El Gran Poder en su paso / JUAN FLORES
EL FOTOMATÓN

El Hermano de la Cruz

Él es el epítome de la Misericordia: es un hambriento, un náufrago, un ejemplo
Por  0:27 h.

Cuando el sol durmiente bese su talón y las palomas grises de la plaza tengan la tentación de anidar junto a la serpiente en una fecha insólita, el gran Misionero de la Misericordia tallará en el aire de Sevilla un oxígeno nuevo. Y podremos respirar el aire de los muertos, de los que viven más allá de esta zancada que apenas dura un instante pero que no acaba nunca. O el viento de los que sólo pueden alimentarse del viento, de esos hundidos que necesitan agarrarse a nuestra mano para salir del agujero que les ha cavado el destino. La ciudad llenará sus pulmones de esperanza en la Alameda, donde los suspiros que deja Ella en la Noche Larga, en la que jamás se cruzan, se han quedado a esperarlo para darle un soplo más de vida. Sobre ese paso que es un templo flotante que le pone el cielo como ábside al Señor y el retablo cimero de Ruiz Gijón a los pies, como una alfombra de oro para el Descalzo, viajará toda la debilidad del Hombre hasta la catedral. Todo su Gran Poder. Será el Señor un mendigo pidiendo un simple «hasta luego» con la palma de su mano en los umbrales de las iglesias. Será la amargura de nuestro cobarde silencio ante las atrocidades humanas cuando mire los ojos de la Amargura misma en San Juan de la Palma. Será un enfermo durmiendo entre cartones, que son los hospicios que ha construido nuestra indolencia. Un hambriento haciendo la cola de un cazo de sopa caliente o buscando en nuestras sobras. Un harapiento pidiendo una manta, que es el cielo que le negamos a los que viven al raso. Un refugiado huyendo del silbido de la muerte y esquivando las espinas de las alambradas que coronan las sienes de nuestra conciencia. Un náufrago en mitad del Estrecho aspirando entre las olas a la dignidad. Un moribundo rezando el Rosario bajo el olivo de la calle Feria, ya de vuelta a su templo, donde se guarda todas las noches el mundo. Un colegial de Mesa y tintero intentando nutrirse de valores ante su maestro Montañés en el taller de Amor y Pasión del Salvador. Un desnortado sin rumbo que va hacia donde señala el dedo índice del Cristo de Burgos crucificado para retomar la dirección del paraíso. Eso será el Señor de Sevilla en la calle. Uno más para dar ejemplo. Para que nos hagamos la pregunta que siempre pasamos por alto: ¿Cuánto pesa esa cruz?

Sobre ese paso que es un retablo itinerante, su desgastado talón verá caer la tarde como caen las hojas de los plátanos de sombra, divisará el cielo teñido de sangre por el pretil del Aljarafe y cambiará los pasos de la Madrugada para ir en busca del beso que siempre ha soñado. El de Santa Ángela. La madre de los pobres de Sevilla, epítome de toda la Misericordia que tiene esta ciudad rezumando en sus entrañas. El Gran Poder modificará el itinerario de su zancada, la hora de su tormento, el silencio abismal de su racheo y el fanal morado en que se convierte con la oscuridad su túnica, que baila como un péndulo del reloj de la eternidad, para ir a arrodillarse con nuestra carga ante la celosía de la gran zapatera en su convento y calzarse el día de su santo con su obra angelical. Ahí lo tenéis. Él irá. ¿Cómo podemos negarnos los demás? Tenéis ante vuestros ojos al más humilde Hermano de la Cruz de Sevilla.

Alberto García Reyes

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