EN CUARENTENA

Desierto

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A los «abunas» y a mis hermanos peregrinos en la tierra del Señor

El desierto en Israel es pedregoso, recio, aristado y punzante. Las rocas se retuercen sobre sí mismas, enfundadas en capas de mineral milenario, como si no quisieran abandonarse al lugar y ansiaran formar parte de una próxima Jerusalén cuyos umbrales se adivinan en el horizonte. El desierto es desolación, silencio y abandono, un espacio recóndito y abierto a la vez donde Jesús pasó cuarenta días para que el demonio lo tentara antes de comenzar su ministerio y predicar su mensaje de salvación por el amor.

El 40 es un número simbólico para el Pueblo de Dios. Fueron cuarenta días y cuarenta noches los que duró el gran Diluvio purificador; también fueron 40 los años empleados por Moisés para guiar al pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida y 40 los días que pasó en el Sinaí antes de bajar y entregar al pueblo elegido las Tablas de la Ley; Elías, el profeta de la espada de fuego y padre espiritual del Carmelo, permaneció 40 días en el monte Horeb; cuarenta años duró el reinado de David, y cuarenta son los días que la ley judía establece como preceptivos antes de presentar a los niños en el Templo tras su nacimiento…

Los cuarenta días de la Cuaresma que hoy comienza con la imposición de la ceniza se nos presentan como ese tiempo necesario para convertirse, para purificarse, para la penitencia y la salvación como fin último. Lo entendemos como la oportunidad que el Señor nos brinda para prepararnos para la Pascua y para no sucumbir a la tentación de la desunión, la división o la mera indolencia.

El peregrino en Tierra Santa sabe bien lo que esto significa: más allá de las fútiles discrepancias entre hermanos, de la construcción de altares efímeros o de la impostura propia de aquel que no busca a Dios sino al diablo, el desierto de la Cuaresma comienza pues en ese erial en el que muchos hemos convertido nuestro espíritu.  Cuarenta días y cuarenta noches para recorrer un camino juntos, plagado siempre de piedras afiladas, culebras viperinas, obstáculos innumerables y  carriles sin retorno sobre los que desandar lo alcanzado. Terrenos baldíos y yermos que se quedan precisamente en eso, tierra vacía y agostada, si el peregrino no los siembra con la gracia de Dios y la búsqueda incesante del perdón que nos brinda el Señor. Desierto donde no crecen las palmas y en el que un domingo cualquiera la gente vive en la pobreza, no sólo física sino también espiritual.

Cuaresma, la vida recogida en un número, cuarenta veces cuarenta, el tiempo de la salvación ha comenzado.

Alejandra Navarro González de la Higuera

Alejandra Navarro González de la Higuera

Subdirectora de ABC de Sevilla
Alejandra Navarro González de la Higuera

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