El Señor de los puños blancos

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Mis primeros recuerdos de la Semana Santa son de la mano de mis padres, en la Plaza del Duque, viendo pasar un Nazareno con la cruz a cuestas que parecía flotar por la plaza iluminado por cuatro faroles. Me llamaba la atención el contraste entre el rostro dolorido del Señor y los impecables puños blancos, como recién planchados, que sobresalían por las mangas de su túnica.

Con los años he ido enriqueciendo esa percepción. El suyo es un dolor sereno, transmite amor, es imposible mirarlo sin sentirse interpelado personalmente. Va encorvado bajo el peso de la cruz, pero sin perder la dignidad, la elegancia, ni el compás, que eso lo lleva en la sangre que le transfundió la Madre en su seno.

Ayer volvió a pasear su dolor por Sevilla, un dolor que no suspende la razón. Salió a la calle para explicar que el dolor hay que saber llevarlo y amarlo; que lo que frustra una vida no es dolor sino la falta de amor; que el sacrificio con Amor es una alegría inmensa y sin él carece de sentido; que hemos de asociar nuestro dolor a la Redención para hacerlo fecundo, con la confianza de que Él siempre llevará la parte más pesada de la Cruz.

Sobrecogedor el pasear del Señor por la Catedral. Su dolor apacible era una lección de teología al alcance de todos. Al meterme bajo sus andas se me amontonó la infancia. El Señor de la Salud, el que parecía flotar, soportaba en realidad un gran peso que desde abajo tratábamos de aliviarle, como Cirineos, sintiendo sus pulsos y su respiración, aprendiendo a llevar las cruces de cada día, a ser posible con la misma elegancia.

Por la calle Mateos Gago arriba, confundida entre las santas mujeres de Sevilla, las que nunca lo abandonan, iba su Madre, yo la vi, superando su angustia y poniéndola al servicio de la Redención, en un nuevo y permanente Ángelus: ¡ahí va la esclava del Señor!.

Él Hijo va delante, de frente, ¡siempre de frente!; pero en una revuelta, precisamente para entrar en la calle Madre de Dios –no podía ser otra- vio a su madre y, sin perder la compostura, se rompió por seguiriyas:

«Penas tié mi mare, / penas tengo yo / y las que siento son las de mi mare, / que las mías no».

 Al terminar los puños de la camisa del Señor de la Salud se almidonaron de lágrimas, lluvia del alma, que para llorar hay que tener una intimidad lo suficientemente densa como para que pueda ser desgarrada.

Ya por la noche, cuando todos se fueron, se quedaron a solas la Madre y el Hijo, en Angustia y Soledad, pero Soledad acompañada, porque quedarse a solas con el Amor es acercarse a los demás.

Han cambiado las calles, las gentes, se van unos y nacen otros; pero la necesidad de mirar al Hijo y su Madre sigue intacta, como cuando iba de la mano de mis padres.

Aquí lo dejo. Otro día hablará la cabeza, hoy ha hablado el corazón, porque esta crónica me la ha dictado el Señor de los puños blancos.

Ignacio Valduérteles

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