La Soledad de San Lorenzo se marcha por la calle Sierpes / JAVIER COMAS

Recomenzamos

Por  0:09 h.

«Los tiempos están cambiando» (the times they are a changing…), cantaba Bob Dylan no hace mucho en Sevilla.

Ahora estamos en la era de la posverdad,  una verdad construida no sobre hechos objetivos, sino apelando a las emociones o deseos del público. Una época en la que, a la hora de formular una opinión pública o determinar una postura social, los hechos objetivos y reales tienen menos credibilidad o influencia que los sentimientos. No hay elementos de análisis, no hay unas convicciones permanentes que sirvan para contrastar las opiniones. En este escenario los modelos culturales se suceden y no tienen arraigo, se frivolizan.

Los cofrades, y consecuentemente las hermandades, no son ajenos a la sociedad, son la sociedad y se ven también afectados por esas corrientes de opinión que se generan y circulan cada vez a mayor velocidad. Una “aceleración del saber” que lleva a perder la confianza en los principios de la sociedad cristiana europea, que tiene sus pilares en la filosofía griega, el derecho romano y la tradición judeo-cristiana. Pueden caer en el peligro de tratar de de solucionar los problemas o de analizar la realidad aferrándose a viejas fórmulas recicladas bajo la forma de estado del bienestar, relativismo, nueva cultura, populismos, etc. “Una sociedad en la que el criterio y la medida de lo humano se pierde cada vez más” (Benedicto XVI)

Una de las misiones de las hermandades es “la animación con espíritu cristiano del orden temporal “(c. 298 §1). Dicho en un lenguaje más llano: las hermandades han influir positivamente en la sociedad. Forma parte de su misión, por tanto, participar en esta batalla cultural, redefinir las bases sociales que sustentan el contrato social y hacerlo además con rigor intelectual.

Las hermandades no pueden ir aislándose progresivamente en un ghetto (excluyente como todos) mientras se esfuerzan en hacer mejor o más eficazmente lo mismo de siempre. Tienen que poner los medios para mantenerse fiel a su misión. Para eso han de comenzar por fundamentar sus planteamientos e ir a la confrontación de ideas con la seguridad de que la superioridad moral e intelectual está de su parte, porque se fundamentan en una mejor antropología, una mejor teología, iluminadas por la Revelación.

Asentados los principios y valores, sobre la base de la antropología cristiana, y definido un modelo de análisis de la realidad, es el momento de repensar la gestión de la hermandad, con visión de futuro, más allá del día a día.

Una hermandad no se resuelva en un solo eje, el de las actividades: cultos, formación y caridad. Esas actividades son imprescindibles desde luego, son los medios para alcanzar los fines de la hermandad; pero necesitan un segundo eje, que se refiere al modelo de gestión, para que todas esas actividades se realicen de forma ordenada y efectiva, que no sean un amasijo de iniciativas más o menos originales, sino que respondan a un plan, que sean coherentes entre sí y se encaminen a la consecución de los objetivos previstos.

Todo esto ha de alojarse en un marco de referencia, que es el modelo conceptual de la Hermandad, el conjunto de ideas y valores que explican una realidad compleja y que permite el análisis del entorno y tomar decisiones adecuadas en cada momento, para no actuar por reacción, o por inercia

A todo esto habría que añadir una tercera dimensión, un tercer eje: el tiempo, que posibilita la visión estratégica, el encaminar la hermandad hacia un modelo previamente definido.

Recomenzamos nuestra tarea aportando ideas al debate del papel que han de jugar las hermandades en la sociedad actual y cómo han de jugarlo. Ideas que se pretenden con un cierto rigor intelectual, como corresponde a un debate serio. No constituyen un modelo cerrado de pensamiento, son reflexiones expuestas a título personal. No pretenden estar en posesión de la verdad, sino aportar puntos de vista contrastables.

 

 

Ignacio Valduérteles

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