El cuadro del nazareno de la Macarena de García Ramos, de la colección Bellver / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

El nazareno de Bellver

Por  8:03 h.

Mientras los operarios desvalijaban su casa para llevarse todas las obras al museo de la Calle Fabiola, yo vi como Mariano Bellver se apartó un momento de aquel tráfago de lienzos embalados y buscó la soledad junto a uno de sus cuadros. Estaba en un rincón del salón. Aún colgado. Y en el ángulo inferior derecho tenía un trazo inequívoco: García Ramos. El dueño de toda aquella joyería repujada con pinceles buscó los ojos del cuadro y susurró algo imperceptible. Tenía frente a él a un nazareno de la Macarena con la cabeza girada hacia su posición, un nazareno vivo saliéndose del marco, de tal manera que daba la impresión de que Bellver estaba viendo pasar la cofradía y ese hombre, tras el terciopelo verde, se había detenido a su altura para bisbisearle algo. La mano izquierda enguantada de gamuza ciñendo el antifaz a su quijada y dando volumen con el codo al escudo de la capa no admitía dudas. El nazareno le estaba hablando. Se había ajustado los ojales a los párpados porque aquí no se habla con nadie a ciegas. Y Bellver tuvo que contestarle algo que sólo ellos dos entendían antes de que ese macareno de un tramo cualquiera —el cirio blanco lo delata— continuara su itinerario hasta el nuevo museo del barrio de Santa Cruz.

Aquel encuentro fugaz entre ambos, aquella posible despedida tras años de conversaciones íntimas, me sobrecogió. Pero no fui capaz de escribirlo entonces por pudor. ¿Qué se habrán dicho?, pensé. Y sin resolver mi duda, porque me dio vergüenza preguntarle por esa charla tan privada con el nazareno, continué la visita por su casa de la Plaza del Museo, una pinacoteca en la que estaba condensada Sevilla: los faroles de una procesión, una reunión alrededor de una guitarra, una fuente, las santas Justa y Rufina, el río, abanicos, catites, carruajes, mantones, giraldas, cigarreras, toros, garrochistas, cristos muertos, bailes afrancesados, aspidistras, picadores, trajes de luces, macetas de gitanillas, alfareros, malvalocas…

Ahogado en ese oleaje de tipismos entendí que Bellver no era un mecenas del costumbrismo, sino una extraordinaria paradoja a la que nunca nos acostumbraremos. A él le debemos la gran colección de la pintura decimonónica sevillana, que ahora estaría dispersa de no ser por su silenciosa vocación de protector del arte. Y ahora, ley de vida, nos ha demostrado que él era mucho más frágil que su patrimonio. Don Mariano Bellver se despidió de ese nazareno de García Ramos escenificando la gran metáfora de la Semana Santa. El antifaz, que guarda su eterno anonimato, siempre pasará, pero algún día nosotros ya no estaremos.

No sé por qué, pero hoy tengo la certeza de que aquel día Bellver se miró a un espejo y se despidió de sí mismo en su última estación de penitencia.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Últimas noticias deAlberto García Reyes (Ver todo)