SEVILLA Y AMÉN

El año fugaz de Murillo

Por  3:56 h.

El tiempo también se expolia y sólo regresa para alguna exposición antológica. Por eso Murillo ha vuelto a Sevilla para durar un año fugaz. No hay eternidad en ningún abismo de esta ciudad. Todo pasa. Nada permanece salvo la sensación de que la historia nos atraviesa sin dejar en nuestros tuétanos la marca del pasado. Sevilla huye de sí misma en cada pincelada de aquel genio que ha pasado de puntillas por su propio cumpleaños, con algunas colas en Santa Clara y en el Museo, y que a pesar de ser el pintor de las entrañas de esta tierra nunca está en los labios de la ciudad. El Año Murillo se disipa y, una vez más, su huella es mucho más débil que sus aspiraciones. Porque aquí no cabe la trascendencia. La riqueza artística es una especie de trauma para el sevillano, que gracias a su patrimonio ha aprendido a distinguir, pero no a valorar. Esta teoría, que es de lesa sevillanía, pertenece a Julio Martínez Velasco, uno de los autores imprescindibles de la psicología hispalense y el mejor crítico de teatro que jamás he leído, sobre todo porque ha sabido analizar esta ciudad con todos los entresijos de su dramaturgia. A Julio le escuché decir una vez una cosa letal sobre la relación de esta tierra con su legado histórico. Sostiene el escritor que aquí los niños están acostumbrados a jugar al escondite en las iglesias entre retablos de Duque Cornejo, lienzos de Velázquez y tallas de Martínez Montañés, o a dar pelotazos en fachadas barrocas y platerescas de los mejores arquitectos. Y esto tiene una doble consecuencia: que los sevillanos saben diferenciar de manera natural una buena obra de arte de una mala, pero también que están incapacitados para darle la importancia que realmente tienen. Es decir, el sevillano tiene tanto buen gusto como indolencia. Está, en definitiva, mal criado. De ahí que cuando viaja suele ser chauvinista, casi siempre con razón, pero cuando se queda en casa desprecia cuanto le rodea. Antonio Gala lo dijo de otra forma: «Lo malo no es que los sevillanos piensen que tiene la ciudad más bonita del mundo, lo peor es que puede que tengan hasta razón».
Puede que tengamos razón, pero solemos quitárnosla nosotros mismos al abandonarnos. Y cuando nos exiliamos de nuestro propio tiempo para evadirnos de la responsabilidad que la historia nos ha dado. Conservar nuestro tesoro, difundirlo y aprovecharlo como imán es una tarea demasiado dura para una ciudad tan poco enamorada de sí misma, aunque algunos foráneos crean que los sevillanos somos insoportablemente ombliguistas. No es verdad. Y el cumpleaños de Murillo lo demuestra. El año 2018 se ha fugado con la reapertura de Santa Catalina como única buena noticia y con la exposición antológica del gran genio barroco como soplo de esperanza. Pero en su huida deja también la sensación de que si Murillo hubiera nacido en cualquier otro lugar del mundo, hasta en Sevilla se habría hablado más de él. Y eso lleva a una pregunta lacerante: ¿qué le hizo más universal, su talento o el expolio gabacho? ¿Dónde se es más sevillano, en Sevilla o en el destierro? Cernuda, cuya casa natal ha vuelto a gastar otro almanaque sin arreglar sus grietas, escribió la respuesta: «Tierra nativa, más mía cuanto más lejana».

Alberto García Reyes

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