Vía Dolorosa: Prendimiento en el Huerto de Getsemaní

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El olivo que el Papa San Pablo VI plantó el 4 de enero de 1964 con ocasión de la primera visita de un pontífice a Tierra Santa está allí, lozano y vigoroso, compartiendo jardincillo con otros olivos centenarios, nudosos y retorcidos, en el huerto de Getsemaní. Están allí desde el siglo XIII, cuando los plantaron los templarios que conquistaron la Jerusalén irredenta, aquel paraíso perdido de la cristiandad, con esquejes de otros árboles de más edad que había en el monte. Probablemente, esos ejemplares de los que tomaron las varetas ya estaban allí la noche que prendieron a Jesús.

Porque fue de noche. De noche también salen los Panaderos, alumbrado el misterio con esa lucecita oscilante roja, como de sagrario, porque es el cuerpo incorruptible de Cristo el que estaba tomando la turba con palos y espadas. Ni las trompetas que suenan a modo logran despertar a esos tres apóstoles somnolientos que dormitan en la trasera mientras la escena del Prendimiento se desarrolla literalmente delante de sus narices.

El monte de los Olivos era el monte de los galileos, que llegaban a Jerusalén en riadas y que pernoctaban donde podían en aquel otero a cuatro o cinco kilómetros de las murallas de Jerusalén. Los más afortunados echaban la noche en casa de amigos o familiares. Jesús y los suyos se quedaban unas veces en Betania, donde Lázaro y sus hermanas Marta y María, que no dista mucho más del Monte de los Olivos que Getsemaní del Templo. Pero en otras ocasiones se quedaban a dormir en el propio altozano, al relente. Al fin y al cabo, eran rudos montañeses -aunque fueran pescadores de Tiberíades– hechos a soportar la intemperie.

Aquella noche así fue. Jesús le pidió a Pedro, Juan y Santiago que lo acompañaran en la agonía lo mismo que lo habían acompañado en la gloria del Tabor. La basílica de las Naciones, junto a la que está el huertecillo de Getsemaní donde crecen los olivos, rememora aquella vela agónica: por eso también se llama basílica de la Agonía. Es una iglesia del franciscano Antonio Barluzzi, el arquitecto de Tierra Santa, de esbeltas columnas monolíticas que sobre las que descansan doce airosas cúpulas asentadas sobre pechinas que cada país de tradición católica se encargó de decorar y sufragar.

Si el techo es espectacular, más lo es el suelo. A los pies del altar aflora la piedra original del Monte de los Olivos. La protege una cerquita mínima que tiene dos palomas con las alas extendidas en sus cuatro esquinas.Sobre esa piedra, dice la tradición, pasó su agonía Cristo. Allí tuvo lugar la Oración en el Huerto. Allí, Jesús hombre sudó sangre. La piedra es blanca y pulida, calcárea y fría. La piedra de la agonía, hermana de las otras piedras de Tierra Santa.

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Qué bien puesta está la advocación de Soberano Poder para ese Cristo que se deja prender sin levantar la mano, para que se cumpla la voluntad del Padre. Qué dulzura en el rostro de esa imagen como cordero conducido al matadero sin balar, como había profetizado Isaías. Qué Soberano Poder en la callada sumisión de quien se deja prender en mitad del huerto de Getsemaní: «Yo soy». Exactamente igual que la zarza ardiente del Sinaí, como cada vez que Dios se autorrevela al hombre.

El Monte de los Olivos tiene muy pocos árboles de los que le sirvieron para acuñar el topónimo. Uno se imagina visualmente el Monte como si fuera el paso del Beso de Judas con ramas verdes cimbreantes como un hermoso telón de fondo. Uno, en la distancia que va de la plaza de los Carros a la Catedral, se hace una composición de lugar del Monte de los Olivos como un paisaje del Aljarafe, con los árboles plantados a cordel con los pies bien limpios y cavados. Pero no hay nada de eso en el Monte de los Olivos.

Está urbanizado en su mayor parte, con algunos miradores panorámicos desde lo que se divisan soberbias vistas de Jerusalén, con la explanada de las mezquitas en primer plano. Casas, carreteras, bloques de viviendas, cercas y edificios religiosos se alternan en la ladera hasta llegar a la carretera en la que Jerusalén está a tiro de piedra. Pero pocos olivos. Por supuesto, el de Pablo VI y otras reliquias de ochos siglos, pero poco más.

Aquí se desarrolló el Prendimiento. Aquí, se consumó la traición del Iscariote. Aquí oró. Y de aquí ascendió a los cielos Jesús glorificado tras su Resurrección. Pero es, por descontado, otra historia.

Javier Rubio

Javier Rubio

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