La Virgen de la Candelaria / M. J. RODRÍGUEZ RECHI
SEVILLA Y AMÉN

Candelaria, te lo ruego

Por  9:07 h.

Te beso la mano, Mujer, con los labios salados. Me he bebido una lágrima mientras me inclinaba ante Ti y te hablaba en silencio, cuerpo adentro, de esta oscuridad que me está comiendo el alma y a la que vengo a ponerle tu luz. Tu capataz, Reina mía, me demostró el año pasado que Tú eres un milagro capaz de salir por una puerta por la que no cabes. Y como él sabe también de lo que vengo a hablarte ahora, te suplico que no le reproches su sufrimiento cada vez que tiene que ponerte en la calle. Josemi Gallardo y yo, Madre, tenemos una herida abierta estos días porque anda metido en fatigas un amigo de nuestras entrañas, un hermano, que en estas fechas siempre suele celebrarte en su segundo paraíso, allá en la marisma. Tengo la tranquilidad de que su fuerza es muy grande y sé que de ésta va a salir, pero si tú le echas una mano seguro que arreglamos esto antes. Basta con que le des el nombre de tu Hijo y lo levantes del letargo que atraviesa. Salud. Bien sabes, Muchacha, que él tiene ya su cuerpo tallado en pliegues de dolor, como la túnica de tu Señor, y que la cruz le pesa más que a cualquiera de nosotros porque su camino hasta el calvario se ha alargado mucho en estos años. Pero yo confío en él y en Ti. Sé que lo voy a ver el Martes a tu vera, clavando sus ojos en los tuyos, cuando el Gallardo pierda la voz en el prodigio imposible de la rampa de San Nicolás.

Precisamente el otro día me encontré con el hermano mayor de Los Gitanos, José María Flores, y le pedí también que hiciera este mismo encargo a su Señor. Porque lo que yo estoy buscando es una bocanada de Salud por cualquier parte. Y ahora acudo a Ti para que ilumines su porvenir. Él es nazareno del Señor de la Sentencia y sabe agarrarse bien a la vara de la Esperanza. Por ahí ya está protegido. Pero como Tú tienes ese pellizco de claridad que deslumbra, yo te ruego, Candelaria, que enciendas otra vez la llama que ahora humea en el hospital y que saques de su pecho el puñal que le ha debilitado los pulmones para que vuelva a respirar cuanto antes el olor de tu belleza.

Yo he visto, porque Tú me has dejado, cómo un hombre cruzó medio mundo para volver a tu vera la primera vez que su padre, nazareno viejo de tu cofradía, no pudo salir por su propio pie. Ese devoto exiliado regresó para empujar la silla de quien lo apuntó a la hermandad. Para que su faro no dejara de cumplir ni un solo año con el rito que le había inculcado desde su infancia. Y he visto también, Hermosura, a las monjas cantarte desde su puerta con la dulzura de sus voces negras. Sé, porque lo he visto, que Tú estás prendada de amor. Y como tu capataz seguro que no se atreve a pedirte más porque cree que te va a volver loca, hoy vengo a hacerlo yo. Mira, Candelaria, el hombre por el que te pido ha dado uno de los mejores pregones de Semana Santa de la Historia de Sevilla. Y desde el atril te dijo esto: «No cabe más hermosura, / no existe mayor encanto, / no busques en las alturas, / porque cada Martes Santo / la Virgen está en Sevilla / en un jardín sevillano / y en tu bendita presencia, / todo es rezo en mi plegaria, / nada acaba, todo empieza / con tu nombre, Candelaria». Todo empieza con tu nombre. Y yo sé que hoy, en tu nombre, empieza otra vez a cantarte Rafael González-Serna, por quien te ruego. Porque lo quiero.

 

Alberto García Reyes

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