La Virgen de Gracia y Esperanza de San Roque / J. SPÍNOLA

Diario de un pregonero: una paloma de Gracia y Esperanza

Por  4:00 h.

Volaba a solas. Presa de las Penas del Señor. Aleteando como aletean la Gracia y la Esperanza cuando la tarde es una puñalada de sol atravesando la plata del palio. La paloma estaba perdida, atribulada, buscando una ventana por la que regresar a la libertad. No sabía que la libertad era Ella. Volaba desquiciada por el techo de la nave de San Roque intentando abrirse hueco en el vacío. Era como un sueño. Por eso tal vez la mirada del cirineo era tan alta. Para ver sus alas. Y volar con la cruz hasta un cielo amurallado que después del dintel era un abismo claro y cegador. El Domingo de Ramos no ha sido real. Ha sido un espejismo. Una mentira que hemos soñado y que hoy nos pellizca las mejillas con las garras de la paloma desnortada de la iglesia. En el Porvenir, la Paz era un giganteo grito de azahar entre los naranjos. Su capataz, Ernesto Sanguino, chillaba sin consuelo para salvar las perillas de los varales de la amenaza del quicio. Dedicó una «levantá» en el mismo umbral de la calle a los mártires cristianos. A esa hora la sangre corría por Egipto haciéndole una dolorosa competencia al Nilo. Todo había empezado a terminarse. Se abrió el portón y la cristiandad lloraba sangre de muertos. Muerto en San Julián, donde Cristo esconde su hemorragia en la caoba del paso. Y muerto en el Salvador. Muerto de Amor en los silencios de la Amargura. Muerto como el sol de un día deslumbrante, hormonal e intimista, que amasó el pan de la Cena en el horno de la tarde abrasadora. Porque ni el fuego dura siempre. Todo pasa. Y nos despoja como al de Molviedro. Aquí estamos. Desnudos. Yo vi bajar a la gloria a un crucificado de Juan de Mesa por una rampa que es un tablao en el que zapatea el ocaso. Y vi también una paloma volando enloquecida por los cielos que perdimos de San Roque. Llamé al martillo del Señor y la levantá me partió las costillas. Cómo me duele todo. Me duele porque se me fue la vida al vuelo. En un santiamén. Pero la paloma me llenó de Esperanza. Al irse la Madre, con el templo vacío y callado, sus alas vieron la puerta tras el manto y salieron al mundo. La paloma fue como una cofradía. Todo el año encerrada hasta que se abrió el cerrojo. O como Dios. Todo el año dentro de nosotros hasta que podemos llevarlo a las nubes…

Alberto García Reyes

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