Juan Peña Narváez
LA ALBERCA

Ay, Chacho Juan

Fue el primer Guardia Civil de su raza, pero su condecoración mayor fue la de gitano de Utrera
Por  0:07 h.

La Buena Muerte que preconiza el Cristo de los Gitanos de Utrera fue ayer en procesión de silencio a la calle Nueva, marcando un racheo lento por alboreá, para recoger a un calorró que me ha partido la camisa en esta hora de alfileres de la Esperanza clavados en los costados. Ha muerto el chacho Juan Peña, gitano del siglo XV que, harto de ver a su estirpe correr de la miseria, se metió a Guardia Civil. Ha dejado solo, sin auxilio, al chacho Diego Jiménez portando la bandera de la gitanería en lo alto de la torre de Santiago, bajo cuyas campanas le está hoy Isabel, la camarera, limpiando las lágrimas a la Virgen con el pañuelito que el Peña llevaba siempre asomando por la tapia de su corazón. Y a quienes lo quisimos nos ha dejado quebrados, hueros, arruinados. Con la cara más negra que la del beato Ceferino. Juan era un hombre cabal que se pasó un siglo entero arañando a las penurias calés. Se empeñó en defender a los suyos sin tener que doblegarse nunca ante quienes les habían mirado de toda la vida por encima del hombro. Se fue a Vitoria a enarbolar su tricornio como un triunfo de su pueblo contra los arquetipos. Y siempre fue gitano antes que Guardia Civil. En su segundo destino, un pueblo de los montes de Málaga al que llegó para mandar en el puesto, le pasó una cosa que ha repetido casi a diario hasta la última de sus agonías. Allí había una colonia de gitanos que no se integraban. Él se adentró en ese lío con su uniforme bien planchado y al momento uno de los patriarcas le vio el color de aceituna en su cara. «¿Usté es de los nuestros?», le preguntó. Y Juan le contestó: «No, yo soy más gitano que ustedes, así que vamos a llevarnos bien».

Juan era un caballero de exquisita elegancia. Nunca cantó ni bailó, pero todo lo que hizo en su vida estaba cuadrado por soleá. Moría tanto por su Esperanza gitana, que una vez le dijo al hermano mayor de la Macarena: «No presumáis más de lo guapa que es, que la más guapa está en Utrera y lleva sangre flamenca». Como él sabía que se había pasado, remataba: «Na más que terminé de decírselo salí corriendo y llegué a Utrera por patas». Otra vez se echó una apuesta con Pepe Moreno, el hermano mayor de su estirpe en Sevilla, para arreglar una vieja porfía sobre un cura muy relevante. «Ese cura es un malaje, Pepe, échame cuenta», le decía el de Utrera. «Que no, hombre, Juan, que es buena gente». Así que después de una reunión se fue el Guardia Civil para el de la sotana y le preguntó: «¿Se va a vení usté ahora con nosotros a tomarse un tinto?». El cura se negó. Y en toda su cara, exclamó el gitano: «¿Ves, Pepe, como este tío es un malaje?».

Esta mañana, cuando el Cristo de la Buena Muerte lo reciba, yo me pondré otra vez a sus órdenes y me tomaré ese tinto a su mayor gloria. Y veré cómo le echan por lo alto las flores amarillas de la Virgen que compró sin un duro en un anticuario de Jerez. «Los gitanos nunca hemos tenido dinero, pero hemos tenido mucho tiempo», me dijo una vez. Así que voy a despedirlo a su compás, admirando despacito en sus hombreras todas las estrellas que vio su gente mientras dormía al raso, ay, chacho, y la medalla del mérito gitano en su pecho.

Alberto García Reyes

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