los libros de actas de la hermandad».

Al igual que muchos gitanos de Utrera, Diego Jiménez trabajó en el matadero de Utrera y también regentó durante más de veinte años un puesto de carne. Su vida no se puede entender sin la hermandad de Los Gitanos, y esta corporación religiosa tampoco se puede entender sin él. Su aportación en el Potaje Gitano de Utrera –el decano de los festivales flamencos- fue también fundamental, ya que fue uno de los encargados de las contrataciones de numerosos artistas en la edad dorada de este importante evento cultural. Tuvo incluso que viajar a Madrid para negociar con artistas de la talla de Lola Flores o Manolo Caracol.

También aportó su trabajo para la consolidación del famoso festival taurino que organizaba la hermandad, en el que se vivieron tardes de gloria para los taurinos. Su casa era un pequeño museo sentimental, lleno de recuerdos de esa parte fundamental de la historia de Utrera en la que tienen protagonismo los gitanos. Las paredes de su hogar estaban repletas de fotografías en las que se le podía ver junto a personalidades como Curro Romero o Pansequito, aunque su favorita era una en la que se captaba el momento en el que consiguió que se arrancase a bailar por bulerías el torero Pepe Luis Vázquez.

El «chacho Diego», como muchos lo conocían de manera cariñosa, ha dejado una huella imborrable en Utrera, ya que se ha marchado ante todo un hombre querido, que demostró amor eterno a su localidad de origen, y que siempre tuvo una manera muy personal de entender la vida, como reflejan unas declaraciones suyas del año 2009: «Utrera ha cambiado mucho y para bien. Cuando yo era pequeño había mucha hambre y la gente nada más que comía algarrobas y tronchos de coles. Pero a pesar de la miseria que se vivía, la gente tenía muy buen humor y había mucha gracia en las calles».