Los nuevos cargos generales del Consejo / J. M. SERRANO

Los deberes del Consejo

Por  0:05 h.

Ya se han resuelto las elecciones al Consejo. Durante el proceso los dos candidatos se han hecho acreedores al respeto de la opinión pública, no sólo por su generosidad al presentarse para dirigir una organización tan complicada, sino por la prudencia y elegancia con que se han desenvuelto en los días previos al de la elección y después.

¿Y ahora qué? Ahora toca trabajar, hacer los deberes. Algo en lo que ambos candidatos insistían era en la necesidad de recuperar el prestigio de la Institución; pero esa manifestación de intenciones no es suficiente. Hay que ver cuál es la causa de esa reconocida pérdida de prestigio, para tratar de remediarla.

Una de las claves del deterioro puede estar en haber reducido la misión del Consejo a la de organizadores de la Carrera Oficial y todo lo que la rodea. Una tarea importante y compleja, pero no exclusiva, que ha podido llevar a descuidar el resto de funciones que le encomienda el artículo 2º de sus Estatutos.

Al convertir una de sus funciones en  exclusiva y descuidar algo las demás,  la entidad se desnaturaliza, se desordena, se deteriora y naturalmente pierde prestigio.Queda reducida a un centro de toma de decisiones logísticas presionado por los distintos lobbies cofrades.

Otro de los males que aquejan al actual Consejo, quizá derivado del anterior, es  el  sobredimensionamiento protocolario del mismo. Es una opinión bastante generalizada que resulta excesiva la presencia de representantes del Consejo en actos de todo tipo, en ocasiones incluso en algunos que poco o nada tienen que ver con el mundo de las hermandades. De aquí a convertir a la entidad en un escaparate social al que aspiran  algunos advenedizos para conseguir una pretendida relevancia social hay un paso que, en algunas ocasiones, se da con facilidad.

Hecho el diagnóstico, el tratamiento para la recuperación del prestigio pasa por el cumplimiento riguroso y equilibrado de todas las funciones que el Consejo tiene encomendadas. Eso requiere, por una parte, el diseño de la situación final a la que se quiere llegar; los objetivos que hay que cubrir para llegar a ella y las actividades a realizar para alcanzar esos objetivos. Un plan de trabajo estructurado y coherente.

Pero no todo son procedimientos. Ese proyecto tienen que llevarlo a  cabo personas concretas con unas capacidades técnicas que debemos dar por supuestas, pero también con las actitudes necesarias para el desempeño de sus funciones.

Me atrevería a proponerles tres:

Humildad, porque ser miembro del Consejo no es la culminación de una carrera profesional, es un encargo temporal, del que hay que dar cuentas ante Dios y las hermandades. Herencia y tarea fundamentada en una humildad que no es apocamiento y  que se concreta en el conocimiento de uno mismo, con sus capacidades y sus limitaciones, y en la fortaleza  necesaria para cumplir la tarea encomendada, sin hacer, por falsa humildad, dejación de derechos que son obligaciones y, como tales, irrenunciables.

Serenidad,  para ser capaz de responder ante cualquier situación sin dejarse arrebatar por sentimientos o emociones desestabilizadores. En paz con su entorno, con los demás y consigo mismo. Serenidad para no actuar  por reacción, sino tomando decisiones, sin permitir que el peso de la responsabilidad paralice la  capacidad de ponderación y de decisión.

Firmeza: el Consejo ha de sostener y reforzar a las hermandades, pero no se puede sostener nada desde la debilidad. Para eso ha de tener muy claro su esquema de ideas, sus objetivos y su plan de trabajo, y actuar en consecuencia. Firmeza que no es cabezonería, sólo desde la seguridad en las convicciones se puede ser  tolerante y flexible.

Hay algo más. Los dos candidatos hablaban de la importancia de  la comunicación para recuperar el prestigio del Consejo; pero ésta no tiene propiedades taumatúrgicas. La comunicación no crea nuevas realidades, ayuda presentar y reforzar la existente.  El problema no es de comunicación, sino de excelencia personal y corporativa.

Comunicación no es salir en los medios, es identificar las notas diferenciales de la Institución, verificar que éstas se vivan realmente, y procurar que sean percibidas nítidamente por la sociedad.

Esta es mi opinión sobre los deberes que tendría que hacer el nuevo Consejo. La opinión de un cofrade que, como tal, se ve afectado por las decisiones y funcionamiento del mismo y que libremente la expone bajo su  personal responsabilidad,   por si los miembros del Consejo las leen  y les resultan interesantes. Nada más.

Ignacio Valduérteles

Ignacio Valduérteles

Ignacio Valduérteles

Últimas noticias deIgnacio Valduérteles (Ver todo)