EL FOTOMATÓN

Destellos de Amargura

«La estampa plantea una duda legítima: ¿la luz procede de fuera del templo o mana del rostro de la Virgen»
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19 de septiembre de 2015. La Virgen de la Amargura recibe en su cara el rayo de luz que entra por un hueco de la fachada

19 de septiembre de 2015. La Virgen de la Amargura recibe en su cara el rayo de luz que entra por un hueco de la fachada

La luz pasa en un santiamén por la Amargura, es un destello de postrimería que ilumina su rostro como los faros trazan vaivenes de claridad sobre el mar. Es una incandescencia esquiva que prende como una candela de sarmiento y luna en la tribulación de María. Una llama fugaz que achicharra el gozo de Sevilla y lo reduce a cenizas en San Juan de la Palma. Hoy todo comienza. Y todo se acaba. Hoy la luz resplandece como por San Jenaro en ese milagro que licua resplandores por el agujero de la fachada de la iglesia. Cada 19 de septiembre, el sol le busca la mirada a la Madre del Silencio Blanco para aclararle sus ojos de caramelo, para endulzar el acíbar de su llanto, por una rendija que el solsticio le regala al equinoccio y que dura lo que duran las cosas ciertas de Sevilla. Un tris. La luz y la Amargura pelan la pava apenas un instante en un idilio que San Juan observa ojiplático, pero sosegado, para poder admirar de cerca la belleza de una Mujer que lo sufre todo por nosotros, la hermosura de una cara que genera sublimidad en su aflicción. El Evangelista anuncia, mientras contempla la tez edénica de la Reina, que ese destello luminoso que toma forma de trompeta en la oscuridad del templo es el toque inaugural de la Cuaresma. Ya sé que la foto es del estío y que hoy la Amargura lleva vestidos de hebrea. Sé también que el hueco por el que entra el fuego hasta las mejillas de la Virgen se niega a darle paso fuera de la fecha escogida. Pero no se me ocurre otra estampa más incontestable que ésta que firma Serrano, pintor furibundo de la ciudad, para celebrar esta hora crucial de las cenizas que esparcimos por la gloria de la Resurrección en este confín mariano.

Aquí está resumida la amargura de nuestro destino, hecho de gajos que logramos transformar milagrosamente en mermelada, y la Amargura de Sevilla, manantial de dos párpados que brotan en un recoveco donde se trenzan las palmas que reciben a Jesús cuando entra por el Salvador a Jerusalén. Hay un haz que penetra como una espada por los muros amargos del silencio, una luz que pregona que ya todo está resuelto, que no hay nada que hacer, que el hijo de Dios morirá al asomar por el Museo o al alzar su vista a las nubes del Patrocinio, sin que nos dignemos a hacer nada por Él más que consolar el asedio de lágrimas que se producirá sobre la faz de su Madre cuando, después de verlo cargar con su propia cruz por San Lorenzo y certificar su muerte cuando baje por la rampa del Amor, tenga que beberse sus cinco angustias y descenderlo a sus brazos en el Baratillo, que es donde comienza la ascensión total de Cristo a los cielos de la eternidad.

Hoy se inicia todo y todo termina. Cuarenta días fugaces que pasarán como una luz que se queda a dormir un momento en nuestras caras y luego se evapora hacia las alturas en las que habita la memoria. Hoy está puesta Sevilla. Fríe pan con miel para engañar a su Amargura, que proclama en su camarín el principio de lo que no empieza nunca. Y siembra la duda descomunal que nos nutre de Fe: ¿Ese destello de María Santísima de la Amargura es un reflejo que viene de fuera para alumbrarle su dolor o es ese dolor el que genera la energía que emite la fosforescencia? ¿Ella es la iluminada o la que ilumina? ¿Es expectación o es foco? Sevilla lo sabe bien. Ella es siempre la que alumbra, pena salobre, ácida lumbre, sol de quebrantos. Ella es la luz de una túnica blanca que ya hemos puesto en cuarentena.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

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