SEVILLA Y AMÉN

El Amor de Julio

Por  1:51 h.

Su única máscara fue el Amor. Su mayor obra de teatro fue el Amor. Su gran noticia fue el Amor. A Julio Martínez Velasco acaba de bajarlo al paraíso de Sevilla, por la rampa del Salvador, su Cristo muerto. Y en la neblina que deja el incienso de la memoria se atisba, entre los naranjos, una mezcla de dolor y melancolía. Porque el maestro se ha enclavado, con los ojos ya cerrados para siempre, en las agujas de un reloj que sólo marca las horas de un tiempo mejor.

Julio era un dandi vanguardista en una ciudad lenta. Jugaba de niño en el colegio jesuita a escribir ingenios. Y su rival en aquellas partidas de surrealismo era su amigo del alma Manuel Ferrand. Dos periodistas nacidos para cumplir el sacerdocio que González Ruano le había anunciado a la monja que lo cuidaba en el hospicio en sus horas finales y que le reñía por seguir anotando ideas en sus cuartillas mientras agonizaba. «¿Usted puede dejar de ser monja en algún momento del día? Pues yo tampoco puedo dejar de ser periodista». Julio no renunció a sí mismo jamás. Hizo su última crítica teatral, después de medio siglo en las butacas, tras haberse caído, ya torpe de piernas, pero cada día más en forma de mente que el anterior, y haberse mareado durante la obra. Al regresar a su casa, se puso a buscar las letras por el teclado con su lupa gigante a pesar de la fatiga. Y cumplió. Su compromiso con el periódico era más importante que el que tenía con su propia salud. No falló jamás. Porque su vocación fue el Amor. Amor a una forma romántica de vivir la profesión. Amor al conocimiento, a la lectura, a la honestidad de saber más que ayer y menos que mañana, a la honradez de no dar nunca ninguna lección a nadie siendo un sabio, al sacrificio de dictarle a su hija Esperanza sus últimos artículos porque él ya vivía a oscuras…

Julio Martínez Velasco / J. GALIANA

Ayer, mientras lo despediámos, se me amontonaron todas las cosas que quería escribirle. Su tiempo como maestro de composición periodística, sus geniales «Marginales» en el ABC de sus entretelas, su fina ironía, su constante sentido del humor hasta unas horas antes de la extremaunción, su profunda fe, su ingente conocimiento sobre el teatro, sobre Sevilla, sobre las cofradías… Julio ha sido testigo de todos los pregones de Semana Santa, de todos, sin excepción. Fue al San Fernando el 20 de marzo del 37, con doce años, a ver a Federico García Sanchís inaugurar el género. Porque él nació antes que todos los teatros que ahora existen en Sevilla. Ha inaugurado cada butaca de la ciudad. Lo ha visto todo. Por eso hay que huir de la tentación de explicar a Julio a través de su obra. Es más rápido explicarlo a través de su condición. Y lo mejor que se me ha venido a la mente para describirlo es algo que le escuché a otro maestro de su generación, Manuel Alcántara, una vez que le pidieron que se autorretratara. El malagueño dijo simplemente esto: «El último día de mi vida me levantaré, escribiré mi artículo, lo mandaré al periódico, haré una bola de papel con él, lo tiraré a la papelera y luego me moriré. Y eso es todo lo que yo habré sido en mi vida: esa bola de papel». El último artículo que Julio Martínez Velasco escribió en ABC estaba dedicado a su amigo del alma Manuel Ferrand. Yo lo busqué ayer en la hemeroteca e hice con él una bola. Y este año, cuando pasen por delante de mí los nazarenos de su Hermandad del Amor, de la que él era el número dos, les pediré que me la cubran de cera. Para poder guardar a Julio siempre entre mis cosas.

Alberto García Reyes

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