Al lugar al que siempre se vuelve

Por  18:48 h.

“Las simples cosas” es una canción de Chavela Vargas, triste y melancólica, como casi todas las suyas, en la que nos recuerda que la «tristeza es la muerte lenta de las simples cosas. Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón». En el entorno de las hermandades también hay quien vuelve la vista atrás, buscando sus referencias en recuerdos casi olvidados, que el tiempo ha ido arrumbando, y «entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas, porque el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo».

 

A lo largo de su vida uno va olvidando pequeñas cosas, normalmente por desidia; pero esas «cosas simples» quedan doliendo en el corazón y un día emergen de improviso: un niño que viene de recoger su capirote; el trasiego de una mudá; el grupo que está limpiando plata con las puertas abiertas; nazarenos de caramelo en el escaparate de la confitería; un cartel de cultos a la puerta de una iglesia. No es simple nostalgia, evocación de tiempos pasados, son recuerdos que arañan el alma al comprobar cómo uno ha ido perdiendo sus referencias.

 

Nadie puede no querer ser feliz, este deseo forma parte de la persona; pero para ser feliz uno tiene que adecuarse a su naturaleza, ser lo que verdaderamente está llamado a ser, aquello para lo que ha sido creado. Esas son las referencias, las simples cosas que la hermandad tiene que mantener y sostener. Las hermandades, en este caso sus Juntas de Gobierno, no sólo tienen la responsabilidad de gestionar el día a día de la hermandad y organizar la cofradía o los cultos, también tienen la misión de ayudar a construirnos, a perfeccionarnos como personas, primero, y como cristianos. Enseñar a los hermanos a tener criterio sobre sí mismos; sobre el bien y el mal, lo que perfecciona y lo que degrada; a utilizar la libertad para acomodarse a la razón; a buscar, conocer y elegir el Bien libremente. A dotarlos, en definitiva, de fundamentos sólidos para que las cosas simples de las que venimos hablando no se las lleve el tiempo.

 

Eso es servir, querer a los hermanos. A todos, sin distinción. Seguir ofreciéndoles oportunidades de mejora. Aunque metan la pata y se equivoquen, seguimos estando a su lado, vigilantes y solícitos siempre, para ayudarles a intentar rectificar y “hacerse buenos” -adecuarse a su naturaleza- cuando quiera.

 

Todos tenemos remedio, a pesar de las apariencias; no somos lo que sentimos o lo que hacemos, eso no nos constituye, porque siempre podemos rectificar. Uno no es “sus tendencias”, porque es libre, libre de seguirlas o superarlas. En los hermanos no amamos sus errores, sí su libertad.

 

Si queremos ayudar a otros hay que suministrarles elementos, educarles a que aprendan a reflexionar; a tener criterio sobre sí mismos; a utilizar la libertad para acomodarse a la razón; a comprometer esa libertad con el Bien existente. Aprender a razonar y fundamentar las opiniones. Conocer los fundamentos antropológicos de la familia. Ver la vida de hermandad no como limitación o como la asunción de una serie de obligaciones o compromisos, sino como encuentro de vida y libertad.

 

Por eso la virtud de una Junta de Gobierno por antonomasia ha de ser la magnanimidad, la grandeza de ánimo, que se despliega en el entusiasmo para empezar, la tenacidad para seguir y el desprendimiento para ver cómo lo construido se entrega a la siguiente Junta y uno se va, en silencio.

La Hermandad ha de ser el lugar de la esperanza, de la acogida, un lugar al que siempre vuelve, porque «uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida».

Hasta siempre.

 

 

 

 

 

 

Ignacio Valduérteles

Ignacio Valduérteles

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