Un circo con tres pistas

Por  0:38 h.

Los que entienden del tema dicen que dirigir el espectáculo en un circo con tres pistas es uno de los retos más complicados. No sólo hay que procurar que lo que se exhibe en cada una tenga un nivel de calidad y ejecución excelente, también que el conjunto resulte coherente.

Esto es algo que ocurre no sólo en el mundo del espectáculo, también en la dirección de organizaciones. También en las hermandades. El Hermano Mayor y su Junta de Gobierno tienen tres frentes, tres pistas, permanentemente abiertos: los hermanos, la hermandad y el entorno social, y han de esforzarse en prestar la atención debida a cada uno de ellos.

El primero y más inmediato es el de la atención a los hermanos. Una hermandad es, ante todo, una comunidad de personas que buscan su desarrollo personal, su mejora como cristianos, en la pertenencia a la misma. Los hermanos no son un colectivo, una referencia abstracta, lejana, teórica. Se trata de atender a cada hermano en su singularidad, a cada uno en su dignidad personal, en la que se manifiesta el misterio y la grandeza del ser humano.

Resulta chocante esa declaración con la que algunos aspirantes a Hermano Mayor encabezan su proyecto: “abrir la Hermandad a los hermanos”. Lo que no deja de ser una propuesta absurda, la hermandad la forman los hermanos. Es como decir “quiero abrir mi familia a mi mujer y mis hijos”. Este planteamiento es propio de hermanos mayores -o candidatos a tales- con una profunda vocación populista que simplifican la realidad y tratan de ofrecer soluciones globales, expuestas en afirmaciones rotundas, porque no saben gestionar problemas complejos ni profundizar en ellos. Perdida esa capacidad sólo les cabe dedicarse a cuestiones anecdóticas mientras las cuestiones importantes quedan sin solución, lo que da lugar al nacimiento de una inestabilidad frívola.

Hay un segundo frente al que se debe dedicar atención preferente: la hermandad como tal, como una entidad con personalidad propia que aglutina y hace bandera de los sentimientos y fidelidades de los hermanos.

Cada hermandad tiene sus notas diferenciales que la hacen única, su “imagen de marca”. Corresponde a la Junta de Gobierno identificarlas, potenciarlas, cuidarlas y gestionarlas.

A los hermanos no les preocupan las cuestiones en las que a veces se embarcan las juntas de gobierno. Todo lo más el horario de la cofradía si es que salen de nazarenos. Lo que quieren es unidad, serenidad, fortaleza, seguridad, coherencia, y la identificación de la propia identidad a través de un modelo conceptual completo y coherente: fortalecer su orgullo de pertenencia. Una hermandad capaz de aglutinar su entorno e influir positivamente en él. Y que le brinde medios para su mejora personal.

Pero las hermandades no se mueven en el vacío, son parte activa de la sociedad civil y tienen como misión tratar de mejorarla en base a los presupuestos de la antropología cristiana. Para eso han de analizar de forma permanente aquellas corrientes de opinión que puedan incidir positiva o negativamente en la hermandad. Necesitan dotarse de un organismo que gestione y armonice los intereses comunes, les facilite la formación y los medios para desarrollar mejor su trabajo, les represente ante terceros y, muy importante, identifique aquellas tendencias sociales que favorezcan o ataquen los presupuestos sociales en los que las hermandades han de desenvolverse y a los que sirven. Esa es tarea del Consejo, no sólo ordenar la carrera oficial o gestionar las mal llamadas subvenciones (de eso tendremos que tendremos que hablar otro día).

Tres frentes, tres pistas de circo que hay que atender y coordinar de forma permanente, sin que pare la función. Nadie dijo que fuera fácil, pero es apasionante.

Ignacio Valduérteles

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