LA VIRGEN DE LAS AGUAS EN SU CAPILLA, foto César López

Aguas

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Si el coronavirus no hubiese convertido el mundo en una cárcel de miedo y enfermedad, me habría gustado dedicar estas líneas hoy al que me acompaña cada día en este tortuoso camino que es la vida, y decirle que no existen las pesadillas cofrades, porque ya estaría nervioso revisando la túnica, el antifaz y la capa colgados en el despachito de casa, ansioso por la salida el Lunes Santo. Me habría reído con él al recordarle si tiene los caramelos sugus preparados, esos que me da de tapadillo porque no debería hacerlo cuando voy a su encuentro a la salida de la Catedral y adivino su mirada traviesa buscándome entre el gentío. Qué pena no poder este año ayudarlo a vestirse, a ceñirse el cíngulo, a dar las últimas puntadas a los escudos para asegurarlos bien, no vaya a ser que se enganchen con algo, con el palermo mismo. ¡Anda ya, hombre, que todo va perfecto, deja de decir tonterías! ¡Ay los nervios!

Qué sinrazón esta por la que nuestra sobrina no podrá venir a casa a revestirse también de nazarena y a hacerse con su tío la foto de cada año antes de salir, silenciosos y recogidos, camino de la plaza. Esa sangre que seguirá llevando la túnica negra y la capa blanca, la cruz de Jerusalén en el costado, y los ojos implorantes de la Virgen en el corazón.

Si el coronavirus no nos hubiera obligado a confinarnos en nuestros hogares para salvar a nuestros hermanos, me habría gustado también ¿por qué no? dedicar otros párrafos de este artículo a ese naveta del Domingo de Ramos que este año se habría estrenado con el cirial delante del Señor y que el Viernes de Dolores anunciaría la Semana Santa a sus compañeros del instituto. Y no me querría olvidar tampoco de esa madre y abuela orgullosa que se pasa el sábado de Pasión como una loca cosiendo botones, arreglando dobladillos y controlando que todo esté en perfecto estado de revista.

No, yo no estaría aquí hoy escuchando los aplausos de mis vecinos, que animan y homenajean a aquellos que se están dejando la vida, literalmente, por cuidarnos, sanarnos y protegernos si el coronavirus no se estuviese llevando por delante tantas ilusiones, tantos esfuerzos, tantas almas. No, no estaría como me encuentro ahora, esperando, rezando ansiosa yo también como en un Lunes Santo, por escuchar el llavín en la puerta y verlo llegar, ojalá, sano y libre de la enfermedad, protegido por esas mascarillas que a partir de ahora un amigo y exhermano mayor nuestro para más señas, le ha regalado a él y a sus compañeros en un acto infinito de generosidad por el que se merece mi agradecimiento eterno.

¡Ay, cuánto necesito esas aguas que calmen mi sed! Dice mi amiga Dori que las Vírgenes que miran al cielo tienen algo especial, y es verdad. Porque la que tengo delante ahora, reflejada en una estampa que me acompaña allá donde voy, me ha dado calma, luz y esperanza. Ruega por nosotros, Madre mía, y haznos dignos de alcanzarte a ti y a tu Hijo en esta Cuaresma que se acaba. No nos dejes y haznos fuertes de espíritu, esa solidez que a mí se me escapa por momentos y que sólo vuelve cuando te miro y, simplemente, confío.

Alejandra Navarro González de la Higuera

Alejandra Navarro González de la Higuera

Subdirectora de ABC de Sevilla
Alejandra Navarro González de la Higuera

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